La obra representa la firma del Tratado de Wad-Ras, que fue suscrito por España y Marruecos el día 23 de marzo de 1860
La inesperada hospitalidad del sultán marroquí tras la derrota: recibió con honores al embajador español
La derrota obligó al sultán a abrir el Imperio a los países europeos con convenios de comercio y la apertura de puertos marroquíes a los europeos. Esto originó una importante actividad diplomática
La Guerra de África, que empezó en 1859 y acabó en 1860, supuso una derrota amarga para el sultán de Marruecos. Surgió de un conflicto fronterizo exagerado con intención por Madrid. Pero interesaba la guerra políticamente porque se trataba de unir a los españoles frente a un enemigo común después de años de guerras civiles y porque España debía posicionarse en África ante la colonización anunciada.
Las armas españolas vencieron, con dificultades, pero con gloria. A Marruecos se le iban a imponer unas condiciones muy duras en el tratado de paz consiguiente: concesiones territoriales, como Ifni, y económicas en forma de indemnización, un desastre financiero para el sultán. Se consignaron las cesiones en el Tratado de Wad Ras, de 26 de abril de 1860, firmado en Tetuán.
La derrota obligó al sultán a abrir el Imperio a los países europeos con convenios de comercio y la apertura de puertos marroquíes a los europeos. Esto originó una importante actividad diplomática.
Los marroquíes opusieron al cumplimiento del tratado de paz lo que Jerónimo Becker, en su libro España y Marruecos, sus relaciones diplomáticas durante el siglo XIX (Madrid, 1903), llamó «los especialísimos procedimientos de la diplomacia marroquí, que, limitándose a ofrecer una resistencia pasiva al cumplimiento de lo pactado, hacían estériles todos los esfuerzos de aquél». Marruecos no cumplía los plazos del pago de la indemnización; no tenía el dinero. España, tal vez imprudentemente, acuciaba el cumplimiento con amenazas.
Hay que tener en cuenta que España todavía retenía la ciudad de Tetuán como garantía. Marruecos se vio obligado a negociar un empréstito con Londres, lo que agravó su situación económica de tal manera que el final fue establecer el Protectorado en 1912. Mulay el Abbas, ante estas circunstancias, envió una embajada a Madrid que suavizó las tensiones. Fruto de esto fue la firma del Tratado de Comercio de 20 de noviembre de 1861. Como contrapartida, se reconoció el statu quo de Marruecos, al menos por el momento.
Así las cosas, sin acabar de determinar los límites de Melilla y con la propuesta española de que el pago de la deuda se hiciera con la mitad de la renta de aduanas, se decidió que una embajada española acudiera a Marraquech (ciudad llamada entonces Marruecos por los españoles) para cerrar los detalles. Para encabezarla se designó al encargado de negocios en Tánger, al que ascendieron a ministro residente para equipararlo a los representantes de Francia e Inglaterra. Se trataba de Francisco Merry y Colom, que, en situaciones difíciles, lograba un buen entendimiento.
Francisco Merry y Colom
Dejando al margen la política, Merry tenía otra misión, que era la de aportar información detallada del estado del Imperio magrebí. Fruto de ello es el libro Relación del viaje a la ciudad de Marruecos (Madrid, 1864). El embajador iba temeroso de la recepción que le aguardaba. A las dificultades expuestas se añadía el hecho de que no llevaba regalos. Hasta esa fecha el sultán solo accedía a recibir a visitantes si le llevaban buenos obsequios, como una especie de tributo. Los europeos lo consideraban humillante y dejaron decaer la costumbre.
El marqués de Miraflores, presidente del Consejo y ministro de Estado, le hizo ver a Merry la conveniencia de seguir las experiencias de la embajada de Jorge Juan en 1767, tanto en resultados como en la exposición escrita de lo observado o deducido. Partió Merry de Tánger un 12 de mayo de 1863 a bordo de la fragata Berenguela, escoltada por la goleta Consuelo, con destino a Mogador (Esauira).
Le acompañaban el secretario de la Legación, José Diosdado; el cónsul en Tetuán, Felipe Rizzo; el agregado Zugasti y el doctor Esteve como médico. Y, dado que el Tratado de Wad Ras concedía a España abrir una Misión Católica en Marraquech, también acudió el franciscano fray Gregorio Martínez.
Iban los españoles recelosos de la acogida. Pensaban que iban a sufrir retrasos, esperas, malos modos y otras situaciones de revancha del vencido. Pero no fue así. Desde el momento del desembarco, las autoridades del sultán recibieron a los españoles con un trato excelente. El mismo sultán les puso una escolta de cincuenta jinetes de su guardia personal. La comitiva fue recibida en las ciudades con salvas de los infantes y jinetes marroquíes y, durante su estancia en la ciudad, fueron agasajados con fiestas y corridas de pólvora.
Y así siguió durante el camino hasta la capital imperial. Tal vez pensaban que se trataba de alguna maniobra para impresionar a los forasteros y hacerles ver que el soberano conservaba un gran poder. Llegaron a Marraquech el 25 de mayo de 1863 y quedaron sorprendidos. La embajada fue alojada en un ala del palacio de Mamounia ante la expectación pacífica de la población. Después de organizar la visita con el visir, el 1 de junio el sultán recibió al embajador.
Desaparecieron todas las suspicacias y recelos. El soberano recibió a los españoles en la mejor tradición islámica y con el más exquisito trato. Se interesó por el viaje de los enviados, se entretuvo en la entrevista más tiempo de lo acostumbrado, repasó las cuestiones a tratar, se llegó a un acuerdo satisfactorio en el desarrollo del tratado de paz de 1860 y el de 1862, relativo a los límites de Melilla.
El embajador Merry agradeció las atenciones durante su visita y los importantes regalos que recibieron todos los componentes de su misión. Y escribió algo importante: «el sultán encargó muy particularmente al ministro de S. M. que en adelante acudiese directamente a su Real Persona siempre que ocurriera algún asunto grave, porque, a su juicio, los funcionarios intermedios no comprendían muchas veces la importancia de ciertas cuestiones».
El sevillano Francisco Merry y Colom permaneció en Marruecos hasta 1870. Volvió al país en 1893 en otra embajada extraordinaria para tratar la paz tras la Guerra de Melilla de ese año. Fue recompensado con el título de conde de Benomar. Después de destinos en el Ministerio y diversas embajadas, murió en 1900.