Miniatura del siglo XIII que muestra el asesinato o martirio de Becket
Picotazos de historia
El santo al que persiguió Enrique VIII: exhumado y juzgado cuatro siglos después para destruir su memoria
Tras romper con Roma y proclamarse cabeza de la Iglesia en Inglaterra, Enrique VIII vio en Tomás Becket un símbolo incómodo de la supremacía papal sobre la Corona
En 1964 se rodó una magnífica película que nos narraba la historia y conflicto entre el arzobispo de Canterbury, Tomás Becket, y el rey de Inglaterra Enrique II.
La película contó con un gran plantel de actores encabezados por Richard Burton, Peter O’Toole y John Gielgud, y el argumento repetía el hecho histórico: el rey nombra arzobispo de Canterbury a su amigo de juventud. Este se había licenciado en Leyes y Teología. Había llevado a cabo con éxito varias encomiendas por lo que, tras tomar órdenes sagradas, ascendió al arcedianato de la catedral de Canterbury y fue nombrado canciller de Inglaterra en 1153.
Pues bien, tras nombrar primado de la Iglesia de Inglaterra a su amigo Tomás Becket, el rey Enrique descubre que su antiguo amigo no está dispuesto a ser una marioneta en sus manos. El arzobispo se enfrentará al rey en defensa de la jurisdicción y derechos de la Iglesia. Con el agravamiento del conflicto, Becket sufrió la confiscación de sus bienes y tuvo que abandonar el reino, buscando asilo en Francia, al no poder garantizarse su vida.
Exiliado en Francia, sería protegido por el Papa Alejandro III, quien obligaría a Enrique II a aceptar un acuerdo por el cual se devolvían los bienes del arzobispo, se permitía su vuelta y se garantizaba su integridad física.
Becket regresó el 1 de diciembre de 1170 de su exilio y lo primero que hizo fue emitir una sentencia de excomunión contra el arzobispo de York y otros dos obispos, quienes habían sido muy activos en sus ataques contra el arzobispo de Canterbury. Los excomulgados viajaron a la corte para exponer sus agravios contra el arzobispo.
Enrique II, furioso, exclamó: «¡Qué miserables zánganos y traidores he criado y promovido en mi casa que permiten que un funcionario de tan baja cuna trate a su señor con tal desprecio!».
Asesinato de Tomás Becket
La queja fue escuchada por cuatro caballeros: Reginald Fitzurse, William de Tracy, Hugh de Marville y Richard de Bret, quienes asumieron la queja como una orden implícita y obraron en consecuencia.
Existen cinco testimonios directos del asesinato de Tomás Becket, considerándose el más fiable el del monje de Cambridge Edward Grim. Este estaba de visita en la catedral de Canterbury y se encontraba junto al arzobispo cuando fue asesinado; de hecho, sufrió una grave herida en el brazo derecho al tratar de defender a Becket.
El resto es bien sabido: Enrique II fue acusado del asesinato y, aunque se demostró que nunca tuvo intención de que este se cometiera, fue condenado a una pública y humillante penitencia. El asesinato conmocionó a la cristiandad y la figura del arzobispo fue vista como la de un mártir. Tres años después de su muerte, el Papa Alejandro III lo canonizó (21 de febrero de 1173). Pues bien, la historia del santo no termina aquí, pues cuatrocientos años después sería juzgado y condenado por otro Enrique.
El rey Enrique VIII demostró tener un especial interés en la destrucción del santuario del santo y de su memoria en el reino. Durante la disolución de los monasterios Enrique VIII emitió una proclamación en la que se afirmaba: «Tomás Becket, antiguo arzobispo de Canterbury, ya no será llamado santo, ya que en realidad fue un rebelde… Sus imágenes en todo el reino serán destruidas, su festividad dejará de celebrarse y se borrarán de los libros los servicios religiosos consignados a su nombre. Westminster, 16 de noviembre de 1530». Enrique VIII.
Existe una narración posterior que afirma que, no satisfecho el rey, ordenó el saqueo y destrucción del santuario. A imitación del «Concilio cadavérico», la macabra parodia de juicio que el papa Esteban VI llevó a cabo con el cadáver de su enemigo el papa Formoso I, Enrique VIII ordenó que se llevara a cabo un juicio al santo.
Ilustración del Juicio del Cadáver pintado por Jean-Paul Laurens. El Papa Formoso y Esteban VI
El 24 de abril de 1538 tuvo lugar el juicio –pero sin el cadáver del santo, como afirma una versión antiprotestante– en Canterbury y la sentencia se hizo pública por edicto emitido por la corona con fecha de 11 de junio. Se declaraba a Tomás Becket culpable, no santo, rebelde y se ordenaba que sus restos fueran desenterrados, quemados y aventados.
La sentencia se ejecutó parcialmente el 11 de agosto de ese año. Los testimonios afirman que el oro y la plata que produjo el saqueo del santuario llenó veintinueve carros. La parte final de la sentencia se reservó para su ejecución el 19 de agosto, de manera que corriera la noticia y más gente acudiera para presenciarla.
Ese día, de mañana, fue abierta la tumba y los restos removidos. Conducidos a una hoguera, fueron arrojados al fuego hasta que se consumieron completamente. Apagado el fuego, las cenizas se recogieron para que fueran la mitad aventadas y la otra mitad arrojadas al río, para que así no quedara reliquia suya.
En 1984 fue encontrado en el río Stour, que pasa por Canterbury, un fragmento de un capitel doble, datado entre los años 1180 y 1220 d. C. Esta pieza de mármol, que ustedes pueden encontrar en el museo de la ciudad, es uno de los poquísimos restos que nos han llegado del otrora rico santuario de santo Tomás Becket. Víctima del odio de dos Enrique, víctima del rencor de dos distintos reyes de Inglaterra.