Un joven carlista
Grandes gestas de la Historia
La gesta de Molle Lazo: mitad monje, mitad soldado, Cruzado de Cristo Rey
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Hay vidas que, aun siendo breves, están escritas con tal intensidad que trascienden en el tiempo; entre ellas, la de Antonio Molle Lazo. Su existencia, aparentemente sencilla, se convirtió en uno de los testimonios más elocuentes y significativos en una España desgarrada por tensiones sociales, políticas y religiosas. No fue un intelectual, ni un líder; no destacó por sus discursos ni cargos relevantes. Su gesta residió en su manera de vivir y defender lo que consideraba sagrado.
Antonio Molle Lazo
Antonio creció como tantos jóvenes de los años 30 entre la precariedad económica, la efervescencia ideológica y la sensación para los católicos de que el país caminaba hacia un abismo. Desde la proclamación de la Segunda República su fe — arraigada secularmente en la mayoría de la población— se vio sometida a un proceso creciente de acoso y violencia: incendios de iglesias, ermitas, santuarios y conventos, saqueos y destrucción de imágenes y objetos artísticos y profanación cementerios. Junto a ello, la persecución de decenas de miles de sacerdotes y monjas de los que más de 7.000 serían asesinados. La vida cotidiana se impregnó de un conflicto que no era solo político, sino sobre todo existencial.
Nacido en Viernes Santo y La Salle, donde forjó el alma
Carlos Molle y Josefa Lazo, formaban un hogar modesto en Arcos de la Frontera (Cádiz) en el que la religión constituía la columna vertebral de su vida cotidiana. En abril de 1915, Josefa daba a luz a Antonio mientras que la procesión de un crucificado pasaba ante su casa. Era Viernes Santo y más tarde se escribiría que la Providencia avanzaba un presagio.
Muy pronto la familia se trasladó a Jerez de la Frontera y Antonio comenzó su educación con los Hermanos de La Salle que harían que aflorase su vocación de servicio a los demás. No fue un alumno muy brillante; pero su tesón suplía cualquier dificultad. Destacó por su piedad y por su sensibilidad religiosa que le llevó a integrarse en las congregaciones devocionales del colegio. En 1925, año de su primera Comunión, Pío XI instauraba la fiesta de Cristo Rey, y como un resorte se encendió en él un amor profundo a este Jesucristo Rey, —Cristo como centro y soberano— que marcaría toda su vida.
Escuela y compañeros de Molle Lazo
Sus compañeros lo recordaban como un joven íntegro. «Fue un congregante y un colegial modelo… no consentía jamás el mal en su presencia y en estos calamitosos tiempos augurábamos que había de ser un defensor formidable de la religión». Otro afirmaría: «No podía tolerar que se faltase a Dios, a la religión o a la caridad con sus semejantes».
Poco después se vinculó al convento carmelita de Jerez que despertó su gran devoción mariana y la costumbre del rezo del Santo Rosario, rasgos constantes de su espiritualidad.
Molle Lazo, de niño
Juventud y compromiso: el nacimiento del cruzado
En 1930 tuvo que dejar de estudiar para ayudar a su familia y comenzó en el ferrocarril de Jerez, pero sin salario. Debía hacer méritos para obtener la plaza. Era un ambiente dominado por socialistas y marxistas, por lo que su fe le acarreó dificultades y perdió su empleo. Después, fue escribiente en unas bodegas y más tarde, taquillero de teatro. En breves periodos sufrió la crudeza del paro y participó con su padre en asociaciones obreras, pero se decepcionó al percibir la manipulación política de las reivindicaciones laborales.
Fue forjando una personalidad de convicciones firmes. Protegía a sacerdotes en sus desplazamientos e instaba a sus amigos a acudir a las iglesias de barrios conflictivos para amparar a los católicos que asistían a la misa que eran sometidos como se dice ahora «a escraches». Procuraba también apartar a sus compañeros de actitudes que pudieran llevarlos «al mal camino».
Molle Lazo
En 1931, con dieciséis años, se afilió a la Juventud Tradicionalista. Su entrega era absoluta. Se infiltraba en los mítines donde se incitaba a las masas contra los religiosos para anticipar posibles ataques a iglesias y conventos. Con valentía colaboraba en campañas electorales, pegaba carteles y repartía propaganda, aun sabiendo el riesgo que corrían los jóvenes de derechas. De hecho, a Falange Española comenzaban a apodarle Funeraria Española por los continuos asesinatos que sufrían los chicos que repartían su periódico Fe. Antonio se veía a sí mismo como un defensor de Cristo en tiempos de persecución.
La cárcel: el crisol del mártir
En febrero con el triunfo del Frente Popular, la violencia se intensificó. En abril, Antonio acudió a la estación porque sabía que llegaban soldados y quería repartirles unas hojas de propaganda. Lo hacía proclamando a viva voz: «¡Viva Cristo Rey!». Era un gesto temerario, pero también de valentía, ya que le podía costar la libertad. Y así fue. Poco después, Antonio era conducido a la cárcel de Jerez. Cuentan que como los mártires de los primeros siglos en prisión se mostraba radiante de alegría, casi transfigurado. Entonaba cánticos religiosos: Corazón Santo, Tú reinarás, la Salve Regina. Le prohibieron cantar y lejos de rendirse, escribía las letras en las paredes.
Tenían prohibida la Santa Misa y comulgar, por lo que se refugiaba en el rezo del Santo Rosario, solo o acompañado de otros presos también víctimas de la persecución. Pidió a sus amigos que le llevaran libros religiosos, y con cierta premonición se sumergió con especial fervor en las historias de los mártires. Un tradicionalista, encarcelado con él relató que Antonio llegó a decirle con serenidad: «Sufriré los más grandes tormentos antes que apostatar de mi Dios». Cuando salió tenía claro que abrazaba la posibilidad del sacrificio.
La sublevación y la hora decisiva
El 18 de julio estallaba la sublevación. Antonio se unió a los requetés, en el que sería el germen del Tercio de Nuestra Señora de la Merced. Los requetés vivían su fe con autenticidad profunda. Se consideraban cruzados, defensores de Cristo Rey y de la España católica, y muy pocos saben que para colaborar en el bando sublevado ellos fueron los que impusieron restablecer la tradicional bandera roja y gualda.
El joven fue enviado a Peñaflor con su grupo y el 10 de agosto acudió a la Misa del convento de las Hermanas de la Cruz. Una ceremonia especial celebrada en desagravio porque la iglesia del pueblo había sido profanada con escarnio de sus objetos e imágenes sagradas. Antonio asistió y comulgó. Sus compañeros afirmaron después que su semblante estaba profundamente recogido. No hay datos, pero es muy probable que realizara la aceptación de la muerte, tan habitual entre los requetés.
Y ese mismo día, un gran contingente de milicianos procedentes de Palma del Río lanzaban un ataque sobre Peñaflor. Molle junto a varios guardias civiles consideraron prioritario proteger el Convento de las Hermanas de la Cruz. Las monjas eran uno de los objetivos preferidos de las milicias republicanas. No olvidemos la consigna que promovía la violación: «Alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres».
Molle Lazo
Pero el edificio no reunía condiciones defensivas y buscaron un lugar más seguro para las monjas. Las alojaron en viviendas cercanas y resistieron con valentía durante varias horas amparando también a otras mujeres que suplicaban protección. Cuando se agotaron las municiones, y se oía la proximidad de los milicianos, a través de una puerta secundaria los guardias organizaron la huida. El ayudó a una mujer rezagada y decidió no acompañarlos porque sabía que, dada su condición de requeté, los comprometería. Acabó capturado, encañonado y se entregó brazos en alto y desarmado.
Llega el martirio
En medio de una algarabía, con palabras soeces y a golpes de culata, lo condujeron hasta el jefe de las milicias en la estación de ferrocarril. Los hechos posteriores están ampliamente documentados.
Allí lo sometieron a una brutal paliza y a humillaciones atroces, intentando arrancarle blasfemias y que renegara de su fe. Le exigieron que gritara: «¡Muera la religión!» y «¡Viva Rusia!». Él solo respondía: «¡Viva Cristo Rey!» y «¡Viva España!».
Ante su negativa a blasfemar, comenzaron a mutilarlo: una de las orejas, y parte de la nariz. Él solo exclamaba: «¡Ay, Dios mío!», y seguía proclamando: «¡Viva Cristo Rey!». Recibió golpes por todo el cuerpo, especialmente en la cabeza. No se le torturaba por motivos políticas, sino por puro odio a la fe, que Antonio, con su conducta cristiana representaba con valentía.
Los milicianos siguieron gritándole: ¡Canalla! ¡Fascista! ¡Vamos a bebernos tu sangre! ¡Vamos a matarte! Pero Antonio con una fuerza casi sobrenatural afirmaba: «Me mataréis, pero Cristo triunfará».
Impotentes para vencer tanta fe procedieron a ejecutarlo. Cuando Antonio comprendió que había llegado su hora extendió los brazos cuanto pudo, formando una cruz y, reuniendo las últimas fuerzas que le quedaban, gritó con voz poderosa: «¡Viva Cristo Rey!» y se desplomó.
Ya en el suelo, herido de muerte, siguió siendo sometido a martirio. Incapaces de haber vencido su alma, se ensañaron con su cuerpo. Las turbas se arrojaron sobre él y una voz ordenó: «¡No rematarlo, dejadlo que sufra!» y prolongando su tortura, siguieron golpeándolo en la cara, le cortaron la otra oreja, le vaciaron un ojo, le hundieron el otro de un brutal puñetazo. Antonio iba resistiendo con heroica firmeza. Su sangre corría copiosa. Su Dios parecía darle valor para resistir. Joaquín Suárez, médico de Peñaflor, testificaría que parecía imposible que un cuerpo tan maltratado, sangrante y mutilado, tuviera arrestos suficientes para seguir dando pruebas de aquella sobrehumana fortaleza.
Y al fin Murió allí mismo, solo, en la carretera.
Antonio Molle Lazo (1915-1936)
Cuando las fuerzas sublevadas afianzaron Peñaflor, recogieron el cadáver de Antonio y lo enterraron. Varios testigos fidedignos narraron de inmediato lo sucedido. Su muerte fue reconocida como martirial y levantaron una sencilla cruz de hierro en el lugar donde fue martirizado.
Para trasladarlo a Jerez, fue exhumado. Según acta notarial y previo juramento de las autoridades eclesiásticas, civiles y militares que lo presenciaron, se dejó de manifiesto que, pese al gran deterioro del ataúd y el tiempo transcurrido, el cadáver se encontraba incorrupto, una de las señas divinas de los mártires. Sus restos fueron llevados a la iglesia del Carmen y comenzaron a afluir centenares de devotos a su tumba. Su fama se extendió rápidamente por toda España, Europa y hasta América y pronto comenzaron a recibirse noticias de curaciones atribuidas a su intercesión. Durante la guerra, se convirtió en un símbolo al que aferrarse y circularon miles de estampas y oraciones entre combatientes y civiles. Todo ello impulsó la idea de iniciar el proceso de beatificación.
La huella de un mártir
El paso del tiempo y el cambio de mentalidades ha ido arrinconando su recuerdo y acabó retirándose la cruz de Peñaflor, la que recordaba su asesinato. Pese a ello, 90 años después de su muerte, muchos católicos lo siguen teniendo presente en sus oraciones, y acuden a él como intercesor. Y durante décadas, su boina roja ya muy descolorida siguió acompañando en el Camino de Santiago a grupos de peregrinos carlistas. Hoy su beatificación sigue su curso Y las hermanas de la Cruz, por las que dio su vida, lograron reubicar la Cruz en la espadaña de su convento de Peñaflor.
La figura de Antonio Molle ha sido estudiada por Santiago Cantera
La figura de Antonio Molle, espléndidamente estudiada por Santiago Cantera, fuente de estas líneas, adquiere una dimensión que supera la narración de su vida y muerte para iluminar la comprensión de una época en la que se enfrentaron visiones del mundo irreconciliables. En el que la violencia se convirtió en lenguaje y la fe, para muchos, dejó de ser un refugio espiritual para ser una amenaza de muerte.
Solo así se comprende cómo un muchacho de apenas veintiún años llegó a ser un símbolo; cómo su vida, tejida de gestos sencillos, desembocó en un martirio que estremeció a quienes lo conocieron; cómo su muerte se convirtió en una gesta que no fue anónima, sino punto de referencia.
Entierro de Molle Lazo en la fiesta de los Mártires de la Tradición
Antonio Molle, con una coherencia que hoy resulta desconcertante, asumió la mística del caballero cristiano que caracterizaría al voluntario requeté durante la guerra civil, para ellos su cuarta guerra carlista. Fue mártir de Cristo Rey, mitad monje y mitad soldado.