Antonio de Ulloa, el marino español que encarna el valor del mérito frente a la mediocridad política actual
El científico, almirante y gobernador sevillano encarna la cultura del esfuerzo, la competencia y el servicio público que hoy necesita una España erosionada por la degradación institucional
Antonio Ulloa
Antonio de Ulloa, sevillano ilustre del siglo XVIII, fue científico de prestigio internacional, marino de alta graduación y gobernador al servicio de España. Participó en la expedición geodésica al Perú, describió y dio a conocer en Europa el platino, fue miembro de la Royal Society británica —siendo admitido incluso tras haber sido capturado por los ingleses—, reorganizó arsenales, impulsó reformas técnicas y asumió responsabilidades de gobierno en territorios complejos como Luisiana. Sirvió con lealtad, soportó intrigas y envidias y dejó una obra científica y administrativa que trascendió su tiempo. Su vida fue una síntesis de mérito, estudio, valentía y compromiso con el interés general.
Ese breve repaso bastaría para situarlo entre los grandes servidores públicos de nuestra historia. Pero lo verdaderamente revelador no es solo lo que hizo, sino cómo lo hizo: con preparación y experiencia acreditadas antes de asumir responsabilidades; con conocimiento técnico aplicado a la gestión; con una ética del deber y del compromiso con España que anteponía el servicio a cualquier cálculo personal.
Estatua de Antonio de Ulloa en el Palacio de Fomento de Madrid, esculpida por José Alcoverro en 1899
Frente a esa biografía sólida, la España actual asiste con desazón a un rosario casi cotidiano de noticias sobre corrupción, nepotismo, redes clientelares y degradación institucional. Escándalos que afectan a distintos partidos y niveles de la administración: contratos bajo sospecha, asesores sin cualificación conocida, cargos que no dimiten o lo hacen tarde y mal, cuando el daño ya está hecho.
El problema no es la crítica legítima a un adversario político —eso forma parte de la democracia—, sino la erosión paulatina de la confianza en las instituciones.
Ulloa fue reconocido por sus enemigos porque su competencia era indiscutible. Hoy, en demasiadas ocasiones, el mérito es irrelevante frente a la afinidad ideológica, atribuyendo la noble virtud de la lealtad a lo que es una adhesión interesada en garantizar el sustento que la competencia profesional no le concedería fuera del partido.
La politización de órganos técnicos en empresas públicas, e incluso de espacios que deberían ser santuarios del saber, como la universidad, envía un mensaje inquietante: no importa lo que sabes ni lo que has demostrado, sino a quién debes el nombramiento.
La universidad pública, que debería ser un vivero de excelencia y pensamiento crítico, sufre a menudo el peso de intereses corporativos, luchas internas y dinámicas que premian la alineación ideológica antes que la brillantez.
Ulloa entendía la ciencia como una disciplina exigente, abierta al contraste internacional y al escrutinio riguroso. Fue evaluado por la comunidad científica más prestigiosa de su tiempo y salió fortalecido. ¿Podemos decir lo mismo de todos los responsables actuales que ocupan puestos de alta gestión? ¿Cuántos han acreditado, fuera de la estructura que los designa, la solvencia que se les presupone?
La comparación resulta incómoda, pero necesaria. Ulloa asumió el gobierno de territorios complejos en circunstancias difíciles, sabiendo que cada decisión tendría consecuencias reales. No buscaba titulares ni popularidad inmediata; buscaba resultados.
Hoy, en cambio, la política se ha vuelto, en demasiados casos, rehén del ciclo mediático. La gestión a largo plazo se sacrifica en aras de la rentabilidad electoral instantánea. La comunicación sustituye a la planificación.
Hay, además, un rasgo profundamente español que ya lastró a Ulloa y que continúa minando nuestras posibilidades: el cainismo. La envidia, la sospecha hacia quien destaca, la tendencia a derribar antes que a construir. Ulloa sufrió intrigas y resistencias internas que obstaculizaron parte de sus proyectos.
Tres siglos después, seguimos viendo cómo iniciativas necesarias se bloquean no por su contenido, sino por quién las propone. Nos cuesta reconocer el talento propio y, aún más, protegerlo.
Mientras tanto, la ciudadanía contempla con cansancio la sucesión de comisiones de investigación, declaraciones judiciales y enfrentamientos partidistas. Cada nuevo caso de corrupción no solo compromete a sus protagonistas; erosiona el crédito del conjunto del sistema. Y sin instituciones sólidas no hay progreso sostenible.
Retrato de Ulloa por artista desconocido
La grandeza de Ulloa no radicó únicamente en su inteligencia, sino en su sentido del deber. Entendía que ocupar un cargo era una responsabilidad moral, no un botín. Esa concepción debería ser la piedra angular de cualquier democracia madura.
El acceso a puestos de dirección pública tendría que estar precedido por trayectorias profesionales contrastadas, por experiencia real en gestión y por una ética demostrada en el ejercicio previo de responsabilidades.
No se trata de idealizar el pasado ni de negar nuestros avances: España es una democracia consolidada, llena de profesionales honestos y capaces. Pero precisamente por respeto a ellos debemos denunciar las prácticas que degradan la vida pública.
Estamos perdiendo calidad democrática cuando no se cuenta con los más preparados y, peor aún, cuando muchos de ellos callan ante la incompetencia o el engaño por temor a represalias.
Recordar a Antonio de Ulloa es recordar que otra forma de ejercer la responsabilidad no solo es posible, sino que ya existió. Que España ha dado hombres —y mujeres— capaces de integrar ciencia, gestión y patriotismo con solvencia y ejemplaridad. Y que el mérito, inseparable de la ética que lo sustenta, no es una consigna vacía, sino la base imprescindible para gobernar con competencia, integridad y verdadero sentido de servicio.
Si aspiramos a una regeneración institucional auténtica, el camino no pasa por el ruido ni por la descalificación constante, sino por reinstaurar una cultura del mérito y de la responsabilidad, gestionar desde la técnica y no desde la ideología, exigir preparación, primar la excelencia y, en definitiva, blindar los espacios técnicos frente a la colonización de ignorantes afiliados.
La figura de Ulloa nos interpela desde el siglo XVIII con una pregunta incómoda: ¿estamos eligiendo a los mejores para dirigirnos? Si la respuesta es dudosa, la tarea es clara. Recuperar el respeto por el conocimiento, por la experiencia y por el compromiso con el bien común no es un ejercicio retórico; es una necesidad nacional.
Las naciones no se hunden por sus enemigos externos, sino por la mediocridad consentida en su interior. Y la historia de España demuestra que, cuando confiamos en el mérito, somos capaces de estar a la altura de los mejores.
- Ricardo Díaz Martín es presidente Consejo General de Colegios de Químicos de España y catedrático de Ing. Química. Universidad CEU Fernando III.