Príamo asesinado por Neoptólemo, hijo de Aquiles, detalle de una ánfora ática de figuras negras, ca. 520 a. C.–510 a. C.
La brutal idea de la guerra en la Antigüedad: cuando despeñar a un niño era gloria en la épica griega
De Homero a Vitoria, la idea de la guerra ha evolucionado desde la exaltación heroica hasta el intento de someterla a normas y límites
Poetas de la Grecia inmediatamente posterior a lo que se podría llamar la época homérica ensalzan no sólo la gallardía y el arrojo guerrero, sino que incluso dicen que lo bello, lo honroso es morir en primera línea de combate. En el s. VII a.C. Tirteo de Esparta o Calino de Éfeso componen versos de este tipo, pues, desde su mentalidad, lo mejor que se puede hacer en esta vida en luchar con denuedo, en vanguardia de la batalla, «en defensa de la patria, de la esposa legítima, de los hijos». En ese mismo siglo, Arquíloco habla de una existencia austera definida por una simple hogaza de pan y vino que toma apoyándose en su lanza.
En cierto modo, este tipo de autores de la denominada lírica coral arcaica continúan uno de los aspectos del êthos más reconocible en la Ilíada. La virtud (areté, para los griegos), es decir, la excelencia —eso que hoy definimos como «nuestra mejor versión»— se concreta en mostrar la máxima destreza en todas las facetas posibles. No se trata de que la guerra, el duelo cuerpo a cuerpo con cortantes armas de metal, constituya un fin en sí mismo. Más bien, la guerra es el medio y contexto supremo donde la astucia, la habilidad, la fuerza, el arrojo se muestran. Y decimos que «se muestran», porque se exhiben. Se requiere del reconocimiento de los demás. Por esta razón, Aquiles, el más valeroso de los aqueos que acechan Troya, se retira. Siente que, al quitársele a Briseida, para que fuese entregada a Agamenón, se lo está dejando humillado, no se lo reconoce como lo que es.
En la Ilíada homérica, la lucha se narra y describe de manera estética. Las heridas contienen belleza por su patetismo, y no son heridas que dejen a nadie lisiado, ni impedido. Son heridas que, o bien se pueden curar, o bien acaban con la vida. En la Ilíada no vemos las hileras de amputados que produce la guerra. Observamos nada más que muertes henchidas de poesía, una poesía trágica, intensa, repleta de densidad.
Sin embargo, cuando en la Odisea aparezca el ánima de Aquiles, en el territorio de Hades y los difuntos, nos dirá que es preferible ser el último de los vivos antes que el rey de los muertos. Se alegrará, cuando Odiseo le narre la fiereza y ansia destructora de su hijo, Neoptólemo. El regocijo, en la otra vida, de comprobar que el propio vástago continúa con esa actitud que se supone es la virtud. Narra la tradición poética antigua que Neoptólemo, al conquistar con los aqueos Troya, agarrará al hijo de Héctor, a Astianacte, que casi es un bebé. Un chiquillo que aún gatea y que se alimenta de purés y leche, y de caricias y mimos de la madre. Lo agarrará para dejarlo caer desde lo alto de las murallas del alcázar troyano. Los sesos del niño se desparramarán por el suelo patrio que su padre defendió entregando su propia vida; Héctor había muerto a manos de Aquiles.
Papiro original de la 'Odisea' de Homero
Esta mirada es la que más influirá en Nietzsche, a quien más que filósofo hemos de etiquetar como filólogo o poeta. Nietzsche, a la hora de la verdad, e incluso antes de redactar la mayor parte de sus libros sobre el superhombre y la voluntad de poder, se había caído del caballo —no literalmente, aunque sí sufrió un accidente en un ejercicio ecuestre antes de la guerra Franco Prusiana, en 1868—; y renunció rápido al germanismo, al nacionalismo y a cualquier aventura bélica.
Es más, a pesar de que escribe en sus libros que un inválido, alguien que depende de otros y que tiene mermadas sus capacidades, debe ser desahuciado por los médicos, durante el final de su vida estuvo al entero cuidado de su familia. La incongruencia entre la vida y la obra de Nietzsche permite comprender mejor por qué su hermana Elisabeth se encargó que transmutar el legado intelectual de este amante de lo helénico en materia que alimentase la combustión nacional socialista.
Friedrich Nietzsche en 1899
Todo lo contrario a Nietzsche, en este aspecto, fue Marinetti, cuyo manifiesto futurista (según la publicación de febrero de 1909 en Le Figaro) resulta tan incendiario y poético como El Anticristo o Así habló Zaratustra, cuando menos. Leemos:
«Queremos cantar el amor al peligro, a la actitud enérgica y a la temeridad. Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la rebelión. Hasta hoy la literatura ha estado magnificando la inmovilidad de pensamiento, el éxtasis y la ensoñación, mientras que nosotros vamos a exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso gimnástico, el salto temerario, la bofetada y el puñetazo. Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido gracias a una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras con su vientre adornado de gruesos tubos, como si fuesen serpientes de aliento explosivo… Un automóvil rugiente que tiene el aspecto de correr sobre metralla es más hermoso que la Victoria de Samotracia. (…) No hay más belleza que en la lucha. No más obras maestras sin carácter agresivo. (…) Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan y el desprecio a la mujer. Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas y utilitarias».
Después de esto, Marinetti se embarcó para vivir en primera línea casi todos los conflictos bélicos de su país: en Libia contra los turcos en 1911, en la Primera Guerra Mundial contra Austria en 1915, en Abisinia en 1936, contra la Unión Soviética en 1942. Fue fascista hasta el día de su muerte en diciembre de 1944.
Filippo Tommaso Marinetti
Menos de un año después del fallecimiento de Marinetti, el gobierno de los Estados Unidos decide que la forma más expedita de acabar con la guerra contra el Japón consiste en arrojar dos bombas nucleares contra población civil. Cierto que avisaron con antelación, e igual de cierto que las autoridades niponas insistieron en decir que aquellas octavillas arrojadas por los aviones americanos eran mentira y no debía nadie hacerles caso.
La excusa del «dulce et decorum est pro patria mori» o del «I want you for the Army» ha resultado útil en Verdún y en el Somme, en Galípoli, en Vietnam y cuando, durante la guerra de Crimea (1853-1856), la carga de la brigada ligera británica fue masacrada por los cañones rusos. Quizá, no obstante, no haya resultado útil para comprender en qué consiste de verdad defender la patria, qué hubo de heroísmo auténtico en los últimos de Filipinas o en Lepanto.
Estas formas de exaltar la guerra se van alterando con los tiempos, y, como decían C. S. Lewis y Chesterton, a veces se transmutan en una lucha a muerte absoluta; cuanto más convencidos estemos de que nuestro lado es «el lado correcto de la historia», más aniquiladora será nuestra victoria. Si la guerra sirve para la honra y para la defensa de la patria, la destrucción completa del enemigo no es un fin; e incluso, según ciertas mentalidades, puede suponer un menoscabo para nuestra excelencia, en tanto que la clemencia pasa como un nuevo rasgo de la virtud. No en vano, Sun-zi (quizá s. III a.C.) sostiene en su Arte de la guerra que destruir el país rival no es nunca la primera opción, y se debe evitar siempre que las circunstancias lo permitan.
Gilbert Keith Chesterton, en una imagen de archivo
Durante el inicio de la era imperial hispánica, Francisco de Vitoria (s. XVI), junto con otros intelectuales españoles, plantea un contrapunto completo. Entiende que debe existir un Derecho internacional en tanto que consenso emanado de todos los pueblos, de obligado cumplimiento, y con auténtica fuerza de ley. El Derecho internacional, según Vitoria, debe garantizar los derechos de las personas. «La única causa justa para emprender la guerra es la injuria recibida», asegura. Una injuria grave, culpable. La guerra, por tanto, es el último recurso y no debe implicar un mal mayor. El Estado (el gobierno) debe evitar la guerra, no buscar pretextos para emprenderla, pues, a fin de cuentas, el objetivo de una guerra justa es la defensa del Derecho, de la patria, de la seguridad, de la paz. Y el triunfo debe manejarse con moderación, satisfaciendo a los ofendidos y generando el menor perjuicio a los injuriadores. Proporcionalidad, misericordia.
Queda, por el otro lado y también del siglo XVI, una lectura que ha sido tomada al pie de la letra en demasiadas ocasiones. Leemos en El príncipe de Maquiavelo (traducción de José Sánchez Rojas en Espasa-Calpe, 1924): «Cuando los Estados que se adquieren están acostumbrados a vivir en libertad y a regirse por leyes propias, pueden conservarse de tres maneras. Es la primera destruyéndolos».
[Artículo publicado originalmente en la revista la Antorcha, de la Asociación Católica de Propagandistas]