Fundado en 1910

El emperador Carlomagno por Alberto Durero

Picotazos de historia

Ni rubio ni corpulento: los hallazgos corrigen dos grandes mitos sobre Carlomagno

En el año 2014 el profesor Franz Rühli, director del Centro de Medicina Evolutiva de la Universidad de Zúrich, recibió autorización de las autoridades religiosas para poder llevar a cabo ciertas investigaciones y análisis

Carlos, hijo de Pipino el Breve, fue un gran rey. De hecho, está considerado como el padre de Europa, y prueba de la grandeza que alcanzó es que solo hay dos individuos que relacionemos inmediatamente con el adjetivo latino Magno (casos como Gregorio Magno o Pompeyo Magno están muy lejos de estos dos), y estos son Alejandro Magno y Carlomagno (742-814 d. C.).

Este último se convirtió en rey de los francos tras el fallecimiento de su padre, el mayordomo de palacio devenido en rey, Pipino, en el año 768; en el 774 ya era rey de Italia y, en la Navidad del 800, emperador del Sacro Imperio Romano. El primer emperador que tenía Europa occidental en 324 años.

El impacto cultural de Carlomagno en la historia es profundo y duradero, y así como la palabra César dio lugar a diferentes versiones del término emperador (el que impera) en distintas lenguas (kaiser, tsar, etc.), el nombre de Carlomagno, en su versión alemana (Karl), ha sido raíz para palabras cuyo concepto hace referencia a personas pertenecientes a la alta nobleza o a la realeza. El ejemplo lo encontramos en diferentes lenguas, especialmente en las eslavas: ruso, polaco, eslovaco, turco, croata, húngaro y albanés.

Carlomagno falleció el 28 de enero del año 814. Tenemos abundante información, principalmente a través del Liber Pontificalis, de la Vita Karoli Magni del monje Eginardo y de los Annales Regni Francorum. La leyenda cuenta que fue enterrado sentado sobre un trono, coronado, con una cruz de oro y piedras preciosas y, en sus manos, unos Evangelios ricamente decorados y enjoyados, junto con una espada espléndida.

Lo cierto es que fue enterrado en la catedral de Aquisgrán y, se cree, que se reutilizó un sarcófago romano del siglo III d. C., conocido como «el sarcófago de Proserpina (o de Perséfone)». El emperador Otón III, de la casa de los Otónidas, ordenó que se sacara el cuerpo de Carlomagno y que fuera depositado en un rico féretro de oro adornado con joyas. Como recuerdo, se guardó la cruz que del pecho de Carlomagno colgaba.

Poco le duraría el descanso, ya que en 1152 el emperador Federico Barbarroja abriría el féretro y se quedó con las joyas que llevaba el cadáver. Posiblemente para compensar una acción bastante fea, obligó a su papa títere, el antipapa Pascual III, a canonizar al emperador pipínida. Esta canonización sería anulada en el Tercer Concilio de Letrán (1179), que anuló todos los decretos y disposiciones del antipapa, aunque permitió la adoración y rezos ante las reliquias de Carlomagno.

Carlomagno, Emperador de Occidente por Louis-Félix Amiel

En el siglo XVIII, el Papa Benedicto XIV (1740-1758) declaró beato a Carlomagno. El nieto de Federico Barbarroja, el emperador Federico II «Stupor Mundi» (asombro del mundo, por la vastedad de sus conocimientos), autorizó la desmembración del cuerpo, que ha terminado repartido en diferentes relicarios, y ordenó la construcción especial de un adoratorio para él: el Karlesschrein, la capilla de Carlos.

En estos últimos años se han llevado a cabo unas interesantes investigaciones que se relacionan con la figura de Carlomagno y que nos han aportado información adicional. Sabíamos por textos coetáneos, como la Vita Karoli Magni, que «era un individuo de cuerpo ancho y robusto, de estatura eminente…». Pues bien, en el año 2014 el profesor Franz Rühli, director del Centro de Medicina Evolutiva de la Universidad de Zúrich, recibió autorización de las autoridades religiosas para poder llevar a cabo ciertas investigaciones y análisis de los restos que permanecen en el sarcófago de Aquisgrán.

Los análisis llevados a cabo confirmaron que los restos que se encuentran dispersos en diferentes relicarios y los que se encuentran en la catedral de Aquisgrán pertenecen al mismo individuo.

La sorpresa vino por los análisis tomográficos y radiográficos de los huesos de las piernas. Los resultados nos hablaban de un individuo de 1,84 metros de altura, pero de constitución delgada. Nada que ver con el robusto y ancho individuo descrito por Eginardo. Desde luego, su altura sí debía de ser bastante impresionante para la época. Se calculó que debía de pesar unos 78 kilogramos y que su índice de masa corporal estaba en torno a los 22 kilogramos por metro cuadrado, lo que se considera ideal. Estaba en forma.

Este estudio alteró y completó el conocimiento que del emperador teníamos, pero coincidió en pocos meses con otro interesante trabajo que recientemente encontró restos de Carlomagno.

La capilla de Carlomagno en la catedral de Aquisgrán

En el año 2015 los profesores Charlier, Nielen, Augias y Prévost llevaron a cabo unas investigaciones sobre la colección de sellos de cera existentes en la colección de los Archivos Nacionales de París. Para asombro de los investigadores, descubrieron que algunos de los sellos contenían pelo humano atrapado dentro de la cera, especialmente los más antiguos.

Se encontraron pelos dentro de los sellos de los reyes Childerico II (653-675 d. C.), Childerico III (714-754/5 d. C.), Pipino el Breve (714-768), Carlomagno, su hermano Carlomán y otros personajes menores. Los sellos de Pipino nos dieron dos tipos diferentes de cabellos, correspondientes a dos épocas muy concretas de su vida, ya que uno era rubio y el otro canoso.

El documento con la signatura K6, n.º 7, correspondiente a Carlomagno, mostró que albergaba pelos en su interior. El análisis de los mismos reveló que no era rubio como se creía, sino castaño oscuro.

La investigación continúa y se está consiguiendo información sobre estos personajes. Algo que causó cierto desconcierto fue la cantidad de pelos que aparecían en los sellos y su frecuencia durante una época concreta —siglos VII al IX—, desapareciendo posteriormente.

Se concluyó que los pelos encontrados no fueron atrapados por la cera de forma fortuita, sino que fueron deliberadamente colocados; se encontraron incluso pelos de animales. Estos se incluyeron con el fin de reforzar el material (cera) y consolidarlo tras la impresión, al mismo tiempo que vinculaban más a la persona que se comprometía al aportar parte de sí misma (pelo). Lo curioso es que esta práctica, de momento, solo se ha encontrado en Francia y en esa época en concreto.