Ana Zabía, directora de Proyectos de Patrimonio Cultural de UNIR
Entrevista a Ana Zabía
Ana Zabía: «El arte virreinal choca frontalmente con la idea de la Leyenda Negra»
Arte virreinal, el mestizaje cultural y el debate de la descolonización, en el marco de las III Jornadas de Hispanoamérica: un futuro compartido
«España es pionera en dar importancia al arte virreinal», afirma de forma rotunda Ana Zabía, conservadora de museos y directora de Proyectos de Patrimonio Cultural de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), que ha participado en la III edición de las Jornadas de Hispanoamérica, un futuro compartido, organizadas por la Fundación Rafael del Pino, Unidos por la Historia y López-Li Films. Hablamos con Ana Zabía sobre el mestizaje artístico, la precisión terminológica frente al concepto de colonia y la importancia del arte virreinal como elemento de una historia común de esa Hispanidad.
–Museos como el MET de Nueva York exhiben con orgullo piezas como la «Corona de los Andes» (asociada a la suntuosidad de la orfebrería hispana) o iconografía de la Virgen de Guadalupe. ¿Qué papel juegan estos museos «americanos» en la difusión de esta historia común?
–Museos tan importantes como el Metropolitan de Nueva York o el LACMA de Los Ángeles desempeñan un papel fundamental en la revalorización del arte virreinal hispanoamericano. Es un fenómeno que comenzó hace pocos años con grandes exposiciones que traen obras de México, Perú y toda la América hispana. No se trata solo de pintura; hablamos de escultura, artes decorativas y muchísima plata que conforman un legado inmenso.
El Metropolitan está adquiriendo piezas muy seleccionadas y de altísima calidad, como una batea de José Manuel de la Cerda, uno de los artistas más destacados en el trabajo de la laca mexicana, o los enconchados realizados en México en la segunda mitad del siglo XVII. Estos museos no solo compran, sino que realizan exposiciones y estudios de investigación punteros, como sus trabajos sobre el aceite de chía. Su labor pone en valor este arte y sirve de referencia para otros museos de ambas costas de los Estados Unidos.
–Existe una batalla terminológica. ¿Por qué desde las instituciones museísticas se sigue empleando con frecuencia el término «colonia» cuando, jurídica y artísticamente, estamos ante reinos y virreinatos?
–Originalmente, el arte se denominaba «colonial hispanoamericano» sin un sentido peyorativo; así figura en las grandes obras de Angulo, Marco Dorta o Buschiazzo. Sin embargo, países como México y Perú han señalado, con razón, que ellos no fueron colonias ni tuvieron un arte inferior, sino que fueron virreinatos. Por tanto, es mucho más apropiado utilizar el término arte virreinal hispanoamericano, ya que es el arte producido en los virreinatos americanos. Creo que el término irá cambiando paulatinamente y, si para estos países tiene una connotación negativa, por supuesto que debemos dejar de utilizarlo.
–El barroco americano es símbolo de ese mestizaje artístico. ¿Cómo se confeccionó ese «arte español en América» nacido de la fusión de dos mundos?
–El proceso comienza con la gran cantidad de obra española, flamenca e italiana que viaja a América. En la configuración de la escuela pictórica peruana, por ejemplo, fue esencial la figura del jesuita italiano Bernardo Bitti y del pintor Angelino Medoro (que no es jesuita), quienes llevaron el manierismo en estado puro. A esto se suma la llegada de muchísimos grabados y obras de autores como Zurbarán y su escuela. Los artistas locales poseían un sustrato indígena que se mezcló con estos nuevos saberes y técnicas, transmitidos principalmente por los frailes a través de los grabados. Así se crearon escuelas pictóricas que en el siglo XVII ya estaban plenamente formadas; escuelas extraordinarias como la de México, Perú, el Alto Perú (actual Bolivia) o la increíble escuela escultórica de Quito. Cabe destacar que en estos talleres trabajaban los propios indígenas, integrándose plenamente en la creación artística.
–¿De qué manera el arte virreinal —desde la pintura de castas hasta la arquitectura misional— fue una herramienta política para materializar ese orden social y espiritual?
–El pensamiento occidental que llega desde España se manifiesta a través de los tratados de pintura, como el de Pacheco, los libros, los sermones y las fiestas, que hacían que la vida en América fuera muy parecida a la de cualquier ciudad española peninsular. La propia configuración de las plazas mayores y la iconografía religiosa —vidas de santos y órdenes religiosas— seguían este patrón. Todo este orden se transmitía a los artistas mediante grabados, pero los resultados que ellos alcanzaron fueron extraordinarios. Es un arte que todavía tiene mucho por investigar y que merece ser conocido.
–A menudo se ignora la riqueza de las artes decorativas. ¿Qué posición ocuparon ciudades como México en este ámbito?
–Las artes decorativas son fascinantes. Tenemos los cuadros de plumaria, exclusivos de América, realizados con pequeñas plumas que para los indígenas tenían un sentido religioso. También destacan las lacas y los enconchados, piezas que solo se producen allí y que consisten en incrustaciones de concha de nácar sobre los cuadros. En estas piezas confluye la influencia occidental con la llegada del Galeón de Manila, que trajo a los virreinatos toda la estética de Oriente. El Museo de América dedicó una gran exposición a este tema, La luz del nácar: Reflejos de Oriente en México, de la cual fui comisaria, precisamente para revalorizar este arte nuevo.
–¿Qué importancia se le da al arte virreinal en España?
–Se le da muchísima importancia y España es pionera en este sentido. No se puede explicar América sin su arte, y eso queda reflejado en nuestros museos. Hemos visto grandes exposiciones en el Museo del Prado, como la dedicada a la Virgen de Guadalupe o al Tornaviaje; y en el Museo de América, con muestras sobre la pintura cuzqueña o los búcaros de Indias. Tenemos colecciones magníficas y una trayectoria de investigación de muchísimos años. Por ejemplo, no se entendería Sevilla sin la flota de Indias que traía cuadros y plata de América, y no hay que olvidar que los discípulos de Zurbarán están en el Cuzco.
–El Ministerio de Cultura habla de descolonizar los museos. Como experta, ¿qué opina usted de esas decisiones?
–La descolonización, en teoría, implicaría devolver piezas saqueadas, pero es que las piezas de los museos españoles no tienen un origen ilícito. España posee toda la documentación que acredita que estas obras han sido compradas legalmente en España a indianos que las trajeron hace siglos, o proceden de las expediciones científicas de Carlos III, como las de la costa noroeste de los Estados Unidos. El Tesoro de los Quimbayas, por ejemplo, fue un regalo de la reina María Cristina al Museo de América. A ella, previamente, se lo había regalado Carlos Holguín, presidente de Colombia. Las adquisiciones recientes de arte virreinal se realizan siempre dentro del mercado español. Está muy claro que son piezas que no presentan ningún problema legal o ético.
–¿Cómo es la relación actual con los museos e intelectuales hispanoamericanos?
–La relación es extraordinaria porque el idioma nos une; te sientes en casa con ellos y ellos se sienten felices, en general, en España. Desarrollamos proyectos conjuntos donde tienen cabida investigadores de México, Perú, Bolivia o Cuba, y todos aprendemos de todos. Intelectuales mexicanos han comisariado exposiciones en el Prado y participan constantemente en el Museo de América. Es una colaboración académica y humana maravillosa.
–Si tuviera que elegir una pieza del Museo de América que representara ese «futuro compartido» del que hablan las jornadas, ¿cuál sería y por qué?
–Elegiría dos pinturas. Primero: La entrada del virrey arzobispo Morcillo en Potosí, un cuadro gigantesco que está en el Museo de América. Segundo: el cuadro enconchado de la Virgen de Guadalupe (que procede del antiguo convento de la Preciosísima Sangre de las monjas capuchinas en Castellón de la Plana y está en depósito en el Museo del Prado), de casi dos metros de altura, que se exhibe en el Museo del Prado. El hecho de que esta obra ocupe un lugar señero en el Prado marca la importancia que las instituciones españolas conceden a este arte virreinal tan extraordinario.
–Para concluir, la Hispanidad también es parte de lo que es hoy Estados Unidos. ¿Qué legado artístico se descubre en Norteamérica?
–Destacaría la configuración de las ciudades a la manera hispana, con sus plazas y misiones, especialmente en la costa oeste. A pesar de lo que se ha perdido, queda mucha arquitectura y mobiliario en las iglesias de las misiones jesuitas. El arte virreinal, con su lujo, exuberancia y opulencia, choca frontalmente con la idea de la Leyenda Negra. Si uno visita, por ejemplo, la iglesia de los jesuitas en Tepotzotlán (México), hoy convertida en el Museo Nacional del Virreinato, puede contemplar esa maravilla de riqueza artística que define nuestra historia común.