Fundado en 1910
Iain MacGregor revela la verdad oculta tras Hiroshima y el Proyecto Manhattan

Iain MacGregor revela la verdad oculta tras Hiroshima y el Proyecto ManhattanGrupo Ático

Iain MacGregor desmonta el mito de Oppenheimer: «El verdadero padre del Proyecto Manhattan fue Leslie Groves»

«Solo el 1,64 % de la bomba de Hiroshima llegó a funcionar realmente. Imagine si hubiera detonado por completo», advierte el historiador británico en conversación con El Debate

«Realmente no hay que olvidar lo que puede hacer una bomba nuclear», explica el historiador británico Iain MacGregor, que acaba de publicar Los hombres de Hiroshima, una investigación profunda sobre el Proyecto Manhattan que incluye entrevistas inéditas a varios supervivientes japoneses. Detractor de la película Oppenheimer, conversamos con MacGregor sobre la carrera nuclear, la decisiva ayuda británica, la verdadera historia de Oppenheimer y su equipo, así como sobre la censura y el relato que construyó EE. UU. sobre las consecuencias de la bomba.

–¿Qué temas todavía no se han abordado suficientemente sobre Hiroshima y el uso de la bomba atómica en los relatos históricos actuales?

–Bueno, existe un debate eterno y de larga duración sobre si los bombardeos debieron haber ocurrido, tanto en Hiroshima como en Nagasaki. Yo sostengo la postura, como muchos historiadores, de que existe un argumento de que estaba justificado usar la bomba en Hiroshima porque era un objetivo militar, un objetivo militar de primer orden. Los combates en el Pacífico en 1945 eran tan atroces y las bajas tan enormes para los estadounidenses que querían intentar terminar la guerra lo antes posible, porque la guerra en Europa ya había terminado.

Una escena en Hiroshima después de las 11:00 del 6 de agosto de 1945

Una escena en Hiroshima después de las 11:00 del 6 de agosto de 1945

En términos de nuevos argumentos, se trata de intentar comprender la mentalidad de la época. Usted y yo hablamos de esto con 80 años de perspectiva; sabemos todo lo que hay que saber sobre la moral de no usar una bomba atómica y lo terrible que es. Pero si se sitúa en 1945, tras cuatro o cinco años de destrucción global donde predominaba la destrucción civil, el reto era: ¿cómo terminas con algo así? Hiroshima fue un método para imponer psicológicamente la rendición a unos líderes que no iban a rendirse y que preparaban al país para un baño de sangre cataclísmico bajo el eslogan oficial de «el suicidio de los 100 millones».

–En el libro incluye testimonios de los creadores de la bomba y de las víctimas japonesas. ¿Qué relato le ha sorprendido más?

–De las víctimas, destacaría el testimonio de Machiko Kodama, que aparece en el prólogo. Entrevisté a más de una docena de supervivientes en Japón y ella fue mi primera entrevista. Tenía 88 años en ese momento, por lo que era una escolar de diez años cuando ocurrió el bombardeo. Su historia tomó tres horas y mi traductor terminó llorando.

Lo impactante no fue solo lo que vio de niña; fue su vida posterior y el estigma de ser una superviviente (hibakusha). Los japoneses no entendían el envenenamiento por radiación; era algo casi medieval, una «enfermedad misteriosa». Durante décadas fue rechazada: dos hombres retiraron sus propuestas de matrimonio al enterarse de que era de Hiroshima. Terminó casándose con otro superviviente, pero perdieron hijos por abortos y su única hija murió de cáncer a los treinta años. Al final de la charla, suspiró y me dijo: «Mis padres murieron de cáncer, mis hermanos murieron de cáncer, mi marido murió de cáncer, mis hijas murieron de cáncer y yo soy la única que queda».

–Esta fue la consecuencia de una carrera por la bomba nuclear que ganó EE. UU. ¿Cuál era el estado real de los programas soviético y alemán en ese momento?

–Durante la guerra, los soviéticos no tenían un programa nuclear propio. Solo sabían lo que hacían los estadounidenses porque tenían espías soviéticos en Los Álamos. Fue hacia el final de la guerra cuando Stalin ordenó a Beria poner en marcha su programa atómico. Respecto a los alemanes, el Proyecto Manhattan comenzó al menos 18 meses después de lo que los aliados «creían» que estaban haciendo los nazis. Los científicos de Los Álamos pensaron hasta finales de 1943 que iban con 18 meses de retraso respecto a Alemania y que los nazis tendrían la bomba antes que ellos. Solo cuando los aliados invadieron Normandía y entraron en Europa Occidental se dieron cuenta de que Alemania no la había desarrollado.

–¿Cómo condicionó el miedo a los avances de Otto Hahn y Fritz Strassmann la escala industrial del Proyecto Manhattan y la movilización de más de 100.000 personas?

–Otto Hahn y esos tipos fueron el «canario en la mina», un aviso temprano. Inicialmente, la ciencia nuclear no estaba impulsada por lo militar, sino por la energía; se veía como una fuente futurista que revolucionaría la industria. Pero cuando los científicos que escapaban de Europa llegaron a Gran Bretaña diciendo que los nazis eran líderes en el desarrollo del U-235, todo cambió. Una vez que sabes que la guerra se avecina, cualquier fuente de energía para la economía se puede cambiar fácilmente al uso militar. Ese miedo a que los nazis ganaran la carrera hizo que se trabajara 24 horas al día para desarrollar la bomba.

–¿Qué papel específico jugó la colaboración británica en el éxito final del Proyecto Manhattan?

–Fue crucial. Hasta 1942, los científicos británicos desempeñaron un papel fundamental para que los estadounidenses entendieran la tecnología y la ciencia necesarias. No solo las ecuaciones, sino el diseño e ingeniería de los laboratorios y fábricas para desarrollar plutonio y uranio provinieron de los británicos. Sin embargo, Gran Bretaña estaba económicamente rota por la guerra y es un país pequeño; no tenía la extensión necesaria para construir bases secretas en mitad de la nada. El Proyecto Manhattan necesitó la financiación masiva de miles de millones de dólares que solo el Gobierno de Roosevelt podía permitirse. Churchill, como Hitler, era un líder militar convencional y no creía inicialmente en lo que una bomba nuclear podía ofrecer.

Robert Oppenheimer encabezó el proyecto. ¿Cuál fue su papel real más allá de la imagen que nos han mostrado las películas?

–Se le ve como el padre de la bomba, pero él no estaba a cargo del Proyecto Manhattan; estaba a cargo del laboratorio de armas en Los Álamos. No estoy de acuerdo con que se le retrate como alguien moralmente destrozado por el uso de la bomba; eso no es cierto. Era un científico muy talentoso, pero, sobre todo, ambicioso, y vio en la guerra una oportunidad para acelerar su carrera. Por otro lado, tengo grandes problemas con la película Oppenheimer porque infravalora al general Leslie Groves (interpretado por Matt Damon). Él es el verdadero padre del Proyecto Manhattan. Sin Groves no habría habido Oppenheimer. Él construyó una operación secreta en un país democrático que empleó a 100.000 personas mediante la «compartimentación», donde nadie sabía qué hacía el otro.

El general Groves y Oppenheimer inspeccionan el sitio cero de la prueba Trinity

El general Groves y Oppenheimer inspeccionan el sitio cero de la prueba Trinity

–¿Qué factores geográficos y militares definieron a Hiroshima como el objetivo de la misión?

–Fue una elección deliberada. Durante seis meses, los estadounidenses habían saturado Japón con bombardeos convencionales y napalm, reduciendo a cenizas 66 ciudades. Pero se reservaron seis ciudades intactas, el llamado «comité de objetivos», para poder entender el poder real de una sola de estas bombas en un escenario fresco.

Hiroshima era un objetivo legítimo: un centro de comunicaciones, con grandes fábricas de municiones y una alta densidad militar. Un dato asombroso es que la bomba de Hiroshima contenía 64 kg de U-235, pero solo el 1,64 % llegó a funcionar realmente. Ese pequeño porcentaje causó todo ese daño; imagine si hubiera detonado por completo.

–EE. UU. justificó el uso de la bomba. ¿De qué manera gestionó el Gobierno la información pública sobre los efectos de la radiación nuclear?

–Pasaron de un tono de celebración, diciendo que esto traería la victoria, a una supresión absoluta de la realidad una vez que ocuparon Japón. Querían ocultar por qué la gente seguía muriendo por una «enfermedad misteriosa» que hoy sabemos que era envenenamiento por radiación. Necesitaban vender la «era atómica» como algo bueno para la energía industrial y asegurar su capacidad militar nuclear frente a otras naciones.

–Más allá de los efectos físicos, ¿la bomba tuvo una repercusión real a nivel político y social en Japón?

–Por un lado, la ocupación fue una historia de éxito: reconstruyeron el país, introdujeron la democracia e incluso emanciparon a las mujeres para que pudieran votar. Pero socialmente, el trauma de los supervivientes fue ignorado oficialmente para mantener el relato de la potencia ocupante. Por ello, se prohibió a los periodistas hablar de esas muertes; cualquier periodista occidental que lo intentara era deportado y a los médicos japoneses se les amenazaba con el cierre si publicaban sus investigaciones. Por eso la historia de John Hersey es tan importante: él se coló en Hiroshima y fue el primero en contar la verdad de forma precisa.

–¿Es posible que esta historia se repita o funciona la disuasión nuclear hoy?

–Existe la falsa percepción de que, al haber terminado la Guerra Fría hace décadas, el Armagedón nuclear ya no es un peligro real, pero los arsenales no han desaparecido. De hecho, el último tratado entre la Rusia de Putin y los EE. UU. de Trump, que permitía monitorizar los arsenales y limitar la tecnología, terminó este pasado febrero y ya no existe ningún tipo de supervisión. Hoy nos enfrentamos a un escenario con 12.000 ojivas nucleares activas repartidas en países como EE. UU., Rusia, China, Francia, Gran Bretaña, Pakistán, India e Israel. Además de los Estados parias como Corea del Norte o los problemas con Irán, el punto de mayor fricción global hoy es la frontera entre Pakistán e India. Allí existe una mezcla tóxica de política y religión que hace que el riesgo de un intercambio nuclear convencional sea mucho más probable, ya que a los líderes parece no importarles las consecuencias. Lo que más me inquieta es el avance tecnológico. Le digo a mi hijo, que tiene 19 años, que en su vida verá a un Estado paria o a un grupo terrorista con la capacidad de detonar un dispositivo nuclear casero. La tecnología y la IA avanzan tan rápido que el mundo en 30 años será irreconocible y mucho más peligroso.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas