La gesta del inexistente Cabo García en la salvación de La Alhambra
Grandes gestas españolas
La gesta del inexistente Cabo García en la salvación de La Alhambra
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Hubo periodos especialmente funestos en la Historia de España en los que se produjeron destrucciones irreversibles de patrimonio artístico, episodios de los que, sorprendentemente, apenas se habla, como la Desamortización, la Segunda República y la devastación y el saqueo en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil.
Pero, sin duda, las más conocidas fueron las de la Guerra de la Independencia (1808-1814). En todo el territorio, las tropas napoleónicas ocuparon ciudades, saquearon iglesias y destruyeron archivos. Miles de cuadros, esculturas, joyas y retablos fueron arrancados de museos, palacios, iglesias, monasterios y casas señoriales para engrosar los salones del Louvre o embellecer mansiones de los generales franceses. Y resulta llamativo que sea recurrente la exigencia internacional de que el Museo Británico devuelva a Atenas unas contadas piezas del Partenón, mientras que jamás se reclama la restitución de las centenas de miles de obras que los franceses robaron en España.
El precio de la victoria
La Alhambra como objetivo militar
En el verano de 1808, mientras las tropas napoleónicas avanzaban por la Península, la Alhambra —joya suprema del legado andalusí—se convirtió en un objetivo militar de primer orden. Su posición dominante sobre Granada y su carácter fortificado la hacían idónea para ser ocupada, artillada y, llegado el caso, destruida antes de permitir que cayera en manos enemigas.
Los franceses penetraban en la Vega de Granada el 27 de enero de 1810. Eran 3.000 soldados de los regimientos 32 y 43, procedentes de los pasos de Despeñaperros y Fuentenueva, a los que se sumaban tres escuadrones de la división del general Horace Sebastiani y un pequeño contingente de tropas españolas leales al rey José Bonaparte I.
Las autoridades granadinas, plenamente conscientes de la brutalidad con la que actuaban los invasores, optaron por capitular de inmediato. Para la ciudad comenzó un auténtico calvario. Aunque los funcionarios permanecieron en sus cargos, fueron vejados y su sumisión a Sebastiani fue absoluta. El general exigió de inmediato una contribución de cinco millones de reales, la primera de una larga serie de demandas cada vez más desorbitadas. Hubo que habilitar lujosos alojamientos para los principales mariscales galos, saqueando para ello muebles, plata y enseres tanto de edificios oficiales como de casas particulares, sin posibilidad alguna de negarse. Entre 1810 y 1812, los bolsillos de los granadinos fueron esquilmados para sostener al ejército invasor y sus lujos: contribuciones forzosas, requisas de carne y grano para abastecer a las tropas, expolio sistemático de bienes particulares. A ello se sumó el saqueo artístico: iglesias, conventos y mansiones fueron despojados de su patrimonio. La ruina alcanzó también a las haciendas públicas y privadas.
Sebastiani
Profanaron la tumba del Gran Capitán
Los franceses se aposentaron principalmente en la Alhambra y en el Monasterio de San Jerónimo donde profanaron la tumba. Allí mutilaron el cadáver del Gran Capitán y quemaron las 700 banderas victoriosas que yacían en el interior... El cuartel general se instaló en la Silla del Moro, mientras que Sebastiani fijó su palacio de gobierno en la Real Chancillería. La Alhambra, que ya arrastraba desde el siglo XVIII un proceso de deterioro sufrió daños aún mayores al ser convertida en cuartel y alojamiento de tropas. Sus salas se transformaron en establos, y los espacios palatinos perdieron su función y dignidad.
Con las vueltas de tuerca que se le dan ahora a la Historia, han querido presentar a Sebastiani como un hombre muy ilustrado que, admirador de la arquitectura musulmana, ordenó limpiar estancias, reutilizar cauces de agua y adecentar jardines; que consiguió que José Bonaparte asignase un presupuesto para la conservación de la Alhambra cuando le mostró con orgullo sus obras: el Teatro Napoleón, las alamedas en las riberas del Genil y el Puente Verde. Pero este relato no cuenta que impulsó tanto una trágica desamortización que expropió y destruyó conventos, como la desforestación de los cerros por la fortificación en la Alhambra. Mandó talar miles de árboles para despejar el perímetro. La ciudad quedó sometida a una presión militar constante: trabajaban hasta seiscientos peones, y cada día subían veinte carros cargados de material para levantar baterías y empalizadas que acabaron formando un circuito defensivo casi inexpugnable defendido por más de cien cañones.
El Gran Capitán recorriendo el campo de la batalla de Ceriñola, por Federico de Madrazo
La retirada francesa y la destrucción de la Alhambra
Mientras tanto, la guerra evolucionaba. La actividad guerrillera y la presión del ejército español del Príncipe de Anglona comenzaba a estrechar el cerco sobre Granada. La respuesta francesa fue una represión cada vez más dura, acompañada del agravamiento de la hambruna que asolaba a la población.
El 16 de septiembre de 1812, ante la amenaza real de quedar aislados, los galos tomaron la decisión de abandonar Granada. Siguiendo la táctica habitual de la guerra napoleónica, prepararon antes de retirarse la destrucción de armamento, fortificaciones y enclaves estratégicos para impedir que los españoles pudieran utilizarlos contra ellos.
Tropas afrancesadas. Lanceros de Sevilla.
El mariscal Soult, célebre por sus desmanes en Sevilla, destruyó los molinos de pólvora de El Fargue y ordenó colocar cargas explosivas en puntos clave de la ciudad. En la Alhambra apilaron decenas de barriles de pólvora bajo las zonas fortificadas, minaron los pasadizos, encendieron las mechas y abandonaron la ciudad. En su huida, Sebastiani portaba como botín la calavera y la espada de gala del Gran Capitán porque el rencor francés también se cebó en símbolos que habían humillado su orgullo. La destrucción de la Alhambra parecía asegurada. Pero entonces intervino un español —un héroe anónimo— que, conocedor del plan, logró cambiar el destino del monumento. Era José García, un humilde cabo del Cuerpo de Inválidos.
Soult
Un valiente soldado español mutilado
Lo conocían como el cabo Pepiyo y había servido valerosamente en el ejército español. En la batalla de Bailén (1808) perdió una mano y sufrió una lesión en la pierna que apenas le permitía sostener su propio peso. Pertenecía ahora al Cuerpo de Inválidos, creado en el ejército borbónico para dar asistencia y un destino honorable a los soldados que, por enfermedad, edad avanzada o mutilaciones de guerra, ya no podían servir en primera línea. En Granada, desempeñaban labores de vigilancia honorífica en la Alhambra. A García ningún superior lo envió al fuego, pero era su deber el protegerla y ascendió arrastrando su cojera la cuesta que llevaba al recinto.
Por ello, avanzó como pudo entre muros derrumbados, vigas calcinadas y escombros que crujían bajo su peso. Las mechas que enlazaban las minas entre la Torre de la Carrera y la de las Infantas ardían con un siseo continuo. Serpenteaban hacia los barriles de pólvora que los zapadores franceses habían dejado preparados. El cabo sabía que, si fallaba, no quedaría rastro de él, ni del maravilloso palacio que coronaba Granada desde hacía siglos.
Cuerpo de Inválidos
José García no vaciló cuando vio una mecha a un palmo de un barril. Se lanzó de frente, cayó sobre ella y la apagó aplastándola contra la tierra. y, con su cuerpo detuvo el avance del fuego. Pero no era la única línea encendida: había más. El cabo apagó varias con sus manos, con su muleta e incluso —según la tradición oral de Granada— orinando sobre ellas. Nadie lo vio.
Aun así, el resultado fue devastador: las detonaciones destruyeron la mayor parte de las defensas, arrasaron las casas del entorno y quemaron los víveres almacenados. Diez torres quedaron destruidas, entre ellas la de los Siete Suelos, la del Agua y la del Cabo de la Carrera. También arrasaron parte del Palacio de los Abencerrajes. Con los bastiones, cubos y torres cayeron también innumerables elementos artísticos hispanomusulmanes.
Pero la cadena de explosiones falló en un punto: el corazón del recinto —sus columnas, sus arcos, sus jardines y sus fuentes— resistieron. Se dijo que había sido un milagro. Quizá fue un fallo técnico, quizá un cordón húmedo, quizá un azar providencial… o quizá fue ese soldado de nombre común y destino extraordinario: José García.
Foto de finales del XIX con huellas de la explosión
La leyenda, el rastro y la memoria del cabo José García
Se ha escrito que García sobrevivió al conflicto y murió pobre y solo, víctima de la tuberculosis o del cólera, en 1834 o 1836, sin que su nombre recibiera condecoración alguna que reconociera su supuesto acto heroico.
Es «supuesto» porque no existen registros que confirmen su existencia. Ningún archivo militar español o francés menciona su nombre: ni partes de guerra, ni crónicas coetáneas, ni documentos administrativos. Cuando los primeros viajeros románticos —Irving, Ford, Owen y tantos otros—llegaron a Granada, ninguno lo mencionó. La primera fuente fue literaria. En 1843, el escritor granadino Lafuente Alcántara habló por primera vez de José García en su Libro del viajero en Granada. Después lo harían los eruditos José Giménez-Serrano, Manuel Gómez-Moreno, Amador de los Ríos o Francisco de Paula Valladar, que dedicó décadas a seguir sin éxito el rastro del héroe. Aun así, la leyenda no dejó de crecer, consolidando su presencia en el imaginario local.
Placa en memoria del Cuerpo de Inválidos
En 1923 se aprobó colocar una placa conmemorativa en la Alhambra, costeada por el general del Cuerpo de Inválidos del recinto. En 1936, el delegado de Bellas Artes y Conservador de la Alhambra, el médico Fidel Fernández —héroe de la epidemia de gripe del 18— decidió recuperarla. Sin ceremonia ni discursos, tomó la placa, reunió a unos albañiles y la colocó en el muro de la Plaza de los Aljibes, donde permanece desde entonces.
Fidel Fernández, héroe de la gripe de 1918 que colgó la placa
Gestos anónimos que salvan hitos
Sea como fuere, la falta de «papeles» no borra la posibilidad de su existencia: la historia está llena de héroes reales que no dejaron rastro. En las guerras se destruyen documentos; y, en todo caso, esta ausencia no invalida la leyenda Así, la figura del cabo José García se convirtió en símbolo del valor individual frente a la barbarie francesa. Uno de esos héroes necesarios que la memoria colectiva crea para explicar lo milagroso, aunque en este caso no viniera de la Providencia, sino de la mano anónima de un cabo sin gloria.
No es la única leyenda andaluza en la que un gesto anónimo salvó un edificio destinado a desaparecer. Aunque hoy se oculta, argumentando que era un bulo, lo cierto es que, en la Guerra Civil, una columna de mineros de Riotinto y masas de radicales avanzaban hacia Sevilla con doscientos cincuenta kilos de dinamita y una idea fija: volar la Giralda. Se cuenta que una joven con un niño en brazos dio la alerta a la Guardia Civil a la entrada de la ciudad, y jamás pudo ser identificada. Los mineros fueron detenidos, pero no por ella, sino porque su comandante, Haro Lumbreras, se pasó al bando sublevado y les tendieron una emboscada. Pero el pueblo prefirió creer otra cosa: que había sido aquella mujer, y que no era una mujer cualquiera. Que había sido la mismísima Virgen de los Reyes quien se apareció para proteger la torre que custodia a Sevilla desde hace siglos.
Sepulcro de los Reyes Católicos
Y en el caso de García, aunque solo lo moviera cumplir con las modestas tareas de vigilancia asignadas a los miembros del glorioso Cuerpo de Inválidos lo cierto es que aquel 16 de septiembre España recuperó algo más que un monumento. Recuperó el icono por excelencia de Granada: el lugar donde terminó la Reconquista ganando la nación para la Cristiandad para siempre; donde reposan los Reyes Católicos; donde comenzó la Edad Moderna, donde se firmaron las Capitulaciones que hicieron posible el viaje de Colón; donde el emperador Carlos gestó a Felipe II, que reinaría sobre un imperio donde no se ponía el sol.
Y es que en muchas ocasiones en las leyendas de España surge alguien dispuesto a interponerse entre la destrucción y su historia. A veces es un humilde pastor, una mujer desconocida que detiene una tragedia; o en este caso, un soldado mutilado, sin rango ni medallas. Quienes quiera que fuesen pertenecen una estirpe de españoles que, a lo largo del tiempo, protegieron hitos que mantienen viva la historia de España.