El lienzo representa la batalla de Cavite, que se libró en 1898 durante la Guerra hispanoamericana y supuso una enorme derrota para España, ya que casi toda la flota española resultó aniquilada

El lienzo representa la batalla de Cavite, que se libró en 1898 durante la Guerra hispanoamericana y supuso una enorme derrota para España, ya que casi toda la flota española resultó aniquilada

Así justificó Filipinas su independencia del «ominoso yugo de la dominación española» en 1898

Filipinas justificó su independencia de España en 1898 olvidando tres siglos de historia compartida

«Este Gobierno se hallará en posesión de casi toda esta provincia, en la que, siendo marítima, puede ya proclamar ante el pueblo filipino y las naciones civilizadas su única aspiración, cual es la independencia de este territorio».

Este fragmento encabeza los documentos de la proclamación de independencia del pueblo filipino, promulgados el 12 de junio de 1898. Aquel archipiélago que Magallanes llamó de San Lázaro en 1521, después fue conocido como Islas del Poniente y acabó llamándose Filipinas en honor al joven príncipe Felipe, que poco después sería el monarca de un imperio donde no se ponía el sol, dejó de ser parte de España después de tres siglos de historia común.

La pérdida de Filipinas para España no era un elemento aislado. Formaba parte de la guerra hispano-estadounidense, en la que aquella nación fundada por trece colonias atacó a la Monarquía española, que les había ayudado en su independencia, para expandir sus territorios en el Caribe y el Pacífico.

En este contexto, son más que conocidas la batalla de Cavite o la resistencia de los «últimos de Filipinas» un año después de la guerra. Sería bueno recordar también el texto del acta que justifica la independencia, en el que se reflejan las ideas de José Rizal, la primera lucha armada de Andrés Bonifacio y la revolución que lideró el general Emilio Aguinaldo.

«Se señala el día 12 del actual para la proclamación de la aspiración de este Gobierno, que es la misma de nuestro querido país, en dicho pueblo de Cavite Viejo», rezaba la convocatoria previa al acto donde Ambrosio Rianzares Bautista, conocido como Don Bosyong, leyó el documento principal.

El documento, en vez de ensalzar las virtudes que debería tener el ciudadano de esa nueva nación, arremete contra las instituciones españolas, a las que define como tiranas: «cansados ya sus habitantes de sobrellevar el ominoso yugo de la dominación española por las aprehensiones arbitrarias y malos tratos que hacía la Guardia Civil hasta causar la muerte [...] cuyos abusos se dejaban impunes».

Por supuesto, es una exageración que nace de las duras medidas de excepción y el estado de guerra que promulgó España a partir de 1896, tras conocerse la actividad de la sociedad secreta Katipunan, un grupo que utilizaba la lucha armada en favor del derecho de autodeterminación y que nació a principios de la década.

Bajo el mandato del general Polavieja, principalmente, la idea de un levantamiento armado de la población desató una represión considerable, con deportaciones y fusilamientos que, en muchas ocasiones, no siguieron los cauces legales al estar amparados en el estado de excepción, pero el acta lo presenta de una forma exagerada, un tanto engañosa, como si hubiera sido la norma habitual en los tres siglos de historia compartida.

«Frailocracia» en Filipinas

Frente a los modelos coloniales de exterminio de otras potencias, la Corona española integró a la población nativa como súbditos de pleno derecho, por lo menos hasta 1837, cuando Filipinas y Cuba perdieron sus representantes en las Cortes y empezaron a regirse por «leyes especiales». Este modelo administrativo del siglo XIX es el que propició el levantamiento y la independencia de estos territorios.

Fue un acta de exaltación de la Leyenda Negra española, a pesar de los errores propios que cometió el gobierno de la Restauración en aquellos territorios. El acta también ataca a la Iglesia, acusándola de inacción y de «frailocracia» como estrategia para ensalzar a sus futuros héroes nacionales:

«…y de los fusilamientos injustos de dicho Rizal y otros que fueron sacrificados para contentar á la frailocracia insaciable en su sed hidrópica de venganza y de exterminio de todos los que se oponen á sus maquiavélicos fines con conculcación del código penal que dió para estas Islas y de los de personas meramente sospechosas ordenados por los Jefes de Destacamentos á instigación de los frailes sin forma ni figura de juicio y sin auxilio espiritual de nuestra sagrada Religión».

Es un texto encendido, que trata de agitar a las masas y justificar el levantamiento armado como un ataque de España al pueblo filipino. No es extraño encontrar este lenguaje en declaraciones de independencia, porque se trata de crear un enemigo común —España en este caso— para unir a un pueblo que, en la mayoría de los casos, es ajeno e incluso se opone a cualquier tipo de revolución que lo lleve a la ruina, el hambre o la muerte.

Desde aquel día, Filipinas celebra su Día Nacional cada 12 de junio para conmemorar que se separó de España. Puede ser difícil entender que gran parte de las naciones del mundo hayan sustentado los festejos de su autodeterminación en que, en un momento determinado, dejaron de ser parte de otras naciones, en vez de ensalzar y celebrar todo aquello que las ha configurado como pueblos con valores, tradiciones y carácter propios. De hecho, en Filipinas todavía perdura parte de la herencia española, pero eso ya es otra historia.

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