La gesta de religiosos, soldados e indígenas contra los moros de Filipinas
Grandes gestas españolas
La gesta de religiosos, soldados e indígenas contra los moros de Filipinas
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La historia militar española está jalonada de episodios de dureza extrema. Algunos son más conocidos que otros, pero pocos fueron tan largos, y tan injustamente olvidados, como la guerra de la Monarquía Hispánica contra los moros de Filipinas.
En 1521, Magallanes en la famosa expedición de la circunnavegación, y avalado por el tratado de Tordesillas, había tomado posesión de las islas para España. En 1565, Legazpi fundaba el primer asentamiento: la actual Cebú y pocos años después se establecía la capital en Manila y se bautizaba el archipiélago como «Felipinas» en honor del Infante de España, el futuro Felipe II, que luego acabaría siendo Filipinas.
La distancia, el clima y las menores oportunidades de prosperar que México o Perú hicieron que fuese vista por muchos como una tierra de destierro. Aunque el número de españoles residentes fue siempre exiguo, más de diez mil religiosos se asentaron en el archipiélago y en Manila se manifestó con brillantez la vocación civilizadora de España. La Universidad de Santo Tomás, la más antigua de Asia, actuó como núcleo intelectual de alto nivel formando élites criollas y filipinas. La bulliciosa y multicultural capital también fue la base del mítico Galeón de Manila, un hito comercial entre continentes, pioneros de la globalización.
Mural de Carlos Botong
El territorio era el enclave más alejado de Madrid, y sus comunicaciones con la Corona eran lentísimas: las respuestas a cualquier consulta enviada desde Manila tardaba años en llegar. Pero muy pocos sabían en la corte, y aún hoy, que en esos confines orientales del Imperio se libraba una lucha en la que no hubo grandes batallas campales, pero que durante más de tres siglos implicó al Ejército, la Armada, órdenes religiosas y a las poblaciones autóctonas. Fue una gran epopeya ultramarina marcada por la ferocidad del enemigo, la obstinación de los defensores y el sacrificio de generaciones de soldados, religiosos e indígenas cristianos.
«Moros» en Oriente: una vieja palabra a un nuevo escenario
Los filipinos más o menos islamizados se ubicaban principalmente en las islas de Mindanao y Joló. Como aún estaba fresca en la memoria la conquista de Granada, se les llamó «moros» por su afinidad religiosa con los andalusíes, aunque como señaló un marino español, «los españoles tienen cincuenta veces más sangre árabe que los moros filipinos». Estos mahometanos se organizaban en sociedades jerárquicas donde el sultán y la nobleza controlaban recursos, hombres y rutas comerciales. Junto al saqueo de naves y poblaciones costeras su principal actividad pirática era la captura de seres humanos. Hombres, mujeres y niños eran arrancados de sus hogares para ser vendidos, explotados o utilizados como moneda de cambio en un circuito esclavista que conectaba enclaves del sudeste asiático y que sumió a generaciones enteras de indígenas cristianos en un miedo permanente.
Mapa de Filipinas / Freeworldmaps.net
Razzias a fuego y sangre
El violento modus operandi de los moros del sur de Filipinas en las llamadas razzias seguía una pauta. Se movían en embarcaciones muy ligeras con las que recorrían grandes distancias con rapidez y atacaban asentamientos costeros de forma sorpresiva. Tras el desembarco, acometían la quema de las viviendas, destruían cosechas y árboles frutales — que eran la base de su subsistencia—, profanaban y esquilmaban las iglesias y procedían a la captura del botín humano. O lo que es lo mismo, la devastación material, espiritual y humana de las comunidades. Julio Albi, fuente de este trabajo, considera que eran demoledores en el uso de armas blancas, tanto de puño como arrojadizas: espadas kampeli, lanzas y el kris, una daga serpenteada que se convirtió en el símbolo de su ferocidad. Luchaban «casi hasta el aniquilamiento». Entre sus filas se contaban los juramentados, guerreros que, tras realizar un ritual, se lanzaban al combate con la determinación de morir matando, precursores —según Albi— de los terroristas suicidas modernos.
'Moros', el libro de Julio Albi de la Cuesta
El heroísmo de los religiosos en Filipinas
El papel de los religiosos en la guerra contra estos piratas moros constituye uno de los capítulos más singulares de la historia militar hispana. Su heroísmo no se manifestó únicamente en la dimensión espiritual, sino en una praxis cotidiana como agentes de cohesión del orden hispano en territorios donde la presencia militar era insuficiente. Esto incluía la evangelización, mediación política, organización comunitaria y defensa física de las poblaciones bajo su cuidado. Su resistencia ante las razzias, su capacidad para mantener la moral de las comunidades cristianas y su disposición a compartir el destino de sus feligreses —incluyendo cautiverio, martirio o muerte— revelan un tipo de heroísmo que se inscribe en la tradición histórica de la Iglesia en los espacios de frontera. Su contribución fue crucial para la persistencia de la presencia española en Filipinas.
Frailes de Filipinas
El Ejército español en Filipinas: una estructura mínima para una guerra máxima
El Ejército español en estas islas durante las tres centurias de conflicto estuvo marcada por una constante: la escasez. Escasez de efectivos, de recursos, de guarniciones y de capacidad operativa en un territorio inmenso y tan fragmentado. Pequeños destacamentos dispersos eran incapaces por sí solos de sostener una defensa regular frente a un experto enemigo móvil y dueño del terreno. Por ello, delincuentes y vagabundos eran enviados desde América, utilizados como tropa de choque. Pero, sobre todo, la columna vertebral de la defensa terrestre fueron los pampangos, tropas locales formadas por indígenas cristianos que se distinguieron por su valor y su fidelidad.
Una guerra naval… sin Marina Real hasta el siglo XIX
La paradoja estratégica del conflicto filipino sorprende. En un archipiélago de casi siete mil islas y una guerra esencialmente naval, la Marina Real no llegó allí de forma efectiva hasta el siglo XIX. Esto, sumado a las exiguas tropas terrestres, configuró una situación insólita en las posesiones europeas de ultramar. España sostenía un conflicto de enorme duración sin los instrumentos militares que, en teoría, eran los indispensables para librarlo.
El Sitio de Baler. La heroica gesta de los últimos de Filipinas
Que Filipinas pudiera mantenerse bajo soberanía española en tales condiciones para Albi deja de manifiesto la aceptación del orden hispano por parte de la mayoría indígena. Sin su colaboración, sin las comunidades que sostuvieron a los misioneros y a las guarniciones, la presencia española habría sido insostenible.
El martirio de Pantaleón Arzillas: crueldad llevada al extremo
Entre los episodios que ejemplifican la brutalidad de esta guerra destaca el suplicio del teniente de Marina Pantaleón Arzillas, capturado en Mindanao en 1796. Tras ser apresado, estuvo días en un cepo sobre un hormiguero poblado de insectos voraces que devoraban lentamente su carne. Después fue desollado desde la frente al cerebro, dejándole el casco limpio y exponiendo el cráneo. Finalmente lo mataron a golpes de kris tras dos horas de horribles torturas. Como culminación macabra, su pellejo fue colgado a modo de bandera. Y es que la guerra alcanzaba niveles de crueldad extrema y los españoles se enfrentaban a un universo cultural donde la exhibición del sufrimiento del adversario poseía un valor simbólico que convertía cada martirio en un mensaje.
Fortalezas al abordaje: Pagalungán, 1861
La guerra produjo episodios que parecen sacados de una novela de aventuras como la captura en 1861 de la fortaleza mora de Pagalungán. Se realizó mediante abordaje como si fuese un navío enemigo e intervinieron el capitán de fragata Méndez Núñez o el teniente de navío José de Malcampo. Se aproximaron, se lanzaron al asalto y tomaron la posición en un combate cuerpo a cuerpo. Durante el enfrentamiento, Malcampo recibió un tiro que le atravesó el pecho y, en una mezcla de sangre fría y humor negro, encendió un puro para comprobar si salía humo por la herida.
Entre otros personajes singulares destaca Alimudín, sultán de Joló en 1735 que buscó la paz, y se bautizó como Fernando I, aunque su historia no tuvo un final feliz y fue acusado de conversión ficticia. O Cuarteroni, el Sandokan gaditano, en ese circuito esclavista oriental en el que se ganó entrar en el santoral. Por no hablar en fechas postreras de los Héroes de Baler, los llamados Últimos de Filipinas y su heroísmo en uno de los asedios más largos de la historia mundial estudiados con brillantez por López de la Asunción.
El desenlace frustrado y la irrupción de Estados Unidos
En el siglo XIX, la llegada del barco de vapor y la artillería moderna parecía ser la solución perfecta para actuar con mayor eficacia sobre las costas y las fortalezas moras. Sin embargo, aparecieron nuevos enemigos: Estados Unidos y la masonería antiespañola que alentaron el movimiento independentista filipino y España acabaría abandonando el archipiélago.
Y Filipinas tras la proclamación de independencia en 1898, fue arrollada por la maquinaria imperial estadounidense. Bajo el pretexto de la «pacificación», se impuso un régimen de violencia sistemática en una de las guerras coloniales más crueles de su tiempo. Una guerra de exterminio que abrió paso a una campaña de castigos colectivos, incendios de aldeas, deportaciones masivas y tácticas de tierra quemada, reconcentraciones forzosas que provocaron epidemias y, hambrunas, y represalias militares que devastaron el archipiélago. La magnitud de las masacres —que segaron cientos de miles de vidas—hacen replantearse qué hubiera sucedido si no se hubieran alejado de la monarquía española. Años después, la joya barroca asiática, Manila, de la que se decía era la ciudad más hermosa, soberbia y magnífica de Oriente, era arrasada.
La Naval de Manila. Ferrer- Dalmau Colección particular. Dep. M. Naval Ferrol
Un tejido histórico poliédrico
La guerra que España sostuvo durante tres siglos contra los piratas moros de Filipinas fue una contienda remota, pero también fascinante y profundamente conmovedora. En su tejido histórico se entrecruzan el fanatismo de un enemigo islámico, la precariedad de un Ejército y una Armada que operaban en condiciones extremas, el papel decisivo de religiosos y tropas indígenas que en los confines del Imperio sostuvieron la defensa del orden hispano. Junto a ello, la tragedia de miles de hombres, mujeres y niños capturados, esclavizados o asesinados por los moros. Y la paradoja de una victoria que nunca llegó a consumarse por la geopolítica internacional que llevaría a Filipinas a vivir el periodo más sangriento de su historia, aunque esta vez en las manos civilizadas de Estados Unidos.
La batalla de Manila vista por James Gale Tyler
Por todo ello es justo rescatar este episodio del olvido. Fue una epopeya silenciosa, librada en los márgenes del mundo, donde España sostuvo durante siglos una resistencia desconocida. Allí, frailes, marinos, soldados, pampangos, criollos, peninsulares, y aventureros defendieron a unas comunidades que, sin su presencia, habrían sido devastadas por las razzias constantes.
Los religiosos, que jamás abandonaron a su pueblo, murieron protegiendo a sus feligreses: fueron asesinados en sus iglesias, en las aldeas o en los senderos de la selva, convertidos en escudos humanos de los más vulnerables. Y junto a ellos, soldados y marinos en precario y los indígenas cristianos, que sostuvieron el orden hispánico —que también era el suyo—.
Familia mestiza hispanofilipina
Todos resistieron movidos por un deber que entendían como fidelidad a la Corona, por un sentido del honor que hoy resulta casi incomprensible.
La impronta de su lucha no se extinguió. Aunque Estados Unidos borró buena parte del legado hispánico, la huella espiritual sobrevivió. Filipinas, es una de las dos naciones mayoritariamente católicas de Asia y el tercer país del mundo con más fieles tras Brasil y México. En la fe de millones, en la memoria cultural y en la identidad del archipiélago, late todavía el eco de una de las gestas más nobles y profundamente humanas de la aventura ultramarina de España.