Real Universidad de San Felipe, Chile
La Monarquía Hispánica creó cátedras de lenguas indígenas en varias de sus universidades de América
Entre las once cátedras de la Real Universidad de San Felipe en Chile, fundada el 28 de julio de 1738, había una dedicada al idioma mapuche
El 28 de julio de 1738, Felipe V aprobó mediante real cédula la fundación de la Real Universidad de San Felipe, en Chile. Entre sus once cátedras había una dedicada al idioma mapuche.
Lejos de tratarse de una rareza, aquella enseñanza respondía a una política impulsada por la Monarquía Hispánica para formar a religiosos y funcionarios en las lenguas indígenas. Una decisión que, con el paso del tiempo, contribuyó también a la preservación de esos idiomas y hoy cuestiona algunos de los tópicos de la Leyenda Negra.
«España generó un mundo, no una conquista», ha afirmado en numerosas ocasiones el académico mexicano Juan Miguel Zunzunegui para combatir la narrativa negrolegendaria que refleja los múltiples recelos históricos que aún existen hacia España.
Frente a la visión de una España opresora, Zunzunegui muestra a través de sus cursos, conferencias, libros y vídeos en redes sociales una España que, con su llegada, lleva a América un humanismo renacentista que «se hunde en la tierra americana», donde germinan «diferentes versiones de España» al mezclarse con «una cultura indígena originaria diferente».
España, sostiene el historiador, no solo levantó ciudades, templos o instituciones, sino que se replica en el continente. Basta con observar el legado urbano, religioso y universitario que aún perdura.
La expansión de las universidades constituye uno de los mejores ejemplos de ese legado. La primera universidad fundada en el continente americano fue la Universidad de Santo Tomás de Aquino, creada en 1538 en Santo Domingo por los dominicos.
A ella le seguirían cerca de una treintena de universidades repartidas por todo el Nuevo Mundo, que convirtieron a la Monarquía Hispánica en la principal impulsora de la educación en América.
Una de ellas fue la Real Universidad de San Felipe, en Chile. Contaba con las mismas facultades que las de Lima y México: Teología, Filosofía, Derecho, Medicina y Matemáticas, tal y como recoge la Biblioteca Nacional de Chile. Así como con once cátedras: además de Teología, Cánones y Leyes y Medicina, que eran permanentes, había ocho temporales: Matemáticas, Instituta, Decreto y Maestro de Sentencias y dos de Artes. Sin embargo, entre todas ellas destacaba una especialmente singular: la cátedra de Lengua, dedicada específicamente al idioma mapuche.
Escudo de la Real Universidad de San Felipe
Lejos de ser una excepción, esta respondía a una política impulsada por la propia Corona décadas antes. Ya en el siglo XVI, Felipe II había ordenado mediante una real cédula la creación de cátedras de lenguas indígenas en las universidades de Lima y México, una iniciativa que con el tiempo se extendería a otras reales universidades americanas.
Su objetivo era formar a religiosos y funcionarios en las lenguas de los pueblos originarios, superar la fragmentación lingüística del continente y facilitar la evangelización y la administración de los nuevos territorios.
La creación de estas cátedras no surgió de la nada. Desde los primeros años de la presencia española en América, los misioneros comprendieron que conocer las lenguas indígenas era imprescindible para evangelizar y, sobre todo, para entender la cultura de los pueblos originarios.
Uno de los mejores ejemplos fue Bernardino de Sahagún, quien llegó a Nueva España en 1529. Tras unos meses en contacto con el náhuatl tuvo «claro que no bastaba con aprender cómo se decían ciertas cosas: debía comprender cómo pensaban en su propia lengua», explicó Zunzunegui durante la presentación de su ensayo histórico Bernardino de Sahagún: Guardián de la memoria náhuatl.
Para el académico mexicano, todo lo que hoy sabemos sobre los mexicas y otros pueblos indígenas se lo debemos, en buena medida, a este fraile franciscano. «Gracias a Bernardino, los pueblos nahuas tienen memoria; se dedicó a salvaguardarla durante años», sostiene.
La labor de los misioneros españoles y la preocupación de la Corona por estudiar, documentar y enseñar las lenguas indígenas mediante la creación de cátedras específicas constituyen, para numerosos historiadores, una de las evidencias que cuestionan algunos de los tópicos de la Leyenda Negra.
Bernardino de Sahagún
Como consecuencia de esa política, muchas de esas lenguas pudieron conservarse y transmitirse hasta nuestros días. «Gracias a la política preservadora, no arrasadora como lo fueron en otros territorios, hoy conocemos las lenguas amerindias. Las leyendas tienen que caer. Si no hubiera sido por esta política hoy no conoceríamos nada de ellas», consideraron Francisco Javier Pérez, secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), y Esther Hernández, investigadora científica del CSIC, durante un coloquio sobre Antonio de Nebrija y la preservación de las lenguas amerindias.
Los datos demográficos parecen respaldar esa tesis. Al llegar las independencias americanas, entre el 60 y el 65 % de la población seguía hablando lenguas indígenas, según indicó Zunzunegui durante la presentación de su ensayo histórico. «¿Eso es destruir una lengua? No me hagan reír. España mandó a sus gigantes intelectuales a América, los mejores que tenía. Con ellos se construyó la civilización. Que nunca les digan lo contrario», sentenció.