Las fuerzas imperiales japonesas heridas se rinden a los soldados estadounidenses y filipinos
Cómo la batalla de Manila dejó 238 españoles muertos y aceleró el fin del legado hispánico en Filipinas
Mientras las tropas japonesas masacraban a la población civil, entre ella 238 españoles, la artillería estadounidense arrasó buena parte de Manila y de su legado hispánico
En los compases finales de la Segunda Guerra Mundial, en Manila, capital de Filipinas, acontecería una de las masacres más cruentas y menos conocidas que dejó el marco del periodo bélico del siglo XX: la batalla de Manila de 1945, considerada como el tercer conflicto más sangriento de la contienda, en la que se enfrentaron norteamericanos y japoneses por la liberación de la capital filipina.
Los soldados nipones, ahogados por la vergüenza de una derrota inminente, arremetieron contra la población civil filipina, española e hispanofilipina. Asesinaron sistemáticamente a 100.000 civiles, de los cuales 238 eran ciudadanos españoles.
Tropas estadounidenses entrando en la Ciudad Amurallada de Manila
A esta masacre se le sumaron los bombardeos que asolaron los barrios residenciales de Malate, Ermita e Intramuros (las únicas zonas de la ciudad donde el español era la lengua habitual en la calle), destruyendo el legado arquitectónico y cultural de aquellos tres siglos de presencia española en el archipiélago filipino.
Tres años de ocupación
Japón invadió Filipinas a finales de 1941, poco después del ataque a Pearl Harbor. Tras la caída de Bataan y Corregidor en 1942, el Imperio japonés estableció un régimen de ocupación que pretendía presentarse como una liberación de los pueblos asiáticos frente al dominio occidental. En 1943 creó la denominada Segunda República Filipina, presidida por José P. Laurel, aunque el poder efectivo continuó en manos japonesas.
Los tres años de ocupación estuvieron marcados por la represión, las detenciones, las torturas, el internamiento de miles de civiles extranjeros, las requisas y una profunda crisis económica. Pero la resistencia nunca desapareció: numerosas guerrillas filipinas, en la que tuvieron gran protagonismo los grupos españoles, combatieron a los japoneses en distintas partes del archipiélago y facilitaron posteriormente el regreso de las tropas estadounidenses.
En octubre de 1944, las fuerzas del general MacArthur desembarcaron en Leyte. La reconquista avanzó con rapidez y la derrota japonesa parecía próxima. Sin embargo, el camino hacia Manila iba a ser largo y sangriento.
El general MacArthur y su personal, junto al presidente filipino Sergio Osmeña, bajan a tierra en la playa de Palo, Leyte, 20 de octubre de 1944
La capital albergaba entonces alrededor de 600.000 habitantes y miles de civiles extranjeros internados. El 3 de febrero de 1945, las tropas estadounidenses alcanzaron la ciudad y liberaron a los internados en la Universidad de Santo Tomás, la más antigua del continente asiático.
El éxito de la operación hizo pensar que la liberación de Manila sería rápida; no obstante, en la ciudad permanecían miles de soldados japoneses bajo el mando del contraalmirante Iwabuchi Sanji, que decidió resistir pese a las órdenes del general Tomoyuki Yamashita de retirarse hacia las montañas.
«Matanzas al por mayor»
La decisión de Iwabuchi fue catastrófica: los japoneses quedaron atrapados y convirtieron edificios públicos, iglesias, colegios y viviendas en posiciones defensivas. Al mismo tiempo, comenzaron las matanzas sistemáticas de civiles.
Miles de filipinos fueron asesinados en ejecuciones, incendios, fusilamientos y ataques con granadas. Pero la violencia también se ensañó con la comunidad extranjera. Uno de los escenarios más dramáticos fue el asalto al Consulado de España, donde numerosos civiles habían acudido confiando en que la neutralidad española pudiera ofrecerles protección.
Ciudadanos de Manila huyen de los suburbios quemados por soldados japoneses para ponerse a salvo, 10 de febrero de 1945
Decenas de personas fueron asesinadas, entre ellas ciudadanos españoles. El sacerdote español Juan Labrador, director del colegio San Juan de Letrán, resume en su diario el horror de aquellos días: «Se temían actos de barbarie, pero no matanzas al por mayor».
Según el historiador Florentino Rodao, 238 españoles murieron durante el último año de la guerra, además de numerosos heridos. En algunas de las matanzas de Manila, los españoles y filipinos de ascendencia española constituyeron una parte significativa de las víctimas.
El fuego estadounidense
Pero la devastación de Manila no fue únicamente consecuencia de las atrocidades japonesas. La ciudad también se convirtió en un gigantesco campo de batalla y las fuerzas estadounidenses recurrieron progresivamente a una enorme potencia de fuego para desalojar a los japoneses, destruyendo en el acto el legado español de la ciudad.
El fuego estadounidense destruyó barrios enteros, causando a su vez víctimas civiles. Según algunas fuentes, alrededor de 100.000 civiles murieron durante la batalla. Intramuros, la antigua ciudad amurallada y corazón de la Manila española, fue arrasada. Los japoneses habían convertido sus edificios en posiciones defensivas y las fuerzas estadounidenses decidieron someterlos a un intenso fuego artillero.
Vista aérea de Manila en 1945
El 23 de febrero, alrededor de 140 piezas de artillería participaron en la preparación del asalto. Según los partes militares estadounidenses, se dispararon unos 7.169 proyectiles, equivalentes a aproximadamente 185 toneladas de munición, sobre las posiciones japonesas.
Con todo ello, la destrucción del patrimonio español fue catastrófica. Iglesias, conventos y edificios civiles desaparecieron bajo las bombas y proyectiles. La batalla tuvo una consecuencia que trascendió la propia guerra: aceleró decisivamente la desaparición de la presencia hispánica en Filipinas.
Según el historiador, la herencia española había sobrevivido a más de cuatro décadas de dominio estadounidense. El español continuaba utilizándose en determinados sectores... Para Rodao, esta pervivencia no dependía únicamente de España, sino también de muchos filipinos que habían convertido la herencia española en una parte de su propia identidad nacional.
No obstante, la guerra quebró definitivamente aquel equilibrio. Por ello, el historiador considera que 1945 puede entenderse como un punto de inflexión más decisivo que 1898 para comprender el final de las Filipinas hispánicas.