Miguel López de Legazpi, el conquistador de Filipinas
Filipinas fue España durante 377 años: así se forjó una de las relaciones más largas de la historia
Comenzó en 1521, cuando Fernando de Magallanes, al servicio de la Corona española, llegó por primera vez al archipiélago, convirtiéndose en el primer europeo en pisar sus tierras. Terminó en 1898, con la desvinculación definitiva de las islas del Imperio español
La historia compartida entre España y Filipinas, con altibajos y momentos de mayor o menor intensidad, se prolongó durante 377 años: casi cuatro siglos de vinculación. Comenzó en 1521, cuando Fernando de Magallanes, al servicio de la Corona española, llegó por primera vez al archipiélago, convirtiéndose en el primer europeo en pisar sus tierras. Terminó en 1898, con la desvinculación definitiva de las islas del Imperio español.
Entre ambos hitos se sucedieron momentos clave, como la efímera expedición de López de Villalobos en 1544 —quien bautizó las islas en honor a Felipe II— y la conquista definitiva liderada por Miguel López de Legazpi en 1565. A esa misma campaña se unió el agustino Andrés de Urdaneta, quien completó el anhelado tornaviaje entre Asia y América. Gracias a su travesía, se consolidó la ruta del Galeón de Manila y se articuló la llamada «Primera Globalización», que conectó tres continentes durante siglos.
Lo que se había cerrado con la conquista otomana de Constantinopla en 1453, renació más de un siglo después en Manila, abriendo de nuevo una vía de comercio y cultura entre Oriente y Occidente.
Nación antes de serlo
Hoy, buena parte del nacionalismo filipino interpreta este largo periodo como una manifestación temprana del colonialismo europeo, heredero de la Conferencia de Berlín de 1885. Sin embargo, resulta innegable que fue precisamente la llegada española la que favoreció la construcción de una identidad nacional en un archipiélago profundamente fragmentado, con cientos de lenguas, religiones y etnias.
Aún conserva el nombre dado por Villalobos: Filipinas, en honor a Felipe II, monarca también en tiempos de la definitiva incorporación del archipiélago por Legazpi, en un proceso que, según las fuentes, fue pacífico y acogido sin oposición reseñable. Incluso se celebró un referéndum en 1599 —el primero del que se tiene constancia en la Historia— en el que la mayoría de los filipinos votó a favor de permanecer bajo la monarquía hispánica.
Fue así como comenzó la verdadera «conquista española»: la cultural y espiritual, protagonizada por los misioneros a través de la evangelización y la educación, sin la cual no se habría producido una vinculación tan profunda como la que unió al archipiélago con la Corona española durante casi cuatro siglos.
El español fue la lengua franca de Filipinas durante la etapa hispánica. Así lo reconocieron tanto la primera Constitución filipina de 1899 como la de 1935, ya bajo la tutela estadounidense, al establecerlo como lengua oficial del país.
Durante este periodo se publicaron numerosas gramáticas de las lenguas locales, redactadas por clérigos como Francisco Blancas de San José, Pedro de San Buenaventura o Joaquín Gil y Montes. También se fundaron instituciones educativas como el Colegio de San Ildefonso (1595) o la Universidad de Santo Tomás (1611), aún en funcionamiento y considerada la más antigua de Asia. Esta última fue fundada 25 años antes de que naciera Harvard, inicialmente un pequeño seminario en las colonias británicas.
La intervención estadounidense
Cuando en 1898 algunos sectores filipinos comenzaron a reclamar su independencia, los Estados Unidos aprovecharon el conflicto para arrebatar las islas a España. No lucharon por liberar Filipinas, sino por incorporarla a su propio dominio. Lo consiguieron en 1899, tras el inicio de una guerra que dejó más de un millón de muertos entre la población local.
El medio siglo de presencia estadounidense, que culminó con el brutal bombardeo de Manila en 1945 ordenado por el general MacArthur —uno de los más devastadores de la Segunda Guerra Mundial—, acabó con buena parte del legado arquitectónico y cultural hispano, así como con la lengua española, que dejó de ser oficial.
No logró, sin embargo, erradicar la otra gran herencia hispánica: la religión católica. Hoy, más del 90 % de los filipinos siguen profesando esta fe. Las misas multitudinarias celebradas en Manila por san Juan Pablo II (1995) y por el Papa Francisco (2015) reunieron a más de 14 millones de personas, la mayor concentración humana de la historia contemporánea.
Una historia que pudo haber sido distinta
Una mirada retrospectiva permite imaginar escenarios alternativos. Tal vez, en lugar de sostener por la fuerza todos sus territorios ultramarinos, España habría debido concentrar su esfuerzo militar en las islas caribeñas —Cuba y Puerto Rico— y, en cambio, ofrecer un generoso plan de autogobierno a las lejanas posesiones del Pacífico: Carolinas, Guam y Filipinas.
Pero, incluso en ese caso, es probable que los Estados Unidos hubieran actuado del mismo modo. La codicia geoestratégica no se habría detenido ante un hipotético gobierno autónomo filipino si aún estaba bajo soberanía española, aunque fuera ya simbólica.
¿Cómo hemos podido olvidarlo?
Filipinas fue España durante más de tres siglos y medio: más del doble del tiempo que Italia lleva siendo Italia, más del doble del que Alemania lleva unificada, casi el doble del que Estados Unidos existe como país, y cuatro veces más del que Filipinas lleva siendo independiente. Y sin embargo, ese vínculo apenas se recuerda.