Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

De Benetúser y el planeta

Coches amontonados y el interior de otro lleno de barro como un resto arqueológico contemporáneo después de la dana en Valencia el 29 de octubre de 2024

Coches amontonados en Benetusser tras la riada

Coches amontonados en Benetúser tras la riadaFernando Quintela

Cuando las preguntas se repiten demasiado empiezan a ser preocupantes, y hay una que aparece como un resorte después de una inundación, regresa con un terremoto, se instala durante un incendio y vuelve cuando vemos cómo un glaciar se desprende de una montaña: ¿qué está pasando con el planeta?

La pregunta puede contener también un engaño, porque presupone que antes no ocurrían estas cosas, como si la Tierra hubiese sido hasta nuestra llegada un lugar tranquilo y nosotros hubiésemos alterado de repente su mecanismo. No fue así. Este planeta siempre ha sido violento. Mucho antes de que existiera el primer ser humano ya chocaban las placas tectónicas, se levantaban cordilleras, explotaban volcanes, desaparecían especies, cambiaban los océanos y alternaban periodos glaciales con otros extraordinariamente cálidos. La Tierra nunca necesitó nuestra ayuda para construir o destruir.

Pero ahora estamos nosotros aquí, y ésa es la diferencia.

Hice estas fotografías en Benetúser después de la DANA que arrasó parte de Valencia el 29 de octubre de 2024. La principal muestra decenas de coches amontonados, formando una montaña absurda bajo un cielo todavía oscuro. La otra penetra en uno de esos vehículos. El barro ha cubierto el volante, el salpicadero, la palanca y los asientos hasta convertir el automóvil en una especie de resto arqueológico contemporáneo. Sabemos qué es cada cosa, pero nada sirve para aquello para lo que fue construido.

Interior de un coche cubierto de barro de la dana en Valencia en 2024

Interior de un coche cubierto de barro tras la dana en Valencia en 2024Fernando Quintela

Eso es quizá lo que más impresiona de una catástrofe: descubrir la fragilidad de los objetos con los que habíamos construido nuestra sensación de seguridad.

Una casa parece indestructible hasta que llega el agua. Un automóvil parece sólido hasta que una riada lo levanta como una caja de cartón. Una carretera existe hasta que desaparece. Y una vida cuidadosamente organizada durante cuarenta años puede convertirse en barro durante una tarde. Las catástrofes no actúan con emociones ni memoria. Si hoy te golpeo, mañana puede hacerlo también.

Aquel 29 de octubre el episodio dejó más de doscientas víctimas mortales y una destrucción que las estadísticas pueden cuantificar pero no explicar. Porque detrás de cada automóvil de esta fotografía había una pequeña historia doméstica: alguien llevaba allí a sus hijos al colegio, alguien acudía al trabajo, alguien había terminado de pagarlo hacía dos meses y probablemente otro todavía debía cuatro años al banco.

La naturaleza no distingue entre esas circunstancias. Y mientras todavía intentamos comprender aquello, miramos alrededor y parece que el mundo entero se mueve.

Este mismo verano Venezuela sufrió un devastador episodio sísmico y el pasado 10 de agosto Colombia fue golpeada por un terremoto de magnitud 7,4, el más fuerte registrado en el país en lo que llevamos de siglo, seguido posteriormente por numerosas réplicas.

Entonces vuelve la pregunta: ¿qué está ocurriendo?

La respuesta científica es menos espectacular que la pregunta y, precisamente por eso, resulta más interesante.

No todo lo que está sucediendo tiene la misma causa. Los terremotos de Venezuela y Colombia pertenecen a la dinámica geológica de un territorio complejo. Aunque varios grandes terremotos hayan ocurrido con pocas semanas de diferencia, los especialistas advierten de algo fundamental: proximidad temporal no significa relación causal. Que tres terremotos importantes sucedan en seis semanas produce la sensación de que algo extraordinario está ocurriendo bajo nuestros pies, pero geológicamente pueden ser acontecimientos independientes.

El cambio climático no explica esos terremotos. Pero con el agua, el calor, las sequías, los incendios y determinados fenómenos atmosféricos la conversación puede ser diferente considerando cada uno de los matices, cuestiones ideológicas aparte.

Una tormenta pertenece a la naturaleza. Una atmósfera más caliente puede contener más vapor de agua y proporcionar condiciones para precipitaciones más intensas. Los incendios existían antes que nosotros; determinadas condiciones de calor y sequedad pueden hacerlos más probables o destructivos.

No hemos inventado la naturaleza, pero estamos modificando el escenario sobre el que actúa.

Nuestra percepción tiene además otro componente. Nunca habíamos contemplado el planeta simultáneamente. Un terremoto ocurrido hace dos siglos en una región remota podía tardar semanas en conocerse en Europa; hoy lo vemos mientras todavía tiembla el suelo. Tenemos satélites, teléfonos móviles, cámaras, redes sociales y periodistas transmitiendo desde todos los continentes. El planeta no sólo parece más convulso: también lo estamos mirando todo al mismo tiempo.

Y esa acumulación produce vértigo.

En Cándido, Voltaire utilizó el terremoto de Lisboa de 1755 para enfrentarse precisamente a la necesidad humana de encontrar una explicación tranquilizadora al desastre. Lisboa había quedado destruida en cuestión de minutos y aquella catástrofe obligó a la Europa ilustrada a preguntarse cómo podía encajar semejante horror dentro de un mundo ordenado. Más de dos siglos y medio después continuamos haciendo la misma pregunta: ¿por qué ocurre esto? ¿lo estamos provocando nosotros?

No tengo una bola de cristal, pero como buen gallego, diría que la respuesta más rigurosa puede resultar incómoda porque no permite un titular absoluto: unas cosas sí las estamos agravando y otras no tienen nada que ver con nosotros.

No movemos las placas tectónicas de Colombia. No provocamos la colisión continental que levantó el Himalaya. Pero el calor está alterando sistemas atmosféricos, oceánicos e hidrológicos de los que dependen millones de personas. La Organización Mundial Meteorológica (OMM) considera ya inequívocas muchas de esas señales en América Latina: aumento de temperaturas terrestres y oceánicas, retroceso glaciar, subida del nivel del mar y un ciclo del agua más extremo. Vuelvo a la duda: ¿acción humana o consecuencia simple de la evolución?

Por eso estas fotografías de Benetúser me interesan más ahora que cuando las hice. En la imagen general no aparece ninguna persona y, sin embargo, está llena de seres humanos. Los coches forman estratos como si fueran capas geológicas de una excavación futura. Dentro de cien años alguien podría mirar esta fotografía y reconocer inmediatamente nuestra época: vehículos, viviendas, antenas, asfalto. Toda nuestra tecnología aparece ahí vencida por algo tan antiguo como el agua.

La fotografía del interior resulta todavía más inquietante. El barro ha entrado donde no debía entrar. Ha ocupado el asiento del conductor, y todo con lo que controlábamos temperatura, música o navegación. Todo aquello que nos permitía dominar nuestro pequeño mundo continúa físicamente allí, pero ha dejado de obedecernos.

Quizá por eso fotografiamos las catástrofes: no solamente para documentarlas; también para recordarnos nuestra escala.

Podemos construir ciudades, atravesar montañas, desviar ríos, volar entre continentes y observar tormentas desde satélites situados a cientos de kilómetros de altura. Podemos incluso modificar involuntariamente el clima del planeta. Pero seguimos siendo extraordinariamente pequeños cuando empieza a llover demasiado.

Y absolutamente insignificantes cuando la tierra decide moverse.

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