La Ópera, Viena, Austria, c. 1935

La Ópera, Viena, Austria, c. 1935

Picotazos de historia

¿Por qué la Ópera de Viena fue comparada con una de las mayores derrotas militares de Austria?

Desde mucho antes de la inauguración, las obras del edificio sufrieron una inmisericorde campaña de críticas. El «Königgrätz de la arquitectura», lo llamaron, recordando la terrible derrota que las armas austriacas habían sufrido contra los alemanes en la batalla de ese nombre en 1866

En el bulevar vienés conocido como la Ringstrasse se encuentra uno de los edificios más emblemáticos de la capital austriaca: el edificio de la Ópera Estatal. El hoy clásico y conocido ejemplo del estilo arquitectónico del reinado del emperador Francisco José I nació en medio de una apabullante campaña de críticas, escándalos y desprecios.

El Imperio austrohúngaro estaba todavía escocido por la derrota de Solferino (1859) y necesitado de un gesto que mostrara que todavía conservaba la grandeza que por historia le correspondía.

Precisamente una manera efectiva, y desde luego mucho más barata y menos arriesgada que la guerra, es la arquitectura, por lo que decidieron erigir un nuevo edificio para la ópera en Viena. Se creó la comisión correspondiente, se dotó a esta de fondos y se publicitó el concurso público para seleccionar un proyecto.

Ópera Estatal de Viena en construcción, 1865

Ópera Estatal de Viena en construcción, 1865

El proyecto ganador fue el presentado, conjuntamente, por los arquitectos August Sicard von Sicardsburg y Edouard van der Nüll. La construcción del nuevo edificio de la ópera se dilataría a lo largo de diez años, inaugurándose el 25 de mayo de 1869. Ninguno de los arquitectos estaba vivo para presenciarlo.

Desde mucho antes de la inauguración, las obras del edificio sufrieron una inmisericorde campaña de críticas, aderezadas con el ingenio –aquí hablaríamos de mala leche– típico vienés. Pero en este caso se pasaron, ya que estas burlas y críticas afectaron de tal manera que uno de los arquitectos se quitó la vida. El restante, ya muy enfermo de tuberculosis, sin duda vio su existencia recortada por los disgustos, la tensión y el desgaste psíquico que sufrió.

Se cuenta que el propio emperador Francisco José, quien había mostrado públicamente su disgusto y desacuerdo por la nueva estética que mostraba la construcción, quedó profundamente impresionado por la trágica suerte de los arquitectos, de forma que jamás volvió a expresar una opinión sobre la obra de un artista fuera del «Me ha gustado mucho, me ha parecido muy bonito».

Pero hablemos del edificio en cuestión. Para empezar, el nuevo edificio empezó a construirse en un periodo en el que se estaba llevando a cabo una reforma urbanística de la ciudad de Viena. Esto afectó a las cotas (referencias de altura del terreno) altimétricas; el resultado fue que se generaba un efecto que daba la sensación de que el edificio estaba achatado.

Esta sensación de desproporción quedaba reforzada al estar construido enfrente del gigantesco palacio Heinrichshof (hoy desaparecido gracias a la brutal eficiencia de las bombas aliadas). El resultado era el de un gigante y, enfrente, su hermano menor, a quien habían clavado al suelo de un martillazo en la cabeza.

El contraste entre los edificios, más que el nuevo estilo que se estaba creando y que fusionaba gótico, renacentista y otras corrientes en lo que después se identificaría como historicismo vienés, era lo que se llevaba todas las críticas. El «Königgrätz de la arquitectura», lo llamaron, recordando la terrible derrota que las armas austriacas habían sufrido contra los alemanes en la batalla de ese nombre en 1866.

Batalla de Königgrätz

Batalla de Königgrätz

Lo gracioso es que el estilo luego sería muy reconocido y caracterizaría al reinado del emperador Francisco José, pero en 1867 se estaba formando y la gente no estaba aún preparada para la novedad.

En el exterior tuvieron problemas con dos esculturas de bronce que representaban a unos caballos alados junto a las musas Calíope (poesía épica) y Erato (poesía lírica, mimo y coros). El problema surgió debido a que no se hizo una maqueta previa para calcular las proporciones ni la perspectiva en la que serían vistas las estatuas.

Piensen lo importante que es, ya que la escultura (o el edificio) se adaptará en función de la impresión que produce en la persona que lo ve. Un ejemplo lo tienen en el Partenón, cuyas columnas dan la impresión de ser rectas cuando, en realidad, no lo son. El resultado fue el de unos caballos que parecían demasiado grandes.

Ópera Estatal de Viena, c. 1869

Ópera Estatal de Viena, c. 1869

Los vieneses no desaprovecharon la ocasión para volver a dar prueba de ingenio. Los percherones los llamaron. Los más toscos los bautizaron como caballos-cerdos. Imagínense las bromas y burlas que hicieron con esta nueva prueba de desproporción estética. Cuando se hizo público que el escultor Vincenz Pils había cobrado 46.000 guldens –una fortuna–, dio nuevo combustible hasta que el escándalo obligó a intervenir al propio Francisco José. En 1870, menos de seis meses después de haber colocado las esculturas, estas fueron retiradas por una orden imperial y se encargaron otras nuevas.

Los caballos descartados fueron vendidos a un próspero empresario norteamericano llamado Robert H. Gratz. Este troceó las esculturas para poder enviarlas a la ciudad de Filadelfia y volver a montarlas allí. Con el tiempo donó las esculturas de los caballos a la ciudad y hoy las pueden ustedes admirar enfrente del edificio Memorial Hall de Filadelfia.

Los caballos que hoy adornan el exterior de la ópera de Viena son obra de Ernst Hahnel. Los siempre insatisfechos habitantes de la ciudad se quejaron de que los nuevos caballos parecían enclenques y débiles en comparación con los otros.

El interior del edificio no se salvó de las críticas. La acústica y los problemas de visión que producían las columnas y arcadas –hoy no existen gracias a que hubo que reconstruirlo, ya que el original quedó gravemente afectado por las bombas– en su tiempo no lo eran, ya que muchos de ellos eran debidos a una visión jerarquizada, muy en la línea con el estricto protocolo de los Habsburgo.

El interior de la Ópera Estatal de Viena en 1869

El interior de la Ópera Estatal de Viena en 1869Universidad de Navarra

Por otro lado, los vieneses parecieron extasiarse ante los delicados adornos, los detalles de buen gusto y armonía que proliferaban en el interior.

Pero no podían permitir que semejante sentimiento durase mucho tiempo, por lo que redoblaron las críticas y comentarios. Ahora fueron las corrientes de aire y los puntos de acumulación de calor de la calefacción.

Calefacción en 1870 ¿Se imaginan algo más moderno, una tecnología más puntera? Pues lo criticaron igual. En cuanto a las corrientes de aire, no existía tal problema, pues se estudió para suprimir esa posibilidad, para que no afectara a los actores en sus camerinos ni en el escenario.

La verdad es que la necesidad de hacer comentarios negativos sobre el edificio, su interior o lo que fuera se convirtió casi en una obsesión. Como les mencioné antes, ni siquiera el propio emperador pudo permanecer al margen.

Pero verán ustedes, tanto derroche de ingenio y creatividad acabó provocando una crisis nerviosa en el arquitecto Edouard van Nüll. El pobre se ahorcó dejando a su viuda, que estaba embarazada de ocho meses, lo que no me hace ninguna gracia.

Si hoy pregunta usted por la ciudad de Viena, se enterará de que al edificio se lo conoce como «Oper» o «Haus am Ring» (la casa del Ring) y también se enterará de que se lo ve como un símbolo de la ciudad. La denostada creación que acabaría con la vida de ambos arquitectos hoy es querida por esos mismos vieneses que tanto se burlaron. La Ópera Estatal es un importante exponente de la identidad de la ciudad y del reinado de Francisco José I, la era dorada de Viena.

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