Fernando Quintela
El instante decisivoFernando Quintela

El toro embolado de Teruel, una tradición centenaria atrapada en el instante

Un toro, dos llamas, una calle de pueblo y varios adultos jugando al «corre que te pillo»

El toro embolado en Alcalá de la Selva

El toro embolado en Alcalá de la SelvaFernando Quintela

Hay juegos infantiles que abandonamos al crecer y otros que acabamos complicando. El «corre que te pillo» pertenece a los primeros, aunque en algunos pueblos españoles los adultos encontraron hace siglos una manera bastante más arriesgada de seguir practicándolo: sustituir al niño que persigue por un toro.

Si además es de noche y se colocan sobre sus astas unas bolas encendidas, el juego sube de nivel con esa mezcla tan española de fiesta, miedo, belleza y temeridad que llamamos «toro embolado».

Estas fotografías están hechas en Alcalá de la Selva, Teruel

Estas fotografías están hechas en Alcalá de la Selva, TeruelFernando Quintela

Estas fotografías están hechas en Alcalá de la Selva, Teruel; podrían pertenecer a este siglo o al anterior, apenas hay nada en ellas que permita fecharlas. Cambiarían las zapatillas, algún pantalón, quizá las talanqueras protectoras, pero la escena sería reconocible por quienes corrieron delante de un toro varias generaciones atrás.

En Aragón, el toro embolado está reconocido oficialmente entre los festejos taurinos populares de tradición arraigada y continúa formando parte de las celebraciones de Alcalá de la Selva.

La mecánica es sencilla y arriesgada a la vez: el toro se libera de ataduras con un armazón colocado en los cuernos del que nacen dos llamas y durante un tiempo las calles dejan de pertenecer a las personas. Hay barreras, talanqueras donde refugiarse; portales, esquinas y lugares desde los que mirar; quienes deciden ponerse delante juegan a medir la distancia que existe entre la valentía y la imprudencia.

Es preciso, por ser polémico, recordar que el reglamento aragonés establece condiciones de seguridad y prohíbe expresamente determinadas formas de maltrato durante estos festejos. Hay muchos que no lo consideran así y plantan cara a estas celebraciones.

Podemos considerar la tradición antigua, costumbrista e incluso algo trasnochada sin necesidad de convertir estas fotografías en un tribunal. Las costumbres son comportamientos que sobreviven a las razones que los originaron. Algunas desaparecen, otras evolucionan y unas pocas continúan atravesando los siglos mientras cada generación decide qué hacer con ellas.

La literatura española entendió muy pronto la potencia simbólica del toro. Está en Lorca como presencia de muerte y destino, en Alberti, en Miguel Hernández y, desde otra mirada, en Hemingway, fascinado por ese territorio fronterizo donde el miedo obliga al hombre a conocerse. El toro ha terminado representando cosas diferentes según quién lo mire: fuerza, tragedia, fiesta, rito y pasado. Ahí reside también su permanencia cultural.

Pero a mí me interesa como fotógrafo.

En la primera imagen el toro viene directamente hacia la cámara. El cuerpo oscuro emerge de una calle todavía más oscura y dos llamaradas construyen una especie de corona primitiva sobre su cabeza.

La luz artificial produce amarillos y rojos intensos mientras el movimiento deja algunas figuras imprecisas. El animal, sin embargo, ocupa el centro y parece mirar al fotógrafo. Hay algo inquietante en esa frontalidad: durante una fracción de segundo desaparece la distancia cómoda del espectador.

La segunda fotografía cuenta otra historia. El toro se ha detenido y mira hacia dos hombres que extienden los brazos desde detrás de una barrera. Ellos lo llaman, pero están protegidos. El animal permanece en el espacio abierto. Al fondo, otras personas contemplan la escena desde balcones y refugios. Toda la arquitectura del pueblo se convierte así en escenario: unos provocan, otros miran y uno corre.

El toro se ha detenido y mira hacia dos hombres que extienden los brazos desde detrás de una barrera

El toro se ha detenido y mira hacia dos hombres que extienden los brazos desde detrás de una barreraFernando Quintela

Es difícil contemplarlas sin pensar en Henri Cartier-Bresson y su idea del instante decisivo, tantas veces reducida erróneamente a estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Para él era algo más complejo: reconocer simultáneamente el significado de lo que sucede y la organización precisa de las formas capaces de expresarlo.

Eso ocurre especialmente en la segunda imagen. Hay tres planos perfectamente legibles: los hombres en primer término, el toro en el espacio intermedio y el público cerrando la escena. Los brazos extendidos conducen nuestra mirada hacia el animal; la verja establece una frontera física y visual; las llamas proporcionan el punto de máxima intensidad. Un segundo antes el toro estaría en otro lugar. Un segundo después también. La geometría existe solo durante ese instante.

Cartier-Bresson hablaba de encontrar dentro del movimiento el momento en que los elementos alcanzan un equilibrio. Fotografiar algo así exige anticipar más que reaccionar: imaginar hacia dónde correrá el animal, dónde estará la persona y qué ocurrirá cuando ambas trayectorias se encuentren.

Cristina García Rodero llevó esa capacidad mucho más lejos en España oculta. Desde los años setenta recorrió pueblos fotografiando fiestas, ceremonias, religiosidad y tradiciones, no para elaborar un catálogo folclórico sino para buscar al ser humano que aparece cuando la celebración rompe las normas de la vida cotidiana. Su trabajo convirtió esos ritos en una memoria visual de una España que estaba desapareciendo y transformándose.

Estas fotografías responden a esa misma pregunta. No dicen si el toro embolado debe sobrevivir otros cien años. Tampoco necesitan decirlo. La fotografía documental tiene a veces una misión anterior al juicio: conservar aquello que estuvo delante de nosotros.

Un toro, dos llamas, una calle de pueblo y varios adultos jugando al «corre que te pillo».

Puede parecer antiguo.

Lo es.

Precisamente por eso merece ser fotografiado.

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