Y Trump no se rajó con los aranceles a la UE
Esta 'guerra' comercial, lejos de ser una solución, es una trágica oportunidad perdida
Donald Trump, presidente de Estados Unidos
Como avisamos en esta columna hace no mucho, Trump no se rajó. Desgraciadamente, la historia nos muestra que la intervención estatal en la economía, lejos de resolver problemas, a menudo los agrava. La creencia de que los líderes políticos pueden dictar los términos del comercio global sin consecuencias es una falacia. Hoy, la Unión Europea, bajo la mirada de Von der Leyen, comienza a sentir el peso de una política comercial que, lejos de abrazar la libertad, lleva años inclinandose por la prohibición y la coerción. Y los Estados Unidos, con Trump a la cabeza, están perdiendo una oportunidad de restablecer los principios comerciales mundiales basándose en reciprocidad y equidad, y están apelando, simplemente, a la ley del mas fuerte.
Este sábado, la alarmante noticia de la imposición de aranceles del 30 % por parte del presidente Trump, tanto a México (excluyendo bienes bajo tratado de libre comercio) como a Europa, es un recordatorio de que la libertad económica es un bien preciado y frágil. Estas barreras, en esencia, son impuestos sobre los consumidores, una carga que limita su capacidad de elección y encarece sus vidas.
En el caso mexicano, la justificación de estos aranceles trasciende lo puramente comercial, buscando una mayor cooperación en la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, utilizar la coacción económica como herramienta política es un camino peligroso que distorsiona los mercados y perjudica a ciudadanos inocentes en ambos lados de la frontera. Las acciones del Gobierno mexicano contra el lavado de dinero, aunque bienvenidas, no han sido suficientes. Pero no deberían ser el pretexto para una política que atenta contra la libre circulación de bienes y servicios.
En el frente europeo, más allá de las habituales diatribas sobre el comercio automotriz o el IVA —temas que merecerían un análisis propio sobre las distorsiones fiscales—, las críticas estadounidenses se enfocan en los sectores farmacéutico, agropecuario y tecnológico. Aquí, la verdadera batalla no es por los aranceles, sino por las barreras no monetarias y un tratamiento fiscal que sofoca la innovación y la competencia, impidiendo que los mercados funcionen libremente.
La fría realidad de las cifras y la distorsión estatal
Antes de adentrarnos en las implicaciones de estas políticas, examinemos las cifras, aunque siempre con la cautela que merecen las proyecciones y las interpretaciones gubernamentales. Se estima que el valor total del comercio de bienes y servicios entre la UE y EE. UU. alcanzará aproximadamente 1,7 billones de dólares en 2024. En este vasto intercambio, la balanza comercial combinada de bienes y servicios muestra un déficit para Estados Unidos con la UE de unos 94 mil millones de euros (127 mil millones de dólares), lo que representa un 5 % del comercio total.
Desglosando, en el sector de bienes, la UE disfruta de un superávit de 198 mil millones de euros (235 mil millones de dólares). Aquí, el sector farmacéutico destaca con un superávit de la UE de 193 mil millones de euros con EE. UU., una cifra que, si bien es notable, subraya la complejidad de las cadenas de suministro globales y las estrategias de inversión, como la de Irlanda, que contribuye con 44 mil millones de euros. Otros componentes significativos del superávit de bienes de la UE incluyen vehículos (44 mil millones de euros) y maquinaria (60 mil millones).
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con la tabla de aranceles
En contraste, el sector servicios revela una dinámica diferente. Estados Unidos mantiene un superávit de 104 mil millones de euros (108 mil millones de dólares) con la UE. Este superávit se ve impulsado principalmente por la exportación de servicios digitales de las grandes tecnológicas estadounidenses, que representan una parte sustancial de este flujo, y por los 110 mil millones en regalías por licencias de propiedad intelectual. Es crucial entender que estas cifras reflejan la vitalidad del libre intercambio de ideas y servicios, donde la innovación, no la coerción, es la verdadera divisa.
La quimera de la 'Re-domesticación' y la voracidad fiscal
Más allá de la mera contabilidad, estas cifras revelan las distorsiones generadas por la intervención gubernamental. La histórica baja base arancelaria de Estados Unidos, lejos de ser un problema, ha permitido una especialización y eficiencia que ha beneficiado a los consumidores. Pero no se ha visto correspondida por una apertura similar en la UE. Tras la segunda guerra, con la excusa de la reconstrucción europea, y la enorme disparidad en capacidad industrial, esta asimetría se podía tolerar. Como dice Trump: «No más». Sin embargo, la 're-domesticación' de la producción, como la propuesta por Trump para el sector farmacéutico, es una quimera proteccionista que ignora las ventajas de la división internacional del trabajo, sobre todo con aliados historicos. El éxito de Irlanda en atraer la producción farmacéutica, gracias a su política de créditos fiscales a la I+D, es un ejemplo de cómo la competencia fiscal y la libertad de inversión pueden generar prosperidad, incluso para empresas estadounidenses que buscan optimizar sus operaciones. Pretender que un gobierno puede 'dictar' dónde se produce un medicamento de alto valor agregado es una afrenta a la lógica económica y a la libertad empresarial, y solo resultará en mayores costos para el consumidor y menor innovación.
La disputa en el departamento de servicios es una clara manifestación de la voracidad fiscal de los estados. La Unión Europea, con sus «glotoneas ansias recaudatorias», ha perseguido a las empresas tecnológicas estadounidenses con impuestos digitales, como la infame «Tasa Google», y a través de iniciativas en la OCDE y legislaciones nacionales. Estas medidas, lejos de ser justas, son un intento de exprimir la riqueza generada por la innovación y la libre empresa, penalizando el éxito y obstaculizando el flujo de capital y servicios. La respuesta de Trump, aunque imperfecta en su forma, subraya la necesidad de resistir la expansión del Leviatán fiscal que busca controlar cada aspecto de la actividad económica.
Las barreras invisibles y la oportunidad perdida
Finalmente, el laberinto regulatorio europeo se erige como una barrera formidable, más insidiosa que los propios aranceles. Esta «telaraña» de normativas, a menudo con dudosas justificaciones científicas o sanitarias, ahoga la exportación de productos estadounidenses altamente competitivos, especialmente en los sectores agrícola y tecnológico. No podemos cuantificar lo que no existe, pero es innegable que estas barreras, impuestas por la burocracia y no por la demanda del mercado, sofocan la competencia, limitan la elección del consumidor y castigan la eficiencia, impidiendo que la innovación fluya libremente a través de las fronteras.
Esta 'guerra' comercial, lejos de ser una solución, es una trágica oportunidad perdida. En lugar de desmantelar las barreras arancelarias, regulatorias y fiscales que asfixian el comercio y la libertad individual, los gobiernos se enfrascan en una lucha por la supremacía burocrática. ¡Ojalá el consumidor europeo tuviera la libertad de elegir si prefiere alimentos genéticamente modificados más económicos, con la debida transparencia, en lugar de ser 'protegido' por edictos estatales! ¡Ojalá los americanos reconocieran que el modelo de Irlanda, basado en la libertad fiscal, es un faro a emular, no un objetivo a destruir con aranceles arbitrarios! Lamentablemente, la historia sugiere que este conflicto se resolverá con acuerdos de bazar turco firmados tras cortinas opacas en Bruselas o Washington, que, lejos de liberar los mercados, impondrán nuevas cuotas y concesiones, como la compra forzada de energía o armamento por parte de la UE, o las concesiones fiscales a las Mega-techs americanas. Una vez más, el consumidor, en este caso tanto el europeo como el americano, será quien pague el precio de la injerencia estatal en la economía.