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El milagro de Donald Trump en las conversaciones por la paz en Ucrania

Putin ya ha rechazado muchas veces la presencia en Ucrania de tropas de la OTAN y, hasta la fecha, al contrario que a Trump, todavía no le hemos visto dar marcha atrás

Trump junto a Zelenski este lunes en la Casa Blanca

Trump junto a Zelenski este lunes en la Casa BlancaAFP

Una inteligencia artificial de primera generación, carente de emociones, seguramente no daría valor alguno a lo ocurrido estos últimos días en el frente político de la guerra de Ucrania. ¿Un paso hacia la paz, como claman alborozados algunos medios de todo el mundo? Puede, diría la escéptica IA, pero ¿cuál es exactamente el paso que deberíamos celebrar? Porque la guerra sigue su curso al mismo ritmo cansino de los tres últimos años y ni siquiera las ciudades ucranianas, a pesar de los ruegos a Putin de la primera dama de los EE.UU., se libran de sus bombardeos diarios.

No sé si será porque carezco de sentimientos –eso, al menos, dice mi mujer– o porque gato escaldado del agua fría huye –son muchas ya las veces que Trump ha anunciado una paz inminente– pero yo estoy bastante de acuerdo con esa imaginaria IA. No tiene mérito –dirá el lector–, que para eso he sido yo quien se la ha inventado.

No me faltan razones para justificar mi escepticismo. Para empezar, lo que hemos podido ver en Alaska –una vez desvestido de los ropajes imaginarios que en la conocida fábula escondían la desnudez del emperador– es cómo Trump retiraba la amenaza de sanciones secundarias a los países que comercian con Rusia sin que Putin aceptara la tregua que se le pedía ni hiciera concesión alguna en los objetivos de lo que él todavía llama 'Operación Especial'. ¿Acerca eso el final de la invasión? A mí, la verdad, me parece que no.

Al otro lado de la línea del frente también ha ocurrido algo parecido. Afortunadamente para Ucrania, el magnate parece haberse olvidado de la amenaza de cortar el apoyo militar a Kiev –ahora pagado por la UE, que no se llega a rico sin tener sentido de la economía– y de cerrar el grifo de la información de inteligencia a su antiguo aliado sin que Zelenski haya tenido que aceptar ninguna cesión territorial. ¿Acerca eso la rendición de Ucrania? Creo que tampoco.

Las garantías de seguridad

Pero no seamos pesimistas. Muchos medios celebran que la última ronda de negociaciones, esta vez con Putin en la mesa –quizá la última bala de Donald Trump– nos haya traído una novedad: un posible «principio de acuerdo» sobre las garantías de seguridad que serán necesarias después de la guerra.

Donald Trump, presidente de EE.UU. y Vladimir Putin en Alaska

Donald Trump, presidente de EE.UU. y Vladimir Putin en AlaskaAndrew Caballero-Reynolds / AFP

A mí, sin embargo, todo esto me parece tan endeble como un castillo en el aire. Me choca que las discusiones no se hayan centrado en cómo ponerle el cascabel al gato de la paz –algo, es cierto, extremadamente difícil– sino en qué hacer después de que lo tenga puesto. ¿Es que son como niños –se preguntará el lector– incapaces siquiera de identificar dónde está el problema que deben resolver en primer lugar? No lo creo, pero la presión de presentar algún resultado positivo a la opinión pública mundial les ha obligado a buscar esos «principios de acuerdos» en el terreno de las hipótesis, donde siempre es más fácil que en la vida real.

Con todo, sepa el lector que, en realidad, la única concesión que parece haber hecho Putin en Alaska no es tan novedosa como parece. Desde la primera ronda de negociaciones en Estambul, el dictador se ha mostrado consciente de que, para que Ucrania se rinda, necesita ofrecerle ciertas garantías de seguridad que le permitan creer que puede salvar sus últimos muebles. ¿De buena fe o como un engaño más para tratar de conseguir más fácilmente sus objetivos? Incapaz de leer en el alma de Putin, sugiero al lector que, como hago yo, juzgue al dictador por su hoja de servicios.

Tropas sobre el terreno

Si quiere mi opinión, creo que los planes de algunos de los líderes reunidos en Washington hace dos días —que contemplan el despliegue se fuerzas de combate europeas en territorio ucraniano con un apoyo todavía indefinido de los EE.UU.— recuerdan más a las cuentas de la lechera que a lo que el dictador ruso puede tener en la cabeza.

Putin ya ha rechazado muchas veces la presencia en Ucrania de tropas de la OTAN y, hasta la fecha, al contrario que a Trump, todavía no le hemos visto dar marcha atrás; ni en esto ni en nada relacionado con «su» guerra. Ha sugerido a cambio tropas de China, que no en vano está entre los cómplices de su delito. Seguro que estaría dispuesto a añadir las de Corea del Norte y, quizá, las de países como Hungría… siempre que el Kremlin, de alguna manera, se reserve el mismo control que tendría sobre unos hipotéticos cascos azules. Y no son imaginaciones mías. El astuto dictador ya ha sugerido en alguna ocasión que el Consejo de Seguridad de la ONU, donde él tiene derecho de veto, debería asumir el gobierno de Ucrania —no está mal lo de negociar con uno mismo— ante el aplazamiento de las elecciones en ese país. Un aplazamiento ilegítimo, justificado por Zelenski con una excusa tan pobre como la de tener el 20 % del territorio ocupado por un invasor extranjero y el resto sometido a bombardeos diarios.

El papel de los EE.UU.

A estas alturas del proceso negociador, y a pesar de los calurosos aplausos a Donald Trump —si hay algo que el magnate ha logrado en solo seis meses es que nadie quiera enfadarle— el papel de Washington como artífice de un posible acuerdo de paz en Ucrania se ha devaluado enormemente. Su presidente, tan preso de su imagen como ajeno a todo principio ético, se ha mostrado incapaz de sostener ninguna de las amenazas hechas a Zelenski y, mucho menos, las que profirió hace solo unas semanas contra la Rusia de Putin.

Es verdad que, mientras libra una guerra comercial con China –que al parecer no va ganando– las sanciones secundarias al gigante asiático, el mayor comprador de energía rusa, serían un disparo en su propio pie. Pero no es la única vez que las amenazas del magnate han demostrado ser un farol. Da la sensación de que, poco a poco, todos los protagonistas de este drama han ido pillándole el truco: en lugar de ceder a sus presiones, se limitan a no contradecirle en público y, cuando hay ocasión, echar la culpa a otro. Nada nuevo bajo las estrellas. Algo parecido es lo que mis nietos hacen conmigo desde que aprenden las reglas de este juego, uno de los más viejos que existen.

Los presidentes Volodímir Zelenski, Donald Trump y Emmanuel Macron en la Casa Blanca

Los presidentes Volodímir Zelenski, Donald Trump y Emmanuel Macron en la Casa BlancaAndrew Caballero-Reynolds / AFP

Abusando de la renuencia que todos tienen a llevarle la contraria, dentro y fuera de los EE.UU., el magnate finge estos días que ha conseguido apalabrar una reunión entre Putin y Zelenski que —me apostaría un café— no se va a producir. ¿Por qué? De puertas afuera, el dictador ruso acusa al presidente de Ucrania de ilegítimo; pero ante el pueblo ruso lo trata de payaso, drogadicto, nazi y corrupto. No va a rebajarse a reunirse con él. Como primer indicio de lo que no va a ocurrir, copio textualmente lo que escribe hoy el periódico Izvestia, siempre la voz del Kremlin: «Los líderes mundiales» —obviamente, se refiere a Trump y a Putin— «debatieron» —y no necesariamente acordaron— «la posibilidad de elevar el nivel de los representantes de Moscú y Kiev en las conversaciones». El tiempo dirá si tengo razón.

¿Dónde está el milagro?

A mí, como a muchos lectores, me irrita abrir un artículo cualquiera en un medio digital atraído por un título prometedor… y no encontrar en el texto nada que responda a lo anunciado. No quiero que ocurra lo mismo en este caso. ¿De verdad hay un milagro atribuible a Trump? Puede. Pero, para apreciarlo como se debe, el lector debería entender que tan milagroso sería convertir el agua en vino, que es lo que hizo Jesús en las bodas de Caná, como convertir el vino de nuestras esperanzas en insípida agua, como ha hecho el magnate en solo seis meses.

El milagro de Trump, mal apoyado por un equipo de aficionados que, en lugar de consejo, solo puede ofrecerle sumisión, ha estado en convencer a Putin de que puede ganar la guerra —recuerde el lector que las guerras son actos políticos que solo finalizan cuando se imponen condiciones al enemigo—; y a Zelenski, que contaba con el tiempo y las sanciones económicas como su única baza para derrotar a los invasores, de que podría no ganarla.

¿Este torpe milagro podría llevar la paz a Ucrania? Una mala paz, quizá sí. Sin embargo, creo que será el propio Putin quien lo impida. Porque, como ya he dicho algunas veces, lo que el dictador de verdad desea no es una paz que lleve la firma de Trump, sino una victoria que lleve la suya.

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