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Patricia Santos
CrónicaPatricia Santos

San Olaf y las urnas de Noruega

Estas elecciones el debate no está en las encuestas. Está en la carta pastoral de los obispos católicos a los ciudadanos: votar no es solo elegir gestores, es decidir qué sociedad queremos

Bruselas

Imagen del debate electoral celebrado este 2 de septiembre

Imagen del debate electoral celebrado este 2 de septiembreAFP

Noruega, país de fiordos majestuosos y estabilidad política envidiable, encara el 8 de septiembre unas elecciones generales. Elecciones tranquilas en apariencia, pero con giros sobrevenidos. Tras la crisis de gobierno, los laboristas (de izquierda) gobiernan en solitario. Colocaron a Jens Stoltenberg, el ex primer ministro venerado en medio planeta, como ministro de Finanzas causando un golpe de efecto: a comienzos de año los laboristas eran terceros. La derecha sumaba un 56 % de intención de voto. Hoy los papeles se han invertido: la izquierda acaricia la mayoría absoluta, con los laboristas en cabeza (27,5 %). El Partido del Progreso, radical, crece hasta el 22 %. Los conservadores, en caída libre.

Pero el verdadero debate no está en las encuestas. Está en la carta pastoral de los obispos católicos a los ciudadanos: votar no es solo elegir gestores, es decidir qué sociedad queremos. Denuncian con preocupación la fascinación creciente por la eutanasia, un veneno silencioso en sociedades satisfechas. Recuerdan que toda vida cuenta: el niño concebido, el anciano enfermo, el refugiado que llega, la víctima invisible de la trata. No es una proclama política, sino un recordatorio: el voto no solo designa a un gobierno, también perfila el alma de la nación.

No deja de ser sugestivo que esta advertencia se produzca en la tierra de san Olaf, el rey guerrero convertido en mártir que cimentó el cristianismo en Escandinavia. Y aquí resurge la figura de san Olaf. Aquel vikingo que saqueó Galicia en 1014, y fue derrotado en el Ulla por el conde Menendo González. Aquel caudillo pagano que se convirtió ese año en Ruan y murió mártir en Stiklestad. La fe le acompañaría en medio de todas sus decisiones y batallas, hasta la muerte. De su cadáver brotaron curaciones y su memoria transformó un pueblo depredador en una nación cristiana.

Olaf no fue un santo de estampa. Fue un gobernante con defectos, pero buscó la salvación de su reino. Por eso lo veneran católicos, ortodoxos, luteranos y evangélicos. Para los noruegos es el gran campeón de la independencia y restaurador de la unidad nacional. Padre de la patria, con espada y con cruz. Su huella llega hasta España: en Covarrubias, Burgos, se levanta la Ermita de San Olav.

Hoy, un milenio después, mientras los obispos noruegos recuerdan a su grey que sin respeto absoluto a la vida no hay civilización que perdure, quizá convenga a España mirarse en ese espejo. Nosotros, con urnas a la vuelta de la esquina y una corrupción que erosiona la confianza ciudadana, también necesitamos una alianza simbólica entre Santiago y Olaf. Dos santos guerreros que transformaron pueblos bárbaros en naciones civilizadas, sería hoy el mejor antídoto contra la decadencia que amenaza a nuestra sociedad.

En las democracias modernas se decide mucho en el detalle presupuestario, en la ingeniería fiscal o en la aritmética de las coaliciones. Pero lo decisivo es si los pueblos sostienen o no una brújula moral clara. Noruega debate sobre la eutanasia; España, sobre la corrupción asentada en el poder, manchando a la clase política. En ambos casos la respuesta no vendrá de la comodidad material, sino de un rescate espiritual. Quizá, como en la Noruega medieval, solo cuando la fe y la ética irrumpan de nuevo en el corazón de la polis, será posible «limpiar» y renovar.

Que Santiago y Olaf nos vayan inspirando.

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