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Leales al difunto presidente de Egipto, Hosni MubarakAFP

Se llamaba Mohamed Bouazizi. Tenía 26 años. Era vendedor ambulante y el único sostén de su familia. Estaba harto de su propia precariedad y de la pobreza generalizada.

Su muerte por autoinmolación, el 17 de diciembre de 2010, desató un descontento mucho más amplio: había comenzado la revolución tunecina, precursora de las «Primaveras árabes».

Los jóvenes, indignados por el desempleo, la desigualdad y la falta de libertad, salieron a las calles exigiendo «pan, libertad y dignidad». En menos de un mes, el dictador Zine El Abidine Ben Ali huyó a Arabia Saudí. Se convirtió en el primer líder árabe derrocado por un levantamiento popular.

El acto de Mohamed Bouazizi se viralizó. Al ver lo que sucedía en Túnez, otras poblaciones árabes se movilizaron. Pocos días después de la caída de Ben Ali, Egipto estalló en violencia. Hosni Mubarak, en el poder durante más de 30 años, era profundamente impopular.

La economía del país de las pirámides y los faraones era frágil y gran parte de la población vivía en la pobreza. La tasa de desempleo también era alta, especialmente entre los jóvenes. Esta generación era experta en el uso de las emergentes plataformas de redes sociales, que aún escapaban al control del régimen. La plaza Tahrir de El Cairo se convirtió en el epicentro de la revolución, un verdadero símbolo. En tan solo unas semanas, Hosni Mubarak dimitió, entregando el poder al Ejército.

Cuatro días después de esta dimisión, comenzó el levantamiento en Bengasi, Libia. Pero el régimen no mostró piedad. El general Muamar el Gadafi transformó el levantamiento en una guerra civil –fomentada, todo hay que decirlo, por el Reino Unido y Francia– que duraría ocho meses y en la que más de 25.000 personas perdieron la vida.

Llenos de esperanza, hombres y mujeres sirios también comienzan a exigir pacíficamente más libertad. Pero la represión de Bashar al-Asad es sangrienta. Las cárceles se están convirtiendo en lugares de tortura, deshumanización y ejecuciones: verdaderos «mataderos humanos», según Amnistía Internacional.

Se cruzó la línea roja: el uso de armas químicas contra la población. Con todo, lo que ocurrió en 2011 no fue simplemente un momento revolucionario: fue el ingreso de las sociedades árabes a una nueva era política, en la que la autoridad nunca vuelve a ser totalmente legítima la juventud ya no cree en narrativas nacionales fijas, donde las palabras dignidad, justicia social y corrupción han dejado de ser abstractas.

En Túnez la revolución ha fracasado por completo

Mas 15 años después se puede decir que en Túnez la revolución ha fracasado por completo porque ha vuelto al punto de partida, es decir, a la era de Ben Alil, cinbun presidente, Kaïs Saïed, que fue elegido con el 90% de los votos tras eliminar a todos sus oponentes. El regreso del miedo, el regreso de los presos políticos, todos los líderes de los partidos políticos están en el exilio o encarcelados.

Egipto, brutal laboratorio para la restauración autoritaria, es su símbolo más escalofriante. Tras la esperanza de la plaza Tahrir, el país se ha convertido de nuevo en una prisión a cielo abierto: miles de condenados a muerte en juicios masivos, decenas de miles de presos políticos, una prensa amordazada y una oposición aplastada.

Pero el régimen del general Abdelo FataAl-Sis –que en 2013 derrocó al islamista Morsi, democráticamente elegido– no depende del apoyo, sino solo del miedo, la vigilancia y la ayuda internacional. Eso sí, con operaciones de relaciones públicas a gran escala, como la inauguración del segundo Canal de Suez en 2015 o la del Museo Egipcio hace tan solo unos meses. En ambos casos, los eventos estuvieron avalados por la presencia de mandatarios de Estados democráticos.

Siria, por su parte, se ha convertido en un osario estabilizado por el apoyo internacional, Libia en un mercado de violencia, con un señor de la guerra, Haftar, controlando partes enteras del país; Yemen es un campo de ruinas. Las monarquías del Golfo han perfeccionado su gobierno autoritario.

Pero reducir la Primavera Árabe a su aplastamiento es creer en la perspectiva de los vencedores, no en la de la historia a largo plazo. Por eso, hay cierto optimismo.

Moncef Marzuki, el primer jefe de Gobierno que tuvo Túnez en toda su historia, señaló hace unos días en una entrevista radiofónica que permanece el gusto por la libertad. «En algún momento, comprendieron que la libertad de criticar al presidente no era peligrosa. Así que algo permaneció en la mente de la gente, y creo que volverá a resurgir. Ahora bien, quienes dicen que la Primavera Árabe es el fin no entienden nada. Porque, de hecho, la Primavera Árabe apenas comienza».

Más matizado es el reciente informe publicado por la Brookings Institution. «Es muy posible que Túnez vuelva a presenciar protestas masivas en los próximos años. Pero si esto ocurre, se desarrollará en un entorno mucho más complejo, marcado por un Ejército más politizado y la ausencia de instituciones sociales y políticas sólidas y confiables. La revolución podría regresar, pero no se parecerá a la de 2011».