Turba de manifestantes derrumbando la estatua del sha, en medio de la Revolución Iraní
Así cayó el Sha: una cadena de errores y la eficaz campaña desde el exilio orquestada por Jomeini
Entre enero de 1978 y enero de 1979, el Soberano, involuntariamente, y el ayatola, con todo el empeño, socavaron el régimen imperial
«Mientras los estadounidenses me apoyen, seré inquebrantable», volvió a afirmar el sha en el verano de 1978, tal vez demasiado confiado. Los consejos de moderación y apaciguamiento, impartidos por asesores estadounidenses, británicos y franceses en Teherán, que daban una desastrosa impresión de debilidad, estaban inspirados en la perfidia: quienes aconsejan no son quienes pagan el precio. Si bien el sha promovió el acercamiento entre Egipto e Israel, este último no hizo nada por ayudarlo, para gran desesperación de Yitzhak Rabin, el único en Israel que denunció esta actitud.
Mas en el momento en el que formuló esa declaración, su régimen ya tambaleaba. Valga como botón de muestra lo narrado en su libro de memorias por el antiguo ministro español de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, que a mediados de junio de 1978 acompañó a los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía en una visita de Estado a Irán: «A mi mujer y a mí, que íbamos en un coche detrás de las carrozas, nos llamó la atención la falta de calor popular, no tanto a la acogida a nuestros reyes como a los propios emperadores».
Esa visita de Estado fue la última en la que el sha y la shabanu Farah Diba ejercieron como anfitriones: después, la situación empezó a hacerse insostenible. Todo, sin embargo, había empezado en enero. El día 8 de aquel mes, un importante periódico publicó un artículo injurioso hacia el ayatolá Jomeini —daba a entender que era homosexual—, quien lanzó sus ataques contra el régimen imperial desde la ciudad iraquí de Nayaf, donde estaba exiliado.
Pésima idea: ¿para qué convertirlo en blanco? El ministro de la Corte, Amir Abbas Hoveida, ex primer ministro —el mismo que llevaba una orquídea en la solapa—, convenció al soberano. La Savak, la temible policía política, estaba dividida sobre la pertinencia del artículo; el editor jefe del periódico intentó en vano contactar al sha para asegurarse de que se diera la orden; el primer ministro no estaba al tanto de nada; ni el sha ni Hoveida habían leído el texto publicado.
El líder de los chiíes iraníes, el ayatolá Shariatmadari, exigió que el Gobierno expresara su pesar, a lo que este se negó. Una pequeña manifestación en Qom, la ciudad santa y centro de aprendizaje de los mulás, desembocó en la muerte de una persona.
Tampoco se puede obviar la situación de una economía recalentada, a cargo de Yamzid Amuzegar, un tecnócrata cuyo temperamento distante no facilitaba la comunicación ni con el mundo político —muy complicadas eran sus relaciones con la cúpula del partido dinástico Rastajiz, cuya corriente progresista lideró— ni con una opinión pública que necesitaba muestras de empatía para que la abrupta travesía socioeconómica fuese más llevadera.
Protestas en el verano de 1978
El antepenúltimo valido del sha no midió los efectos que el control de la inflación tuvo sobre los bancos y los bazares, dos sectores sensibles con importantes intereses especulativos. Sus dirigentes pasaron a engrosar la lista de los enemigos de Amuzegar.
Su cese a finales del ya fatídico mes de agosto de 1978 no solo fue vano en aras de la reconducción de la situación —craso error que la Corte organizase una fiesta con fuegos artificiales el día en que ardía el cine de Abadán: 477 muertos—, sino que la agravó. Empezando por la sucesión de Amuzegar, que recayó en Jafar Sharif-Emami.
«La decisión más peligrosa que uno podría tomar», dijo sin tapujos Nasser Moghaddam, jefe de la Savak, a la shabanu. En su presencia, la consorte llamó al sha para intentar persuadirlo de que reconsiderara su postura. No hubo nada que hacer. Sharif-Emami demostraría ser incompetente, incapaz de implementar las reformas necesarias y los cambios radicales que exigían algunos dentro del círculo íntimo del sha. «En dos meses, habrá un levantamiento», advirtió Moghaddam. Era el 25 de agosto.
El levantamiento se produjo, en realidad, antes. El 7 de septiembre, una manifestación favorable a Jomeini, con 3.000 asistentes, marchó por Teherán coreando «¡Muerte al sha!». Se programó una segunda manifestación para el día siguiente, con la intención de marchar hacia la Cámara de Representantes. Se declaró la ley marcial. Pero la mayoría de los soldados estaban de permiso, advirtió el jefe del Ejército, quien ordenó que la ley se anunciara de inmediato para disuadir a los manifestantes.
No se emitió hasta el día siguiente. Demasiado tarde. La consecuencia fue una masacre, con provocaciones por todos lados. «¿Qué le he hecho a mi pueblo?», se derrumbó el sha, quien nunca se recuperaría de este «Viernes Negro». Sus esfuerzos de liberalización habían fracasado. Tampoco el sha dio su visto bueno al plan Khach, diseñado por el Ejército para evitar un baño de sangre. La cuenta atrás estaba echada.
Plaza de Yalé durante las manifestaciones
Un importante golpe de acelerador tuvo lugar el 7 de noviembre, al pronunciar el sha un discurso radiofónico que él no había redactado: «He cometido muchos errores… He escuchado la voz de su revolución… Ahora me comprometo a defender la Constitución…». Imposible expresar mayor confesión de debilidad. Desgastado, casi de forma irreversible por este episodio, ordenó una investigación, de la que se desprendió que el contenido era achacable al entorno de la shabanu. Pero el sha había accedido a pronunciarlo.
Entre tanto, el ayatolá Jomeini, exiliado en Neauphle-le-Château, tranquilo municipio cercano a París, por obra y gracia del cinismo exhibido por el presidente de Francia, Valéry Giscard d’Estaing, montó una implacable operación de propaganda, al lograr introducir en Irán casetes en los que previamente había grabado sermones incendiarios contra el sha.
Una vez en territorio iraní, se hacían copias clandestinas que posteriormente se emitían en decenas de miles de mezquitas a lo largo y ancho de Irán. De ahí que el caso iraní fuera uno de los pocos en los que un régimen fue derrocado por la contundencia de la presión ejercida desde el exilio.
En paralelo, y gracias, entre otros motivos, a la labor de zapa de los estudiantes iraníes en las universidades occidentales, parte de la influyente intelectualidad del momento —como Jean-Paul Sartre y Michel Foucault— se posicionó a favor del ayatolá. Foucault: «Irán, o cómo introducir el elemento espiritual en la vida política». Foucault, de nuevo: «Jomeini, el santo hombre exiliado en Francia». Lo mismo hicieron poderosos medios, siendo la BBC uno de ellos.
El resto ya es historia: el 4 de enero de 1979, el sha, a la desesperada, confió el Gobierno a uno de sus más longevos adversarios, Chapur Bajtiar. Doce días después, el soberano abandonaba Irán para siempre. El 1 de febrero fue la fecha elegida por Jomeini para su regreso triunfal. Atrás quedaban el espectacular progreso económico de Irán en los sesenta y setenta o el papel decisivo del sha en la explosión de los precios energéticos en 1973, lo que empezó a granjearle enemistades en Occidente.
Pero también los fracasos: la «Revolución Blanca» de 1963 no había cumplido sus expectativas igualitarias, empezando por el reparto de tierras y el acceso a la educación. Una mala gestión que, años después, precipitó los acontecimientos.