Julio Borges, político y escritor venezolano
Julio Borges, político y escritor venezolano: «Occidente se suicida porque desprecia los valores que la hicieron grande»
El escritor coordinó y editó la obra La crisis espiritual de la democracia, donde escritores de 13 países comparten sus reflexiones desde el humanismo cristiano
Como resultado de una iniciativa editorial que ha logrado convocar a 30 autores de 13 países diferentes para hablar del tema de la democracia, se ha publicado recientemente el primer volumen del libro La crisis espiritual de la democracia, que fue coordinado por el político y escritor venezolano Julio Borges.
Este primer volumen, también editado por Borges junto a Juan Miguel Matheus, Rudy Albino de Assunção y Paola Bautista de Alemán, profundiza sobre temas tales como la polarización, el totalitarismo y el relativismo reinantes en la sociedad actual.
Borges asegura que el texto prologado por el profesor de la Universidad de Nueva York y expresidente del Instituto Universitario Europeo Joseph Weiler busca «un rescate de los valores humanos para que podamos sanar como sociedad y construir una democracia fuerte».
–El libro se centra en la recuperación del «alma de la democracia» ¿Qué debemos entender por esa alma?
–Cuando se ve la crisis actual de la democracia se piensa que es un problema político, de reglas de juego, de matemáticas, de mayorías y minorías. Y la realidad es que la democracia está retrocediendo en el mundo entero a una velocidad muy rápida y tiene que ver con el hecho de que el mundo y sobre todo Occidente ha dejado de compartir unos valores que eran el cemento que hacía posible la democracia.
Si no entendemos bien esa raíz de la enfermedad, de esa crisis espiritual de la democracia, la democracia va a seguir retrocediendo en todas partes del mundo hasta prácticamente estar herida de muerte.
–En medio de esa crisis ¿Cómo se puede recuperar el vínculo entre derechos naturales y derechos humanos?
–Eso es el nudo de todo el planteamiento. Es decir, que seamos capaces de entender varios temas que son cruciales. El primero es que el vivir en libertad y en democracia no depende del Gobierno o del Estado. Es algo que tienes tú como derecho por ser un ser humano con dignidad.
Lo segundo es que como seres humanos tenemos unos derechos que son previos al Gobierno, al Parlamento, previo a la propia ley incluso y que el Estado lo que hace es reconocerlo. No te los fabrican o te los da, no te los regala, sino que tú los tienes antes que el Gobierno exista. Eso se ha deformado en el mundo contemporáneo y vivimos en una época donde cada quien está luchando para ser reconocido por el Estado.
El Estado se ha convertido en el gran árbitro de la vida, la dignidad y los derechos de la gente. Esa ecuación hay que voltearla y poner el énfasis en la persona, la comunidad, la familia y que el Estado se subordine a todas estas instituciones y personas.
Julio Borges, político y escritor venezolano coordinador del libro La crisis espiritual de la democracia
–¿Por qué es importante reivindicar las raíces cristianas de la democracia?
–La democracia nace a partir del ecosistema y los valores del cristianismo, es decir, en la medida en que el cristianismo empieza a hablar de dignidad humana, del principio de subsidiariedad, la necesidad de la comunidad y del bien común. Todos esos son los ingredientes que mezclados hacen posible que surja la democracia en Occidente.
Después de la caída del Muro de Berlín, la democracia dejó de ser un lugar de encuentro y es más bien hoy un campo de batalla y enfrentamientos entre grupos para tener esos derechos reconocidos por el Estado. También ha habido una transformación donde ya la meta no es desarrollar o promover democracia, sino que estamos viviendo una época, como se dice neo imperial, donde no hay reglas de juego, donde la democracia se sacrifica y al final el gran perdedor es la libertad de cada persona.
–¿Cómo hemos perdido el rumbo?
–Si tú ves, por ejemplo, los índices sobre democracia de Economist o de Freedom House, los países han retrocedido en las últimas dos décadas de manera brutal. Por ejemplo, hoy se considera que solo el 6 % del mundo entero vive en democracia. Más de la mitad de la población del mundo vive bajo gobiernos autoritarios y el otro grupo vive en gobiernos híbridos.
Ya no hay un proyecto común que comparta unos valores donde se pueda, en ese centro político, construir un proyecto democrático en el que no importe si eres de derecha o de izquierda. Eso se dinamitó, eso ya no existe y al no haber valores compartidos hay una polarización como agua y aceite que no se une.
El reto de quienes vivimos en esta época es cómo lograr hacer valer que esos ingredientes que hacen posible la democracia: dignidad humana, derechos humanos, diálogo, subsidiaridad, comunidad, bien común, vuelvan a ser defendidos por la ciudadanía.
–¿Cuál es el punto de equilibrio entre una polarización resultado del disenso y un consenso que no permite las divergencias?
– Cuando hablamos de la crisis de la democracia no es algo para tener miedo o para atemorizar o pensar que el mundo se acabó. La palabra crisis, en su origen etimológico del griego significa juicio, es decir, cuando algo está en crisis es algo que está en juicio permanente y eso es sano. Que la democracia esté permanentemente en agitación, en debate, en conversación, ese no es el problema.
El problema es que en este momento nosotros tengamos una una democracia totalitaria. ¿A qué me refiero? Donde hay una especie de dictadura, por ejemplo, como dijo Ratzinger en su momento, del relativismo. Todo da igual. Todo da lo mismo. La mayoría construye las reglas cuando le da la gana o como le da la gana. Si votamos por que haya esclavitud, bienvenido sea. Y eso no importa porque la mayoría lo decidió así y ahí es donde el tema entre el consenso o las mayorías es peligroso para la democracia.
Julio Borges, político y escritor venezolano coordinador del libro La crisis espiritual de la democracia
–Este libro está dirigido a los jóvenes quienes parecen apáticos ante la política partidaria ¿Cómo piensan llegar a ellos?
–En esta época que vivimos la gente no se siente identificada con movimientos políticos. No le dan un sentido de pertenencia a un proyecto de largo plazo ni se aferran a unos valores por los cuales luchar. Eso también está bastante en crisis y por lo tanto no es común que ahora mismo los jóvenes sientan que su vocación, por ejemplo, sea la política.
Un joven que se meta a político es un marciano, es un tipo que realmente es un raro y eso es una de las cosas que nosotros queremos ayudar con el libro para abrir un debate sobre todo en las universidades, tanto en España como en los distintos países de Hispanoamérica, para promover algo que para mí es esencial: superar esa división en que la sociedad se divide en los políticos y nosotros, que no somos políticos. Eso es una gran perversión para la democracia.
Nosotros lo que quisiéramos es que todo el mundo dijera todos somos políticos, todos absolutamente somos políticos.
–¿Qué papel juegan los valores cristianos en la solución de esta crisis?
–No es casualidad que el 99,9 % de los autores del texto son católicos y cuando no son católicos son cristianos. Y esto no es un tema de sectarismo o limitantes es más bien todo lo contrario. Buscamos abrir una discusión fundamental que es entender que la reconstrucción de la democracia pasa por una reconstrucción de la persona y que la crisis de nuestro tiempo es una crisis fundamentalmente existencial, ética y emocional de cómo se vive la vida política y cómo se vive la vida social.
La reconstrucción de la democracia pasa por una reconstrucción de la persona
El dilema de Occidente es precisamente cómo lograr renacer esos valores humanos que hicieron posible que Occidente lidere al proyecto de libertad y de progreso que hoy por hoy está bajo una especie de guerra de exterminio hasta por el propio Occidente, que es lo más triste. Es decir, un Occidente que se suicida porque niega y desprecia los valores que hicieron posible la grandeza de la civilización occidental.
–¿Dónde ubicas el pecado original de la civilización occidental?
–Una de las palabras que tenemos que volver a entender, rescatar, enriquecer y darle un nuevo contenido y relanzar es la palabra libertad. Porque libertad durante todo este siglo se ha ido entendiendo a lo que yo siento, a lo que yo quiero, a lo que yo deseo, a lo que me da la gana. Y ese ha sido el germen, la semilla de la destrucción.
Democracia no es libertad para hacer lo que me da la gana. Democracia es libertad para poder ser parte del bien de todos, para hacer parte del bien común. Por eso tiene que haber un rescate de los valores humanos para que nosotros podamos sanar como sociedad y construir una democracia fuerte. No hay otro camino. Y ese es el antídoto, la cura a la crisis espiritual de la democracia.