Venezuela: la puerta está abierta, ahora hay que atravesarla
Hoy Venezuela está llena de esperanza. Se siente en el silencio expectante de la gente, pero la historia enseña algo implacable: las transiciones se ganan empujando, no esperando
William Maldonado, un migrante venezolano de 22 años sostiene una bandera de Venezuela
Han pasado más de dos semanas desde el 3 de enero y hoy podemos decir algo que, durante años, parecía imposible: Venezuela está mejor que entonces. No porque el camino esté despejado, ni porque el peligro haya desaparecido, sino porque el miedo ya no gobierna en solitario. Algo se rompió. Algo cambió.
El 3 de enero se descabezó la dictadura. Nicolás Maduro y Cilia Flores dejaron de ser el centro de gravedad del poder. Ese hecho, por sí solo, no es una transición. Pero sí es la ruptura del ciclo de dominación que durante años se sostuvo sobre la impunidad, el terror y la mentira. Hoy el monstruo sigue ahí, pero sin cabeza. Y la historia demuestra que los monstruos sin cabeza no sobreviven si la sociedad mantiene la presión.
La pregunta ya no es si Venezuela puede cambiar. La pregunta es si tendremos la fuerza, la claridad y la perseverancia para completar el proceso.
La puerta se abrió: no podemos permitir que se cierre
Las transiciones no ocurren de golpe ni por decreto. Se abren por rendijas. Lo que ocurrió en enero fue exactamente eso: se abrió una puerta y logramos meter el pie para que no se cerrara. Ahora el desafío es mayor: hay que empujar con todo el cuerpo para abrirla por completo.
Eso exige foco. Exige resistir la tentación de la improvisación, del cansancio o de la falsa normalidad. Exige, sobre todo, entender que la liberación es apenas el primer paso. Sin inauguración democrática y sin consolidación institucional, la liberación se convierte en un paréntesis peligroso.
El origen real del cambio: 28 de julio
Conviene recordarlo con firmeza: el verdadero punto de no retorno no fue el 3 de enero, fue el 28 de julio de 2024. Ese día, millones de venezolanos, de manera pacífica, organizada y valiente, defendieron su derecho al voto y expresaron con claridad su voluntad de cambio.
Allí nació la legitimidad que hoy sostiene este proceso. Allí Venezuela se reencontró consigo misma como un pueblo consciente, educado y profundamente democrático. El futuro no puede construirse de espaldas a esa gesta.
La responsabilidad tiene nombre propio
También hay que decirlo sin ambigüedades: todo lo que ha ocurrido en las últimas horas es consecuencia directa de Nicolás Maduro. Durante años tuvo alternativas. Pudo reconocer la voluntad popular, abrir una transición, desmontar el aparato represivo, detener la deriva criminal del Estado. Eligió lo contrario.
Este desenlace no es una conspiración: es la consecuencia de decisiones acumuladas. Y quienes hoy permanecen en los restos del madurismo deben entender algo elemental: insistir en la resistencia criminal los conducirá exactamente al mismo destino.
Las tareas inmediatas de la liberación
Si este proceso quiere avanzar hacia una transición real, hay prioridades que no admiten dilación. Es urgente.
La primera es la libertad inmediata de todos los presos políticos, civiles y militares, y la creación de condiciones verificables para el regreso seguro de los exiliados. Sin eso, no hay transición: hay maquillaje.
La segunda es el desarme y neutralización de los grupos paramilitares y cuerpos represivos que aún recorren Caracas y otras ciudades sembrando miedo. La paz no se decreta; se garantiza. Sin monopolio legítimo de la fuerza, no hay democracia posible.
La tercera es un cronograma electoral claro y creíble: nuevo árbitro electoral, elecciones libres de Parlamento, gobernadores y alcaldes, y una fecha definida para una elección presidencial futura. La democracia necesita reglas, tiempos y árbitros confiables.
La cuarta es el desbloqueo del internet, la legalización de los partidos políticos y la reapertura del espacio cívico. Sin libertades básicas, no hay política, solo simulación.
Una transición con liderazgo y con aliados
Esta etapa exige también rostros y liderazgos claros. Edmundo González y María Corina Machado deben ser voces centrales del proceso. No por capricho, sino porque representan la legitimidad política y moral expresada por la mayoría de los venezolanos.
Al mismo tiempo, esta transición debe ser un proyecto nacional, capaz de incorporar a todo aquel que esté dispuesto a romper de manera real y verificable con la dictadura. Unidad no es impunidad, pero sin unidad democrática no hay reconstrucción posible.
La comunidad internacional —en particular Estados Unidos y los aliados democráticos— tiene un papel clave. No como tutores permanentes, sino como garantes de que el foco no se pierda: devolverles a los venezolanos su libertad, su futuro, su dignidad y su derecho a decidir.
Esperanza, pero sin pausa
Hoy Venezuela está llena de esperanza. Se siente en las calles, en los mensajes, en el silencio expectante de la gente. Pero la historia enseña algo implacable: las transiciones se ganan empujando, no esperando.
Este es un proceso abierto. Un parto. Duele. Asusta. Cansa. Pero también es la primera vez en mucho tiempo que la esperanza no es retórica, sino concreta.
La puerta está abierta. El pie ya está dentro. Ahora hay que atravesarla. Y hacerlo con la serenidad de quien sabe que no se trata solo de salir de una dictadura, sino de volver a ser una democracia gobernante, no una democracia gobernada.