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Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

¿Cómo ven los iraníes la guerra?

La República Islámica está trabajando desde abajo, movilizando a sus partidarios y remodelando el sentimiento público a través del nacionalismo de guerra

Musulmanes chiíes con retratos del líder supremo iraní asesinado, Alí ​​Jamenei, y de su hijo, el nuevo líder supremo del país, Mojtaba Jamenei

Musulmanes chiíes con retratos del líder supremo iraní abatido, Alí ​​Jamenei, y de su hijo, el nuevo líder supremo del país, Mojtaba JameneiAFP

Cuando Esquilo escribió su tragedia Los persas, de un lado trataba de celebrar la victoria de Atenas sobre Jerjes en la segunda guerra Médica (480 a. C.), pero en su tragedia no celebra triunfos, sino que ilustra la grandeza y caída de los grandes; el coro de ancianos angustiados por la derrota, el fantasma de Darío explicando los sucesos, el mensajero que viene de Susa con tristes noticias y, finalmente, un Jerjes destruido que llega para lamentarse, por los persas y por sí mismo.

Sin embargo, esta nueva guerra en Persia está lejos de lograr una fácil resolución. Washington e Israel tienen razón al afirmar que sus bombas han causado estragos en las capacidades militares de Irán, pero si creen que Teherán está a punto de caer, probablemente se equivocan.

La República Islámica ha mantenido una cohesión notable desde que comenzaron los ataques. Su sistema de mando y control permanece intacto, a pesar de haber perdido a muchos líderes. Ha conservado suficiente potencia de fuego para lanzar ataques con misiles contra bases estadounidenses, Israel y varios países árabes del Golfo Pérsico. El régimen de los ayatolás nombró rápidamente a Mojtaba, el hijo de línea dura del anciano Jamenei, como su nuevo líder supremo.

Durante más de dos décadas —desde la invasión estadounidense de Irak en 2003 y, especialmente, desde la guerra de 12 días del pasado junio— Teherán se ha estado preparando para un gran ataque estadounidense y ha estado dando señales de que respondería con furia. Basó su estrategia en un plan para causar el máximo caos con la esperanza de restablecer la disuasión, que es exactamente lo que ha hecho.

Irán está utilizando la guerra para reforzar su posición interna. Antes de que comenzaran los bombardeos, el régimen se había vuelto profundamente impopular en el país y era objeto de repetidas protestas masivas que solo podía sofocar con una represión cada vez mayor. Pero, más allá de proporcionar una justificación adicional para una represión más brutal, la guerra con Washington le ofrece una nueva fuente de legitimidad.

El conflicto ha permitido a los líderes iraníes argumentar que están plantando cara con valentía a los invasores extranjeros. Está fomentando un sentido de cohesión similar al que se arraigó tras la guerra entre Irán e Irak. Los bombardeos, al fin y al cabo, están matando tanto a personal militar como a civiles, generando una cultura del martirio que se está extendiendo por las ciudades iraníes.

Los daños de este conflicto acaban de comenzar. A medida que surgen imágenes de civiles y soldados iraníes muertos y de infraestructuras devastadas, la población puede enfurecerse cada vez más contra los atacantes extranjeros y temer que el conflicto conduzca al colapso del Estado en lugar de a un cambio de régimen. Aún no está claro cómo se desarrollará este escenario.

La República Islámica se enfrentaba a una grave resistencia interna antes de que comenzara la guerra, hasta tal punto que muchos iraníes acogieron con agrado la intervención exterior. Incluso si Teherán consigue ahora un repunte en el apoyo, la destrucción que ha sufrido Irán no hará más que agravar sus retos de gobernanza.

Estados Unidos podría decidir en última instancia lanzar una invasión terrestre y llevar a cabo él mismo un cambio de régimen; sin embargo, no parece lo más probable, más bien, en este punto, la administración Trump deja entrever su deseo de alcanzar un punto suficiente para declarar que ha obtenido sus objetivos militares y retirarse de esta guerra. Pero eso no va a ser fácil.

Después de que Israel atacara el complejo de la embajada iraní en Damasco en abril de 2024, Teherán lanzó una lluvia de drones y misiles balísticos contra territorio israelí, pero casi todos sus proyectiles fueron interceptados. En julio de ese año, los líderes iraníes permanecieron casi totalmente en silencio después de que Israel asesinara al líder de Hamás, Ismail Haniyeh, en Teherán.

Irán lanzó otra andanada contra Israel después de que este matara al líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah. Pero este ataque también fue neutralizado en su mayor parte. E Irán se abstuvo de una represalia significativa después de que Washington bombardease el programa nuclear iraní en junio de 2025. Tras esta Guerra de los 12 días (entre el 13 y el 24 de junio de 2025), que contó con la participación de Estados Unidos, se trastocó la frágil estabilidad en la región del Medio Oriente, pero los aliados de la República Islámica comenzaron a dudar de si Teherán estaba dispuesto a luchar contra sus enemigos, sobre todo teniendo en cuenta que Irán a veces anunciaba sus ataques por adelantado a través de intermediarios.

Ahora las decisiones de la República Islámica siguen otros motivos. Los líderes iraníes creen que contraatacar con dureza protegerá en última instancia al país de Estados Unidos e Israel, al enseñar a ambos Estados que atacar a la República Islámica tiene consecuencias significativas. Pero también piensan que la guerra reforzará el régimen en el país. Al fin y al cabo, la última guerra de Irán ayudó a sus líderes a consolidar el poder.

Ahora mismo la República Islámica está trabajando desde abajo, movilizando a sus partidarios y remodelando el sentimiento público a través del nacionalismo de guerra. Quiere derrotar a sus enemigos en el campo de batalla y está igual de centrada, internamente, en consolidar su posición en el país.

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