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Crisis en el Gobierno de Netanyahu e indignación popular en Israel por la tregua con Irán

El eje opositor, encabezado en la Kneset (Parlamento) por Yair Lapid, considera que el alto el fuego expone la debilidad personal del primer ministro

Yair Lapid y Naftali Bennett

los dirigentes opositores israelíes Yair Lapid y Naftali Bennett en una foto de archivoAFP

En momentos en que la opinión publica veía la creciente debilidad iraní, esperando el golpe definitivo a su poder militar, la tregua de 14 días indignó a Israel. «Es como un alto al fuego con Alemania en 1945, algo ridículo», dijo el experto Ariel Batal. Su opinión refleja a la enorme mayoría popular, incluyendo cristianos y drusos israelíes. Y no pocos musulmanes.

La critica en Israel ante el alto al fuego con Irán es abrumadora. El sistema político gira en torno a tres ejes: legitimidad de la tregua, balance militar y relación con Washington. A partir de ahí, gobierno y oposición discuten acaloradamente... por decirlo suave.

El alto el fuego no aplica al frente libanés. Hezbolá no está incluido, y por eso se mantienen operaciones. En palabras de Netanyahu «tenemos más objetivos que lograr» y el acuerdo «no es el fin» del conflicto. Esa línea marca la narrativa oficial: tregua táctica con Irán, guerra abierta con los terroristas del norte. Dentro de la coalición oficial tampoco la posición es homogénea. Se defiende que el resultado militar fue significativo, aunque incompleto. Netanyahu insiste en que Israel actuará «con fuerza, precisión y determinación» contra Hezbolá manteniendo «el dedo en el gatillo». La idea central es que el alto el fuego no limita su libertad operativa ni el objetivo de eliminar el peligro chiíta.

Esta narrativa enfrenta una amplia crítica. El eje opositor, encabezado en la Kneset (Parlamento) por Yair Lapid, considera que el alto el fuego expone la debilidad personal del premier. «Nunca hubo un desastre diplomático así e Israel ni siquiera estuvo en la mesa donde se decidió sobre nuestra seguridad». Lapid fue más allá y separo niveles: el ejército cumplió, la sociedad resistió y el gobierno falló. Según sus palabras, «el ejército hizo todo lo que se le pidió… pero Netanyahu fracasó». Otras voces son más duras. Avigdor Liberman sostiene que la tregua permite a Irán reorganizarse y mencionó la «torpeza» de prometer una «victoria total». La crítica no es ideológica sino práctica: no se lograron los objetivos declarados, ni eliminar del todo la amenaza nuclear ni quebrar definitivamente a Hezbolá.

En esta situación, el principal líder opositor, Naftalí Benet -ex combatiente de élite y creador tecnológico- capitaliza el vacío. Su línea es pragmática: aumentar la disuasión. Afirma que «el problema no fue la guerra sino su conducción», y «es hora de cambiar este gobierno mentiroso y sin corazón». Afirma que Israel perdió iniciativa frente a Washington. «Somos aliados de América, pero Netanyahu es un vasallo sumiso... deberíamos haber terminado con Irán solos, tenemos el poder de hacerlo y más ahora que nunca».

Ese punto -la alianza con Donald Trump- sigue siendo un valioso activo. Netanyahu agradeció su respaldo y enmarcó la tregua como parte de una estrategia común. Trump, por su parte, definió el acuerdo como una «victoria para todos». Pero Lapid dijo que el premier, fiel a su estilo, miente. «El no es parte de las decisiones, su opinión no tiene la fuerza necesaria... debe renunciar ya».

Confianza en Marco Rubio

En Israel la alianza se interpreta de dos formas. Para el oficialismo, Trump evitó una escalada mayor sin limitar la acción israelí en Líbano. Para la oposición, dejó a Israel fuera del proceso decisorio e interrumpió las acciones cuando «Irán es más débil que nunca». Esa es la crítica clave: subordinación en lugar de independencia. En Washington, figuras como Marco Rubio mantienen una línea dura contra Irán, defensora de la presión continua. Rubio es visto como garante de que el alto el fuego no derive en concesiones estratégicas. Sin embargo, medios como Político o Axios reflejan tensiones internas entre escalada y contención, lo que genera dudas. La opinión pública tiene la sensación de objetivos aún incumplidos.

Por su lado, el ejercito israelí mantiene una versión más técnica. Portavoces destacaron que los objetivos tácticos se cumplieron: eliminación de mandos, destrucción de infraestructura y degradación de capacidades. La lectura interna es que la guerra contra Hezbolá sigue siendo necesaria y viable. En términos operativos, no hay sensación de derrota. Sin embargo hay un matiz: la campaña debe generar un cambio más profundo. Se golpeó con eficacia, pero no se terminó el trabajo.

Los medios israelíes -siempre hipercríticos- reflejan bien esa fragmentación. En Ynet y The Jerusalem Post conviven análisis que destacan logros militares con críticas al premier. Enfatizan la desconexión entre expectativas y resultados. Otros insisten en que la guerra no terminó y que el alto el fuego es sólo temporal. En redes y espacios de opinión, incluidos analistas como Natan Fuks o el famoso influencer argentino Luciano Mondino -radicado en Madrid-, aparece un patrón similar: reconocimiento de la capacidad militar israelí, pero dudas sobre la conducción política y la gestión del vínculo con Washington. Se repite una idea: Israel domina el campo militar y se destaca en Inteligencia, pero no controla las decisiones estratégicas.

El balance final se discute. Para el gobierno, el alto el fuego es un instrumento temporal que permite seguir golpeando a Hezbolá sin escalar con Irán. Para la oposición, es la prueba de una gestión torpe que pudo exigir ya el knockout de Teherán. La discusión no es si la guerra era necesaria, sino que podía -y aún puede- avanzar más lejos. Hacer inevitable el derrumbe de la teocracia y sus proxis, como una fila de dominó. Mas allá de si estas dos semanas marcan una pausa o se extienden, la sensación en Israel es que la era Netanyahu llegará a su fin en los comicios de septiembre.

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