Fundado en 1910
AnálisisAquilino Cayuela

¿Dónde queda China en el conflicto de Irán?

Los líderes chinos veían a Estados Unidos como una potencia en declive, pero ahora comprueban que se está volviendo peligrosa e impredecible

El presidente chino Xi Jinping durante un acto con el secretario general del Partido Comunista de VietnamAFP

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán es la conflagración regional más importante de los últimos tiempos. A diferencia de la invasión rusa de Ucrania, la guerra en Irán amenaza intereses estratégicos fundamentales para China, no solo por una dependencia aguda de los hidrocarburos de Oriente Medio, sino porque un Washington cada vez más volátil está desestabilizando el orden mundial establecido antes y del que depende Pekín.

El peligro para China no radica solo en la escasez inmediata, sino en el desorden. Un Estados Unidos más débil es manejable, pero uno que sea impredecible, asertivo y sin las restricciones del sistema, hasta ahora estaba establecido, es mucho más peligroso.

Un Estados Unidos en declive podía crear oportunidades para China; un Estados Unidos volátil destruye las condiciones mismas que permiten que esas oportunidades se materialicen. Lo que Pekín teme no es que Washington pierda poder, sino que ejerza el poder que ahora mismo tiene en formas que hagan difícil su crecimiento global.

Ante un Washington cada vez más temerario, los dirigentes chinos están actuando con cautela, protegiendo sus puntos débiles y se resisten a asumir responsabilidades globales para las que no están preparados.

Por eso la respuesta, hasta hora, moderada de China hacia la guerra en Irán –diálogo diplomático, llamamientos al alto el fuego y evitación de la implicación militar directa– que no refleja indiferencia ni una búsqueda oportunista de beneficios.

Se trata de un esfuerzo deliberado por gestionar el riesgo sistémico, preservar las condiciones externas necesarias para el comercio y el flujo de capitales, y salvaguardar los cimientos del ascenso, a largo plazo, para China.

El reto de China ahora no es simplemente ascender dentro del sistema global, sino sobrevivir a su desmoronamiento. En un mundo cada vez más marcado por la disrupción en lugar de por el diseño. Ahora la mayor amenaza para las ambiciones de China no es la fortaleza estadounidense, sino la inestabilidad que genera la política exterior estadounidense.

Si alguien tiene claro que la globalización está gravemente facturada, es China. Europa, sin embargo, aún se aferra a la globalización, negándose a reconocer que el mundo ha cambiado y dentro de ella, la torpe política exterior de Pedro Sánchez nos aparta por momentos de una actitud cautelosa y prudente.

Desde que China se reabrió al resto del mundo, en 1979, había acumulado riqueza y poder dentro de un sistema internacional construido y sostenido por Estados Unidos. Pekín explotó ese orden en su propio beneficio, lo desafió y construyó alternativas a su alrededor.

En 2014 China comenzó a despuntar como el gran hegemón alternativo, pero seguía dependiendo de las condiciones esenciales de ese orden: rutas marítimas abiertas, mercados en expansión, capacidad de obtener préstamos y comerciar en dólares, e instituciones multilaterales lo suficientemente sólidas como para absorber las crisis geopolíticas antes de que se convirtieran en sistémicas. Esa dependencia profunda de la globalización ha favorecido el ascenso del gigante asiático como nuca en su historia moderna.

Sin embargo, a medida que Xi Jinping ha impulsado la economía hacia una mayor autosuficiencia, en nombre de la seguridad, la industria china se ha enfrentado a una caída de los beneficios y a un exceso de capacidad creciente, señales de la tensión que conlleva tal cambio.

Para compensarlo, Pekín había desarrollado un sofisticado conjunto de herramientas de política económica aprovechando el acceso a su mercado interno, el dominio de la cadena de suministro de elementos de tierras raras, los acuerdos de préstamos e inversión, y herramientas coercitivas como los controles a la exportación y las sanciones.

Pero estas herramientas se basan en una premisa fundamental: que el sistema internacional siga siendo estable, predecible y gobernado por normas en lugar de por el poder bruto. Esa premisa está ahora en entredicho.

Las recientes acciones militares de Washington en Venezuela e Irán, sin tener apenas en cuenta las consecuencias económicas ni el derecho internacional, ponen de relieve una realidad que los estrategas chinos no pueden ignorar: el sistema liderado por Estados Unidos que aprendieron a manejar y explotar está mutando a gran velocidad, y el reordenamiento que se está produciendo ahora no beneficia los intereses de Pekín.

La Administración Trump ha marcado un rumbo claro y asertivo en su política exterior, que se dirige primordialmente a romper el dominio de las rutas comerciales e intereses de China, como el gran desarrollo alcanzado en la «nueva ruta de la seda». Trump no da palos de ciego cuando habla de tomar el control de Groenlandia, el canal de Panamá, incrementar su dominio en Alaska, o como ya ha hecho con Venezuela. Todo esto desbarata el avance del dominio chino en los mares, rompiendo la expansión de su influencia global.

Los líderes chinos veían a Estados Unidos como una potencia en declive, pero ahora comprueban que se está volviendo peligrosa e impredecible. Entienden que, a medida que la influencia económica y diplomática de Washington decae su recurso ahora es, la única forma de poder de la que dispone en abundancia, la fuerza militar.

La paradoja de Xi es que se encuentra con unos Estados Unidos menos fiables para todos, como garante del orden internacional, algo bueno para China, pero a su vez se enfrenta a lo que más temía: un sistema internacional volátil e inestable, donde Pekín ha perdido, por el momento, la mano de generar ella misma la tensión.