La liberación de Cuba con la de Venezuela sacudirá el mundo como lo hizo la caída del muro de Berlín
La liberación de Venezuela y la estabilidad de Iberoamérica toda, de continuar vivo el comunismo cubano, será efímera. Se impone su caída cabal para sustraer al continente de la más insidiosa fuente de quimeras y miserias
El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel
La encarcelación de Maduro y la presión sobre Cuba detienen funestas tendencias y abren magníficas posibilidades… pero ha de procederse al pronto remate para asegurar un proceso ascensional clave para Occidente.
Antes del tres de enero —cuando bombas cayeron sobre Caracas— el quimerismo hispanoamericano avanzaba: delirio, envilecimiento, disolución, atomización y crimen impulsado desde el eje La Habana-Caracas. ¿Sus agentes? La izquierda radical, el narcotráfico, el crimen organizado, las guerrillas, los fundamentalismos y todo OPNI —objeto político no identificado— o nebulosa antioccidental que quepa imaginar.
Con Maduro tras las rejas, con la expulsión del grueso de la inteligencia cubana y con la presión puesta por los EE. UU. sobre el poder chavista, se inicia un contraflujo que pone al comunismo cubano al borde del precipicio y a los agentes del quimerismo y la disolución cortos de financiamiento y referentes.
Lo que ocurra en Venezuela es clave para sustraer un continente entero del influjo suicida antioccidental y mantener vivos valores esenciales. La vieja Europa —sumida en el abismo demográfico y el relativismo total— luce presta a mutar hacia bases ajenas a sus fundamentos cristianos. Salvo giro in extremis, la salvación de Occidente vendrá de América.
Aislada por océanos del muy denso hervidero afroeuroasiático —pletórico de milenarias y explosivas facturas por cobrar en todas direcciones, amén de debates bizantinos interminables—, América no ha caído en una atonía demográfica prácticamente insalvable y el Dios cristiano puede todavía ser evocado sin escándalo en la plaza pública.
Agreguemos: en ella hay más margen para mantener la noción de realidad objetiva, afianzar la dignidad de la persona y la libertad del individuo, estabilizar la cohesión social en torno a valores compartidos con orgullo, sembrar la confianza en la propia historia y valores, gravitar alrededor de un anclaje trascendente firme… para poder enfrentarnos con resolución a un mundo carnívoro con el orgullo de defender un legado que merece continuidad: la civilización Occidental.
Un individuo imprevisible —Trump— ha intervenido en el Caribe ejerciendo un poder militar sobrecogedor. Ha puesto en jaque al eje La Habana-Caracas. Está a punto de caer, no exagero, el «muro de Berlín» iberoamericano… pero no remata. ¡Y se metió en el denso avispero iraní sin consolidar este proceso! Por si fuera poco, las elecciones de medio mandato están cerca y, de perderlas, arderán las quimeras con renovados bríos y volverán, más fuertes, las cadenas: los verdugos solo se hallan en modo acecho, prestos al contraataque.
Procede acometer una insumisión inquebrantable y ordenada al poder chavista. Insisto: ordenada. Una simple revuelta podría ser catastrófica. Meras peticiones puntuales y sectoriales no conllevarían transformaciones. Un movimiento encuadrado por un liderazgo político venezolano legítimo, en cambio, junto a una presión estadounidense adecuada sobre el poder chavista —que impida su desbordamiento— posibilitará un cambio real sin traumas mayores.
La cabeza del liderazgo venezolano legítimo es María Corina Machado. Su regreso a Venezuela acelerará el proceso de cambio real, generando las formas organizativas, las estrategias, los tiempos. Por otra parte, el poder de fuego de cara al poder chavista —la amenaza creíble efectiva— continúa: aunque el volumen de la flota ha disminuido respecto al pico del tres de enero, persisten grupos de buques de asalto anfibio con miles de infantes de marina listos, un portaaviones con su escolta realizando ejercicios estratégicos en la región y capacidades aéreas avanzadas desde bases cercanas, todo ello modernizado con maniobras continuas de alta tecnología.
Pero la liberación de Venezuela y la estabilidad de Iberoamérica toda, de continuar vivo el comunismo cubano, será efímera. Se impone su caída cabal para sustraer al continente de la más insidiosa fuente de quimeras y miserias que construyen y reconstruyen sin cejar sus eficientes y fanatizados agentes. La historia tiene un comienzo neto en 1959, cuando Castro visita en Caracas a Betancourt —figura clave del período democrático venezolano— y le propone un plan de subversión continental que fue rechazado. Caro ha sido el precio: desde allí se desató un pulso del cual la derrota de las guerrillas, la llegada al poder de Chávez y la caída de Maduro no son sino capítulos de una novela de décadas que convendría concluir de una vez.
Una vez caído el muro La Habana-Caracas, tocará pagar facturas. Ardua será la negociación del precio. Habrá que establecerlo, con uñas y dientes, alejándose del servilismo y de las fobias, aferrándose a intereses y valores comunes, buscando con urgencia una concertación iberoamericana que nos haga pesar juntos frente al gigante del Norte para hacerle entender que, si se pretende una alianza estable y fecunda, esta solo cabe entre quienes se miran con franqueza y en un plano horizontal. De forjarse esta alianza, desde este Occidente americano podrá reavivarse la llama de una civilización que nos sustraiga del fanatismo, el colectivismo y el nihilismo que rondan en los tiempos que corren.