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¿Por qué no se puede celebrar una final deportiva en París sin que corra la sangre?

Entre un Estado que no logra hacerse respetar, una juventud propensa al enfrentamiento y una inmigración descontrola, la mezcla es algo más que explosiva

Choques entre seguidores del PSG y agentes antidisturbios en ParísJerome Gilles / NurPhoto via AFP

Un muerto, decenas de heridos, 780 detenciones -más de un 60 % en París, porque los incidentes también se han producido en grandes ciudades como Toulouse, Rennes o Estrasburgo-, una comisaría a punto de ser atacada en el distrito 8 de la capital o un centenar de morteros y 24 antorchas confiscados por las fuerzas del orden, siempre en París. Incluso escenas ridículas y preocupantes - ¿Dónde queda la ejemplaridad? - , como la del diputado macronista Karl Olive subiéndose al capó de un automóvil. Ese es el balance de los incidentes que empezaron a producirse en cuanto el defensa del Arsenal Gabriel Magalhaes falló su penalti en la final de la Liga de Campeones, otorgando, de esa manera, al Paris Saint-Germain la victoria en la competición por segundo año consecutivo.

En la edición anterior también se produjeron este tipo de incidentes en París y en otros puntos de Francia. El ministro del Interior, Laurent Núñez -que en 2025 se desempeñaba como jefe superior de Policía de París-, aprendió la lección: el sábado desplegó para la ocasión 22.000 agentes en toda Francia, 8.000 de ellos en su principal ciudad.

La cruda realidad es que semejante dispositivo no ha sido suficiente, pese a que el estallido de violencia era previsible. Igual que hace un año, y como sucede ahora cada vez que los aficionados parisinos tienen algo que celebrar… Pero al adaptarse constantemente, el riesgo es acostumbrarse. Para abordar un problema, primero hay que reconocer su existencia; en este caso, el hecho de que tantos jóvenes hayan abandonado por completo el respeto de las normas cívicas hasta el punto de no poder imaginar una celebración sino destrozando, saqueando e incendiando. Por eso, la prioridad es mantener estos eventos dentro del ámbito de lo intolerable.

No es el caso. En lo tocante al Paris Saint Germain se puede hablar desde hace más de 30 años de costumbre arraigada. El 23 de agosto de 1993, en Caen, los ultras del PSG atacaron violentamente a la policía antidisturbios en las gradas, hiriendo a diez agentes. Estas imágenes, ampliamente difundidas por los medios, contribuyeron a la imagen negativa de los seguidores del PSG. Ocho años después, el 13 de agosto de 2001, en el Parque de los Príncipes, es decir, su estadio, estos mismos ultras protagonizaron una multitudinaria reyerta con los seguidores del Galatasaray turco. Balance de la soirée: cincuenta hinchas hospitalizados.

Un lustro más tarde, el 23 de noviembre de 2006, al término del partido entre el PSG y el Hapoel Tel Aviv, hinchas parisinos persiguieron a un seguidor rival y a un policía que intentaba protegerlo. Rodeado por una multitud hostil, el agente abrió fuego, hiriendo mortalmente a uno de los agresores. En 2013, el entonces presidente del club, Robin Leproux, disolvió los grupos ultras. Tampoco ha sido suficiente.

Mas no es solo en el universo balompédico. Estas escenas se repiten tras los partidos, los días festivos nacionales, Año Nuevo o cualquier pretexto que pueda atraer multitudes. Se han convertido en un fenómeno social en sí mismo. La inmigración masiva ha propiciado la formación de territorios donde prevalecen normas diferentes.

La noche posterior a la victoria del PSG no fue, por lo tanto, solo una noche de disturbios. Fue una manifestación. «Una manifestación de que ninguna sociedad puede sobrevivir mucho tiempo cuando quienes rechazan las normas comunes se vuelven más decididos que quienes tienen la responsabilidad de defenderlas», señala la publicación conservadora Causeur.

Año tras año, estas prácticas se arraigan y se transmiten a las generaciones más jóvenes, que ven estas fechas como oportunidades para generar caos con poco coste (el porcentaje de detenidos que reciben condenas es muy bajo) y para enfrentarse a la policía o, los más decididos, para saquear. Algunos lo ven como una vía de escape necesaria para la expresión de una energía juvenil que siempre ha sido difícil de canalizar; otros, como una expansión gradual del ámbito de los disturbios y la ley de pandillas frente a un Estado que lucha, o incluso duda, en ejercer su monopolio sobre la violencia física legítima. Síntoma de una sociedad fragmentada y de un Estado al que pronto se le podrá calificar de fallido.