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El primer ministro británico, Keir Starmer, posa con su esposa Victoria en la puerta del número 10 de Downing StreetAFP

Por qué el Reino Unido se ha convertido en una picadora de primeros ministros

El Brexit les ha pasado factura; pero también la ola populista y su incapacidad para impulsar la recuperación económica

«El poder desgasta a quien no lo tiene», solía decir, con su habitual socarronería, Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia entre 1972 en 1992. Lo decía en calidad de quién operaba en el sistema gubernamental más inestable y fragmentado de Europa junto con el de Bélgica.

En el extremo opuesto estaba el sistema político británico, modelo antaño de estabilidad sostenida sobre un bipartidismo cuasi perfecto, fruto, a su vez, de un sistema electoral, el first past the post, que premia masivamente al candidato más votado en un distrito uninominal. Un sistema que funcionaba desde el final de la Segunda Guerra Mundial prácticamente sin apenas fisuras: las dos más notables fueron las generadas por parlamentos sin mayoría absoluta en los comicios de febrero de 1974 y mayo de 2010.

En el primer caso, el entuerto se resolvió por una repetición de elecciones; en el segundo, mediante la constitución de un Gobierno de coalición entre conservadores y liberales. El sistema siguió funcionando después, si bien ya estaba algo averiado desde el Brexit.

Se suele considerar el referéndum, celebrado hace diez años, que certificó la salida del Reino Unido de la Unión Europea como el inicio de una inestabilidad gubernamental que el país no conocía desde la década comprendida entre 1827 y 1837, que vio a ocho primeros ministros ocupar el despacho principal del número 10 de Downing Street. Es decir, la época inmediatamente anterior al inicio del reinado de Victoria, que vio al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda –todavía sin el «del Norte»– convertirse en primera potencia mundial gracias a la pujanza de su Imperio. 190 años después ya no es, ni muchísimo menos, el caso.

Muchos achacan a David Cameron, primer ministro entre 2010 y 2016, ser el principal responsable de haber agregado la decadencia institucional a la geoestratégica, ya consolidada desde hace décadas. El principal reproche que se le formula es haber organizado el ya famoso referéndum, pidiendo durante seis semanas la permanencia del Reino Unido en la UE tras haberla cuestionado. El exministro Denis Macshane desmenuza este ejercicio de cinismo político en How Britain left Europe, un ensayo de amena e imprescindible lectura para los interesados en la materia.

Designar como único responsable de un fracaso político a una sola persona es siempre un ejercicio arriesgado. Sin embargo, no es menos cierto que desde 2016, Downing Street ha dejado de ser un centro de estabilidad. Una década que también ha visto pasar a nueve ministros de Asuntos Exteriores y a nueve de Economía.

Y, sobre todo, a seis primeros ministros. La sucesora inmediata de Cameron, Theresa May, duró en el cargo tres años y 12 días: el Brexit también la derrocó al no lograr obtener el apoyo parlamentario para sus planes de salida de la UE. Después llegó Boris Johnson, principal promotor del Brexit, que fue primer ministro 33 días más que May. Artífice, con demagogia, de la victoria electoral de 2019, logró a principios de 2020, el acuerdo definitivo con Bruselas. Pero acabó contra las cuerdas por una serie de escándalos cada vez mayores, incluidas fiestas Downing Street que violaron las normas de confinamiento del periodo del Covid.

Su sucesora, Liz Truss, fue rápidamente destituida –solo estuvo 49 días en los que, eso sí, gestionó eficazmente el doble escenario de los funerales de Isabel II y la proclamación de Carlos III– por sus controvertidos e inaplicables planes fiscales. Terminó la serie conservadora el digno Rishi Sunak, el primer jefe de Gobierno de ascendencia india que, además, tuvo que cargar con el peso de la crisis interna, cada vez menos latente, del partido tory. Perdió su cargo cuando el Partido Laborista de sir Keir Starmer obtuvo una victoria aplastante en las elecciones de 2024.

La opinión generalmente admitida es que las elecciones de 2024 fueron más un referéndum sobre la larga trayectoria del Partido Conservador en el poder que un respaldo incondicional a Starmer. Una victoria que, en todo caso, el todavía primer ministro no supo, y desde el principio, administrar.

Mas el Brexit no es la única causa de ese interminable y vertiginoso desfile de primeros ministros. De forma más inmediata, se podría decir que, pese de contar con una amplia mayoría, Starmer heredó un país asediado por profundos problemas económicos y sociales, y una opinión pública impaciente, influenciado por las redes sociales, que esperaba un cambio rápido y eficaz. No se ha producido.

Con todo, la opinión pública británica no se distingue completamente de las opiniones públicas del resto de democracias occidentales. En primer lugar, por el subidón populista generalizado, plasmado en el Reino Unido por Reform UK. La creciente popularidad de este partido exacerba las presiones procedentes de la opinión, lo que desemboca en que su postura se aparente a una amenaza existencial tanto para el país como para la política tradicional.

En segundo lugar, se puede alegar que la estagnación económica genera igualmente un aumento de la presión política. Baste decir que los salarios apenas han seguido el ritmo del aumento de los precios al consumidor, lo que significa que la gente no percibe mayor bienestar se siente mucho mejor.

Desde que el Partido Laborista volvió al poder en 2024, el salario semanal promedio, ajustado a la inflación y sin incluir las bonificaciones, ha subido menos del 1%, hasta las 494 libras esterlinas (alrededor de 571 euros), según la oficina de estadísticas del Reino Unido, un crecimiento apenas superior al registrado desde 2019. Mientras tanto, los impuestos se encuentran en máximos de varias décadas. ¿Le daría rápidamente la vuelta a esta situación un Partido Conservador que aún gobernaba hace apenas dos años?

Un tercer motivo que se podría tener en cuenta es el paulatino debilitamiento de la institución encarnada por el primer ministro. Nada extraño cuando sus titulares duran cada vez menos tiempo en el cargo. Pero también conviene señalar el comportamiento poco decoroso de sus titulares y, de forma muy especial de sus asesores áulicos.

No solo fueron las fiestas ilegales de Boris Johnson, que indignaron a la opinión pública. También escenas indecorosas para la representación simbólica del poder como la de Dominic Cummings, mano derecha de Johnson hasta su caída en desgracia, abandonando Downing Street de mala manera con sus pertenencias apiladas en bolsas de basura. O el espectáculo barriobajero que culminó con el cese de Morgan McSweeney, jefe de Gabinete de Starmer. Unos comportamientos que acaban desprestigiando la cosa pública ante la ciudadanía.

¿Alguien se imagina a sir John Martin haciendo lo propio en tiempos de Churchill o a sir Robin Butler durante la larga etapa de Thatcher? Eran asesores conscientes de que su primer deber consistía en no llamar la atención. El Reino Unido tampoco es inmune a la política espectáculo, siendo la principal víctima de esta tendencia su venerable sistema político.