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Eduardo Zalovich
AnálisisEduardo ZalovichTel Aviv (Israel)

Netanyahu se dirige a una derrota electoral –casi– segura

La decadencia política del primer ministro israelí responde a una suma de factores: la responsabilidad por el desastre del 7 de octubre, su rechazo a crear una comisión estatal para investigar la masacre, su larga permanencia en el poder, los procesos judiciales, la dependencia de los jaredim y la actual tensión con Washington

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, durante una rueda de prensa en Jerusalén

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, durante una rueda de prensa en JerusalénAFP

Benjamin Netanyahu ha sido la figura dominante de la política israelí durante tres décadas. Su carrera se construyó sobre una imagen de liderazgo fuerte, notable habilidad comunicacional y la convicción de ser capaz de enfrentar las amenazas regionales. Sin embargo, en los últimos años, se ha producido un deterioro progresivo de su posición, como consecuencia de múltiples factores.

El punto más importante fue el criminal ataque de Hamás en 2023, con más de 1.200 asesinados y 252 secuestrados; con violaciones, torturas y matanza de bebes. Amplios sectores de la sociedad israelí consideran que su gestión fracasó en un aspecto fundamental: garantizar la seguridad del Estado. La percepción de responsabilidad política por el mayor desastre en la historia israelí continúa acompañándolo y ha dañado gravemente la confianza pública.

A ello se suma la acusación permanente de sus rivales de priorizar su supervivencia política por encima de los intereses nacionales. Opositores como Naftali Bennett, Yair Lapid y Avigdor Liberman sostienen que toma decisiones condicionadas por la preservación de su coalición y sus propios procesos judiciales. Lapid ha llegado a afirmar que ciertas decisiones relacionadas con la guerra y los rehenes estuvieron motivadas por cálculos personales y no por criterios estratégicos.

Ambición y falta de empatía

Netanyahu ha perdido contacto con amplios sectores de la población. Los sondeos difundidos por medios israelíes como el Canal 12, Maariv, Ynet oThe Jerusalem Post reflejan una imagen de dirigente distante, poco empático con las familias de los rehenes y más interesado en las maniobras políticas que en el sufrimiento social. Esta percepción de frialdad personal constituye una diferencia importante con etapas anteriores de su carrera, cuando su imagen se asociaba a firmeza y cercanía.

La relación con los partidos jaredim (ultraortodoxos) es motivo creciente de rechazo. Las exenciones militares para ese grupo genera indignación entre reservistas, soldados y la sociedad en general. Los ciudadanos consideran injusto que decenas de miles de jóvenes religiosos permanezcan exentos mientras otros soportan el duro peso de una guerra prolongada. Bennett y Liberman han utilizado este tema para mostrar a Bibi –apodo de Netanyahu– como rehén político de sus socios de coalición.

En paralelo, la corrupción y los procesos judiciales siguen proyectando una sombra permanente sobre su liderazgo. Aunque Netanyahu niega todas las acusaciones y sostiene que es víctima de una persecución política, el hecho de que continúe enfrentando juicios debilita su autoridad moral.

La dimensión familiar también ha afectado su imagen. Su esposa Sara ha contribuido a la percepción de que existe una excesiva influencia familiar sobre las decisiones de Gobierno. Su hijo Yair representa otro foco constante de problemas. Sus publicaciones en redes sociales, enfrentamientos con periodistas y declaraciones extremas han provocado numerosas críticas. Particularmente dañina para la imagen del Gobierno es que Yair vive en Miami, mientras miles de reservistas combaten al terrorismo. Yair se convirtió en un símbolo de desconexión entre la élite gobernante y los sacrificios exigidos a la población.

¿El golpe maestro?

Debido al acuerdo de 60 días entre Estados Unidos e Irán, la relación con Washington –cuyo presidente Donald Trump es considerado de los más proisraelíes de la historia– atraviesa una etapa compleja. Aunque el vínculo estratégico sigue siendo sólido, han surgido diferencias sobre la conducción de la guerra y las condiciones a imponer a la teocracia iraní. Dentro del Partido Republicano amplios sectores apoyan –desde siempre– a Netanyahu. Pero hay voces que consideran que su estilo y la prolongada permanencia en el poder dificultan ciertos objetivos estadounidenses.

Las críticas de la semana pasada del vicepresidente J.D. Vance han causado indignación entre los partidarios de la alianza con Israel en su país y en el propio Estado judío. Con conocimiento de causa podemos afirmar que el lobby Cristianos Unidos por Israel y AIPAC, ambos con millones de miembros, lo han marcado para siempre. Y esto pesa en la política americana, favoreciendo así al otro aspirante a suceder al presidente –el secretario de Estado, Marco Rubio–, quien además se opuso al acuerdo. Pero las críticas perjudican a Bibi, que siempre se ha jactado de ser quien mejor maneja la alianza con Washington y de su amistad personal con Trump.

El crecimiento político de Naftali Bennett, excolaborador y hoy duro opositor, es otro indicador relevante. Encuestas israelíes recientes muestran que gran parte del electorado lo considera una alternativa mejor que el premier. Se pronostican entre 59 y 61 legisladores para la oposición y 51 para el oficialismo, en un Parlamento unicameral de 120 miembros. Este fenómeno es particularmente significativo porque no proviene de la izquierda ni del centro liberal, sino del mismo espacio ideológico que históricamente sostuvo a Netanyahu. Es interesante recordar que todos los líderes opositores fueron en su momento colaboradores o aliados de Bibi, y terminaron afirmando unánimemente que es imposible confiar en él. Es decir que el factor personal pesa más aún que el ideológico.

En concreto, la decadencia política de Netanyahu responde a una suma de factores: la responsabilidad por el desastre del 7 de octubre –que se niega a asumir–, su rechazo a crear una comisión estatal para investigar la masacre, su larga permanencia en el poder, los procesos judiciales, la dependencia de los jaredim y la actual tensión con Washington. A pesar de todo, sigue siendo el político más experimentado y resiliente de Israel. Su capacidad para mantenerse en el Gobierno durante tantos años demuestra que tiene importantes apoyos; pero se enfrenta al período más débil de su carrera. Todo político sensato sabe que eternizarse en el poder es riesgoso y negativo. Salvo cuando la ambición lo domina, y no viceversa como debe ser. Israel parece dirigirse, en definitiva, a un saludable cambio de liderazgo.

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