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La doctrina Netanyahu: convencer a Israel de que no hay alternativa

El tono de tinte mesiánico que suele emplear para los grandes anuncios parece reflejar que se ve a sí mismo como una suerte de salvador. O es él o el caos

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel

Benjamín Netanyahu, primer ministro de IsraelAmir Cohen / AFP

En enero de 1993, un joven político del partido conservador Likud de 43 años, impecablemente vestido, con el estilo directo de la política estadounidense y un inglés casi nativo adquirido durante sus años de formación en Estados Unidos, irrumpió en horario de máxima audiencia en la televisión israelí. Benjamín Netanyahu denunció que estaba siendo víctima de un chantaje político relacionado con una supuesta cinta de vídeo comprometida que probaría una relación extramatrimonial. Aunque negó la existencia de la grabación, admitió públicamente una aventura pasajera y sugirió que detrás de la maniobra se encontraba un rival interno del Likud.

La supuesta grabación nunca apareció. La investigación policial tampoco halló pruebas de extorsión ni de conspiración organizada. Pero para entonces ya era irrelevante. Netanyahu había logrado presentarse ante la militancia como víctima de las viejas estructuras del partido y como el único candidato capaz de derrotarlas.

Dos meses después conquistó el liderazgo del Likud y el 18 de junio de 1996 se convirtió por primera vez en primer ministro de Israel. Treinta años después de aquella victoria, Netanyahu vuelve a presentarse ante los votantes. Lo hace convertido en el dirigente que más tiempo ha gobernado Israel, con más de dieciocho años acumulados en el cargo a lo largo de tres etapas distintas y después de haber sobrevivido derrotas electorales, intentos de arrinconamiento político, procesos judiciales, fracturas internas en la derecha, protestas masivas contra la reforma judicial y al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, la mayor masacre de judíos desde el Holocausto.

Más allá de los cuestionamientos externos e internos acerca de su rechazo a dejar el poder, el tono de tinte mesiánico que suele emplear para los grandes anuncios parece reflejar que se ve a sí mismo como una suerte de salvador. O es él o el caos.

«Me voy a presentar a las elecciones y tengo la intención de ganar», declaró en una reciente comparecencia al hacer pública su intención de competir en las urnas.

El anuncio de que volverá a presentarse a las elecciones previstas en octubre supone la continuación de una estrategia que ha definido toda su carrera política: convencer a los israelíes de que, pese al desgaste, sigue siendo la opción más segura en un entorno que perciben como cada vez más hostil.

El superviviente

Su trayectoria política se ha visto marcada a lo largo de las décadas por la resistencia, una capacidad camaleónica para pactar con quien hiciera falta para conformar una coalición de Gobierno, consciente de la aritmética parlamentaria en un sistema parlamentario altamente atomizado como el israelí, arrogancia con mezcla de descaro la conocida como «jutzpá» israelí para desafiar a dirigentes, entre ellos a varios inquilinos de la Casa Blanca, y presentarse como salvador de situaciones que probablemente haya propiciado o colaborado en propiciar él mismo.

Netanyahu ha sobrevivido a derrotas electorales, a varios intentos de relevo dentro de su propio partido, a años de investigaciones judiciales por corrupción, a cinco elecciones en menos de cuatro años y a uno de los movimientos de protesta más importantes de la historia del país. También al 7 de octubre, un acontecimiento considerado la peor falla de seguridad y que muchos israelíes consideraron el final inevitable de su carrera política.

Como muestra, uno de los episodios menos recordados, pero más reveladores, fue su paso por el Ministerio de Finanzas bajo el gobierno de Ariel Sharon entre 2003 y 2005. Sharon lo nombró en un momento de fuerte recesión económica, con la intención de situarlo en un espacio técnico que redujera su margen político.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante su visita a Washington

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante su visita a WashingtonAFP

El efecto fue el contrario. Desde allí impulsó un giro económico de corte liberal que redujo el peso del Estado y reordenó las cuentas públicas. Aquel período terminó asociado al impulso de la llamada start-up nation. Ese movimiento de contención acabó funcionando como plataforma de relanzamiento.

Durante algunos años, parte de su base política llegó a corearlo en actos y concentraciones con el apodo de «Rey Bibi», una forma de reconocimiento político informal que condensaba tanto lealtad como centralidad dentro del campo de la derecha israelí.

Su fortaleza ha sido comprender la mecánica del poder israelí mejor que la mayoría de sus rivales

Su principal habilidad nunca ha sido la de generar consensos amplios. Tampoco la de inspirar entusiasmo fuera de su base electoral. Su fortaleza ha sido comprender la mecánica del poder israelí mejor que la mayoría de sus rivales. Netanyahu ha demostrado una capacidad extraordinaria para leer la aritmética parlamentaria, explotar las divisiones de sus adversarios y construir coaliciones improbables cuando parecía políticamente acabado.

Del 7 de octubre a la reconstrucción del liderazgo

Durante décadas, Netanyahu construyó su liderazgo sobre una promesa fundamental: la seguridad.

El terrorismo palestino primero, el programa nuclear iraní después y la expansión de la milicia chií libanesa Hezbolá en la frontera norte terminaron configurando una narrativa sencilla y eficaz para las campañas electorales. Israel vive bajo amenaza constante y necesita dirigentes experimentados para afrontar esa realidad.

El ataque de Hamás en 2023 hizo añicos esa credencial. El premier israelí bajo cuyo mandato se produjo la mayor masacre de judíos desde este siglo, con la mayor crisis de rehenes incluida, parecía avocado al hundimiento definitivo, máxime cuando al ataque precedieron airadas protestas que amenazaban con desmembrar el país.

Pero nada de eso ocurrió. El trauma que generó el 7 de octubre, sumado a las campañas militares posteriores en Gaza, Líbano e Irán alteraron el marco del debate político. El foco pasó de estar exclusivamente centrado en quién estaba al frente del desastre a virar a quién estaba en condiciones de gestionar sus consecuencias.

Netanyahu entendió rápidamente esa oportunidad política. No podía presentarse como el hombre que evitó el desastre, pero sí podía intentar presentarse como el dirigente que había sabido responder a él. Y pese al desgaste de la guerra, la eliminación del líder de Hezbolá, Hasan Nasrala, y sobre todo el regreso a casa de los secuestrados por Hamás y sus restos, gracias a la intermediación de EE.UU. y de su presidente Trump, colaboraron a cerrar el círculo.

La movilización permanente

La investigadora Maya Rosen, del centro de estudios Chatham House, sostiene que Netanyahu ha impulsado durante años una visión de Israel basada en la movilización permanente frente a amenazas constantes. En ese modelo, la seguridad deja de ser una política pública más para convertirse en el eje organizador de la vida nacional.

La tesis ayuda a comprender por qué Netanyahu sigue encontrando terreno fértil incluso después del 7 de octubre.

La sensación de amenaza no ha desaparecido sino que sigue latente. La confrontación con Hezbolá y la rivalidad abierta con Irán han reforzado la percepción de que Israel atraviesa una etapa excepcional.

Ese contexto favorece a un dirigente que lleva más de tres décadas presentándose como especialista en crisis.

Sin embargo, la movilización permanente tiene costes evidentes. La economía ha soportado una enorme presión. Miles de reservistas han sido llamados repetidamente a filas y una parte creciente de la sociedad israelí muestra signos de agotamiento.

La devastación en Gaza provocó acusaciones de genocidio en el extranjero que Israel rechaza y una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra, la cual calificó de absurda.

La política como cuestión personal

Pocas frases describen mejor a Netanyahu que una declaración realizada este año sobre la cuestión palestina: «La persona que ha bloqueado repetidamente la creación de un Estado palestino he sido yo», afirmó al reivindicar su trayectoria política.

La frase evidencia que aquellas épocas en las que aún los dirigentes israelíes se veían obligados a comulgar con la visión de los dos estados por corrección política internacional hace tiempo que quedó atrás.

En 2009, en un conocido discurso en la Universidad de Bar Ilán, había aceptado la posibilidad de dos Estados bajo condiciones estrictas. Aquel lenguaje ha ido desapareciendo de su discurso público, sustituido por una oposición frontal a su materialización bajo su mandato.

Esa postura sigue siendo un elemento de cohesión para una parte importante del electorado israelí y refuerza su imagen de dirigente dispuesto a desafiar presiones externas.

Trump y la campaña de la autonomía

La relación con Donald Trump será uno de los equilibrios más delicados de la campaña.

Durante años, Netanyahu convirtió su cercanía con el presidente estadounidense en uno de sus principales activos políticos. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y los Acuerdos de Abraham reforzaron esa imagen.

Hoy la situación es más compleja.

El presidente Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en el Knesset

El presidente Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en el KnessetEvelyn Hockstein / AFP

Netanyahu necesita preservar una relación estratégica esencial para Israel siendo Washington su principal valedor. Al mismo tiempo, necesita convencer a los votantes de que conserva plena autonomía de decisión.

El desafío consiste en proyectar la doble imagen de que se puede ser un aliado indispensable de Estados Unidos y defensor intransigente de los intereses israelíes.

Convencer a Israel de que no hay alternativa

Las encuestas reflejan una paradoja que resume el momento político israelí.

Según un estudio reciente del Israel Democracy Institute, alrededor del 61 % de los israelíes considera que Netanyahu no debería volver a presentarse a las elecciones. Una proporción similar respalda limitar los mandatos futuros de los primeros ministros. El dato refleja el desgaste acumulado tras años de polarización política, conflictos internos y guerra.

Sin embargo, esa fatiga no se traduce automáticamente en una alternativa clara de gobierno. Los sondeos siguen mostrando una oposición fragmentada, dificultades para construir una mayoría estable y una ausencia de liderazgos capaces de concentrar el apoyo de amplios sectores de la sociedad israelí.

Treinta años después de llegar por primera vez a la jefatura del Gobierno, sigue apelando al mismo argumento que lo impulsó en los años noventa. Israel afronta amenazas excepcionales y necesita una dirección experimentada para hacerles frente.

La gran incógnita es si, después del 7 de octubre y de casi tres años de guerra, los israelíes se guiarán en las urnas por el cansancio o el miedo.

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