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Eduardo Zalovich
CrónicaEduardo Zalovichtel Aviv

La revolución interna de Israel: todos contra todos y Netanyahu en el epicentro de la sacudida

Hay varios temas que definen la crisis El laberinto electoral por los próximos comicios de octubre; el factor Netanyahu que busca a cualquier precio mantener su liderazgo; el odio social hacia los dirigentes jaredim y el pulsoentre el Poder Judicial y el Gobierno

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ofreció una rueda de prensa en Jerusalén

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en rueda de prensa en JerusalénAFP

La realidad en Israel atraviesa un serio momento de intolerancia y división. Enfrentamientos sin piedad entre Netanyahu y la oposición, entre ultraortodoxos (jaredim) contra todos, y una lucha sangrienta entre clanes árabes. Tras un período de unión nacional por la guerra, la relativa calma regional abrió las fracturas estructurales del país, meses antes de las elecciones.

Hay varios temas que definen la crisis. El laberinto electoral por los próximos comicios de octubre; el factor Netanyahu que busca a cualquier precio mantener su liderazgo; el odio social hacia los dirigentes jaredim y el pulso institucional entre el Poder Judicial y el gobierno. Figuras opositoras y exmilitares de prestigio, como Naftali Bennett y Gadi Eisenkot, ganan terreno proyectándose como alternativas sensatas de centro y derecha moderada, capitalizando el desencanto ciudadano. Las encuestas al día de hoy muestran una diferencia de ocho bancas en favor de la coalición opositora. Una diferencia casi imposible de remontar.

Exención militar de los ultraortodoxos

El debate sobre la exención militar de los jóvenes ultraortodoxos se ha convertido en la mayor amenaza para una recuperación de Netanyahu. Durante décadas, los estudiantes de yeshivot (escuelas religiosas) estuvieron liberados del servicio obligatorio. Pero esa época se terminó. La presión militar y la carga sobre los reservistas han hecho que la sociedad exija «igualdad total».

Para complacer a sus socios ultraortodoxos –indispensables para él–, Bibi impulsó iniciativas como la Ley de Estudio de la Torá. El objetivo de esta ley es blindar el estudio religioso frente a la justicia y frenar así las órdenes de arresto, o la retirada de fondos públicos a los centros que no cooperan con el reclutamiento. El tema realmente enloquece a los rabinos extremistas y los ha llevado a bloquear carreteras, luchas violentas con los conductores y una represión policial que ya no es «suave» como en otras épocas. Hay cientos de arrestos tras cada protesta.

La Corte Suprema de Israel actúa como árbitro en esta disputa, lo que la colocó en el centro del huracán político. En fallos previos, el tribunal decidió que las exenciones masivas sin una legislación clara son inconstitucionales y discriminatorias. Al impulsar leyes que buscan esquivar estos fallos, el gobierno desafía directamente al poder judicial. El choque institucional es grave: si el gobierno aprueba leyes para blindar a los desertores y la Corte las anula, Israel entraría en una crisis constitucional de consecuencias imprevisibles. Con elementos similares a un golpe de Estado técnico.

La tensión legislativa se trasladó también a las calles, dividida en dos frentes de protesta. Ante las órdenes de reclutamiento e intentos de detención de jóvenes desertores, miles de jaredim fanáticos han bloqueado repetidamente carreteras claves, como la Ruta 1 –que conecta Tel Aviv con Jerusalén–, la Ruta 6 y la 4. Las principales del país.

Elecciones

En paralelo, grupos laicos y familias de reservistas organizaron marchas masivas en Tel Aviv y Haifa. Exigen adelantar las elecciones y una solución ya a la desigualdad del reclutamiento. Ignorar las resoluciones judiciales –como defiende el Likud– implica un desacato constitucional que pone en jaque la estabilidad democrática .

Israel ha demostrado a lo largo de su historia gran capacidad para superar amenazas. Desde su independencia, el país ha debido afrontar guerras, terrorismo y desafíos existenciales sin renunciar a su carácter democrático. Sin embargo preocupa el aumento de la intolerancia hacia quien piensa diferente, el cuestionamiento de instituciones fundamentales y un enojo general que se manifiesta tanto en la calle como en el parlamento.

La tensión trajo también una dimensión mediática. Periodistas y equipos de Canal 12 han denunciado un clima hostil, con insultos, intimidación y agresiones durante coberturas públicas. La Unión de Periodistas de Israel ha advertido que los ataques contra los medios constituyen un riesgo para la calidad democrática del país.

En la Knésset los debates han adquirido una dureza inusual, con expulsiones de diputados, interrupciones constantes y acusaciones personales que sustituyen el intercambio de argumentos. La oposición acusa al Ejecutivo de utilizar su mayoría parlamentaria para acelerar reformas inaceptables.

Lucha abierta entre clanes árabes

Por otra parte, la violencia en la sociedad árabe continúa siendo uno de los problemas estructurales más graves. Los enfrentamientos entre clanes criminales, el aumento de homicidios –14 la semana pasada– y la proliferación de armas ilegales afectan principalmente a ciudadanos árabe-israelíes, que reclaman una actuación más eficaz de la policía. Organizaciones civiles llevan años alertando de que esta situación erosiona la confianza de los ciudadanos musulmanes en las instituciones y amenaza la cohesión social.

Todo ello dibuja una imagen compleja. Israel sigue siendo una democracia fuerte, con una prensa libre, un sistema judicial independiente y una sociedad civil activa. Precisamente por eso, los conflictos internos se desarrollan a plena luz del día y ocupan titulares. Esta transparencia, aunque proyecte una imagen de división, constituye también una de las fortalezas del país. Los problemas se discuten abiertamente para encontrar soluciones y no se ocultan como en las dictaduras.

La historia israelí muestra que las grandes crisis internas han terminado resolviéndose mediante mecanismos democráticos. Hoy vuelve a vivirse una prueba similar. La cuestión no es únicamente quién ganará las elecciones, sino si la sociedad israelí podrá recuperar un espacio de respeto mutuo que permita coexistir a sensibilidades muy diferentes.

Al fin y al cabo, la principal fortaleza de Israel nunca ha sido la ausencia de desacuerdos. Ha sido su capacidad para discutirlos sin perder de vista el objetivo fundamental: mantener un Estado democrático y fuerte que pueda superar cualquier amenaza.

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