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Ángel Santiesteban Prats
CrónicaÁngel Santiesteban PratsLa Habana

A cinco años del estallido social del 11 de Julio en Cuba la dictadura tiene miedo a que se repita

Aquel es el único día de libertad que los cubanos conocen. Y anhelan que vuelva a producirse. Parecía el fin de la dictadura. Se creyó que era suficiente que el pueblo lo quisiera para que se le respetara su decisión, pero no fue así

La Habana (Cuba)

Imagen del estallido social en Cuba el 11J

Imagen del estallido social en Cuba el 11JRR SS

La pesadilla de ver al pueblo en las calles exigiendo libertad, apenas permite que duerman los dictadores. Pensar en que vuelva a producirse la mayor protesta pacífica en los 67 años en el poder, no les deja conciliar el sueño.

Saben que el estadillo comenzó el 11 de julio de 2021 (11J) por cualquier razón, entre las tantas que tienen los cubanos para quejarse todos los días. La internet propagó la noticia: «El pueblo de San Antonio de los Baños está en la calle exigiendo libertad». Parecía insólito. Nadie podía creerlo. Y algunas fotos y vídeos lograron expandirse y llegar por Facebook a los confines de la isla. Otras ciudades comenzaron a encenderse también. Enseguida se recibieron noticias de la ciudad de Cárdenas, en Matanzas.

Cuando quitaron la internet, ya era tarde. La isla ardía a través de las protestas pacíficas

Cuando quitaron la internet, ya era tarde. La isla ardía a través de las protestas pacíficas. Las calles se llenaron de ciudadanos buscando la esperanza de una independencia, que pudiera darnos la oportunidad de abandonar la pobreza.

Indiscutiblemente, fue un sueño hermoso. Se gritaba el gran «delito» prohibido desde que nacimos: libertad. Parecía el fin de la dictadura. Se creyó que era suficiente que el pueblo lo quisiera para que se le respetara su decisión. Pero no se sabía hasta dónde podría llegar la desvergüenza de un régimen totalitario.

Golpizas, humillaciones y detenciones

Hasta que llegó la confrontación del régimen y «la orden de combate» dada por el dictador Miguel Díaz-Canel. Enseguida comenzaron los disparos, las heridas de balas y el muerto en el barrio La Güinera. Las unidades militares trasladaron en camiones a su séquito con palos en las manos. Y comenzaron las golpizas, las humillaciones, las detenciones.

No importaba si pasabas en ese momento por la calle, o si estabas asomado en la puerta de tu casa. A todo el que una mano represora alcanzaba, era lanzado sobre un camión y llevado al calabozo. Gran parte de esos detenidos solo fueron curiosos. Incluso, algunos padres que salieron a buscar a sus hijos y los sorprendieron en la vía pública. Nada importaba, salvo dejar claro que el terror, en su mayor escala, se había apoderado del país.

Sangrando y sin fuerza, los obligaban a gritar «viva la revolución», «viva Fidel y Raúl Castro», «Viva Díaz-Canel»

Los llevaron hacia las unidades policiales. Allí fueron recibidos con golpizas hasta ser desmayados. Sangrando y sin fuerza, los obligaban a gritar «viva la revolución», «viva Fidel y Raúl Castro», «Viva Díaz-Canel». Y luego que gritaran, volvían a golpearlos hasta volver a desmayarlos. No hubo la menor compasión. Pasaron varios días con dolores musculares y heridas, sin recibir atención médica, sin agua ni comida. Eran puros desperdicios humanos, literalmente.

Los juicios fueron sumarios. Primero, los policías y la seguridad del Estado localizaron a todos los que aparecían en los vídeos subidos a las redes. Luego no les bastó, necesitaban más presos. Para ello, el acto circense abría su carpa nacional. Buscaron «testigos» que pertenecían al Partido Comunista de Cuba, para que dieran falsas declaraciones de que habían visto a los detenidos manifestándose. Los jueces y fiscales sabían que estaban procesando a inocentes o, al menos, sin pruebas suficientes que ayudaran a probar su participación; pero a esa instancia, y bajo la orden de guerra dada por el gobernante, nadie puede negarse sin que sea acusado de traidor.

Muchos de esos militantes comunistas hicieron el ridículo en el acto oral, al no saber ni con la ropa que iban vestidos sus señalados. Por supuesto, jamás habían sido visto por los acusados, pero ese detalle era lo de menos. Quedó probada la inocencia de muchos, al ser señalados en zonas donde no fueron detenidos. Y entre una y otra posición geográfica, quedaban varios kilómetros de distancia.

Las condenas

Al final, la gran parte fue enviada a prisión con condenas que rondan, en gran parte, entre cinco y quince años. A otra parte se les mantuvo por varios meses detenidos en prisiones sin procesos legales. Luego los dejaron ir bajo advertencia. Tenían que comprometerse a tener un buen comportamiento. No obstante, permaneció sobre ellos el seguimiento enfermizo de la policía política y del jefe de sector de su localidad.

La dictadura aprendió que, a la menor protesta, lo primero que debe hacer es quitar la conexión de internet para que no se propague la llama de rebeldía. Y en estos cinco años ha sido un ejercicio tan constante, que ya el pueblo sabe que, cuando la quitan, es porque algo está sucediendo en algún lugar de Cuba. La dictadura asumió que tenía que mantener en su totalidad de sus condenas, a todos sus apresados. Tenía que hacerles ver a todos los que protestan, lo que les iba a ocurrir. Ahí está la enseñanza.

Una prisión en Cuba es la escuela de la supervivencia. Golpizas constantes por parte de los militares. Los guardias son los mayores traficantes de drogas. Desmayos de los reos por la hambruna. Muerte por falta de atención médica. El calvario de las familias para atenderlos y garantizarles una jaba de comida. Comida que se quitan ellos de consumir.

A pesar de todo el castigo, los cubanos no se arrepienten de aquella gloriosa jornada del 11-J. Las generaciones actuales de hasta casi setenta años, nacieron en dictadura. Aquel es el único día de libertad que los cubanos conocen. Y anhelan que vuelva a producirse.

El caos y la desesperanza es el mayor alimento para que vuelva a repetirse otro 11J. Por eso la dictadura, a través de sus represores, actúa de manera milimétrica, ante cada «desafío» como dar un like en las redes sociales. Saben que ese dedo en la tecla, es un posible grito futuro.

Más de 1.200 presos políticos

Cuba será libre. De eso están convencidos todos los cubanos. Se ha pagado un alto precio de fusilados políticos, de los históricos hombres y mujeres Plantados en las cárceles cubanas por exigir libertad, tanto por la vía de las armas como por la vía pacífica. En la actualidad en Cuba hay más de 1 200 presos políticos. Todos por la lucha pacífica. Otra cantidad que se manifestó aquel 11-J, por miedo y presión de los familiares, fueron convencidos a callar, pero están presos por exigir la libertad y son parte de la estadística silenciosa.

Este 11-J todos los activistas estarán sitiados en sus casas. Autos de patrulla con sicarios de la Seguridad del Estado estarán amenazándolos en la puerta de sus casas para que no salgan a la calle. No podrán salir ni a buscar el pan del día.

La dictadura manifiesta mucho miedo a través de su represión. El pueblo de Cuba cierra los ojos y sueña, con que ese día se repita. Pero que esta vez sea el día definitivo para la libertad.

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