El valor de la diáspora venezolana
En el destierro, el venezolano no se ha esterilizado. Al contrario: ha aquilatado conocimientos, asimilado culturas y adoptado hábitos de vanguardia
María Corina Machado en una misa con la diáspora venezolana en Ciudad de Panamá
La diáspora venezolana ha dejado de ser solo un desgarrador drama humanitario para convertirse en el capital más formidable de nuestra redención nacional. No hablamos de un saldo migratorio común. Hablamos de más de 9 millones de almas dispersas por el planeta; una cifra que supera la población de más de 98 países del mundo, si nos atenemos al cálculo utilizando el estándar internacional de la Organización de las Naciones Unidas.
Este éxodo, nacido del dolor y la fractura de nuestros hogares, es hoy una fuerza viva e indomable. He definido la experiencia del destierro como un intenso dolor de patria ausente. Lo viví en carne propia aquella mañana del 17 de noviembre de 2017, cuando puse un pie en Cúcuta, Colombia, consumando con éxito mi fuga emprendida para liberarme de la injusta prisión a la que estaba sometido por más de mil días. En ese instante crucial, pensé en lo que el poeta Andrés Eloy Blanco le escribió al maestro Rómulo Gallegos antes de padecer su propio destierro: «Rómulo, vete caminando de espaldas para que sientas que estás volviendo». Y así, con esa misma añoranza de volver a Venezuela, me acuesto y me levanto diariamente. Sé muy bien lo que pesa la nostalgia y lo que simboliza la diáspora.
El valor de esta inmensa legión no reside únicamente en su dimensión cuantitativa, sino en su valía cualitativa. En el destierro, el venezolano no se ha esterilizado. Al contrario: ha aquilatado conocimientos, asimilado culturas y adoptado hábitos de vanguardia. Ha aguzado un talento creativo que hoy se traduce en proyectos exitosos en tierras ajenas. Ese patrimonio intelectual y de resiliencia no se perdió; está guardado, listo para ser puesto al servicio de la reconstrucción del suelo que nos vio nacer.
No estamos inventando un camino; estamos siguiendo las huellas de naciones que convirtieron su nostalgia en progreso y superaron catástrofes apoyándose en sus comunidades en el exterior. A la vista está el ejemplo de Irlanda y su Red de Talento: tras décadas de emigración forzada, el gobierno irlandés no vio a sus ciudadanos afuera como una pérdida, sino como una extensión de la patria. Crearon redes globales de negocios que atrajeron inversiones masivas de tecnología y convirtieron a una isla empobrecida en el «Tigre Céltico».
También Israel, desde su fundación, estructuró un vínculo indisoluble con sus comunidades globales. Facilitó la inversión a distancia, el retorno de científicos y la creación de fondos de capital de riesgo que transformaron al país en una potencia tecnológica mundial.
Otra referencia relevante la representa Taiwán y el retorno de cerebros. En los años 80 y 90, diseñó parques tecnológicos y subsidios específicos para atraer los conocimientos de sus profesionales formados en Silicon Valley, sentando las bases de su dominio industrial actual.
Asumir este desafío exige madurez política, generosidad humana y una profunda empatía. Debemos suprimir para siempre la tentación de juzgar o demonizar a quienes no regresarán en la primera etapa de la transición. Hay miles de familias que ya han echado raíces profundas en Berlín, en Chile, en Colombia o en España. Hay venezolanos que han levantado empresas prósperas en Perú o en los Estados Unidos. Quedarse no significa desapego, frialdad ni olvido de la patria amada. El amor por Venezuela no se mide por la proximidad geográfica, sino por el compromiso inquebrantable con su destino. El cordón umbilical que nos une a la tierra sigue intacto y palpitando.
El futuro gobierno democrático de Venezuela debe prepararse para esta realidad de forma científica e institucional. Las huellas del éxodo no desaparecerán de un día para otro, y la distancia ya no es una barrera en la era digital. Es imperativo diseñar mecanismos gubernamentales modernos e instancias específicas que atiendan a la diáspora. Debemos canalizar el trabajo a distancia de miles de profesionales que, desde Europa, Asia o cualquier lugar de América, anhelan desarrollar proyectos de ingeniería, educación, salud, sector agropecuario, turismo o tecnología para el país. Además, esta integración debe ser plena porque la diáspora es sujeto de derechos humanos y políticos inalienables. Esto incluye garantizar de forma transparente su derecho al voto y asegurar una representación parlamentaria real en las instituciones del Estado.
Estén donde estén, bajo el cielo que los cobije, somos una sola nación indivisible decidida a renacer, aun teniendo presente el verso nostálgico del «poeta enamorado», José Ángel Buesa, admitiendo lejos de su Cuba natal, que «no tienen estrellas las noches del destierro».
La reconstrucción de Venezuela no se hará sin su diáspora; se hará gracias a ella. Cada venezolano en el exterior, trabaje desde donde trabaje, ya está caminando de espaldas, sintiendo que está volviendo.