Iberoamérica, teatro de operaciones
A más de tres décadas de su creación como foro de integración y diálogo, la Cumbre Iberoamericana afronta variados desafíos marcados por algunas ausencias gubernamentales y un escenario global convulso que exige recuperar la sensatez y afianzar la relevancia internacional de la región
Hace más de tres décadas, el nacimiento de las Cumbres Iberoamericanas supuso un hito geopolítico fundamental para la comunidad de naciones hispanohablantes y lusófonas. Nacidas con la vocación de tender puentes firmes entre Europa y América, estas citas de alto nivel se concibieron como un espacio singularizado por el fomento de la integración, el diálogo multilateral y la cooperación pragmática en materia social, cultural y económica. Desde sus primeros pasos, el éxito y la consolidación institucional de este foro contaron con el impulso decisivo de la Monarquía española. La impronta personal y el dinamismo diplomático del Rey Juan Carlos I resultaron determinantes para sentar en la misma mesa a mandatarios de ideologías radicalmente opuestas, otorgando a la instancia un sello de continuidad y neutralidad. Tradición que hoy perpetúa y encarna con rigor el Rey Felipe VI, en un entorno internacional sustancialmente más complejo.
La meta esencial de este entramado institucional ha sido siempre erigirse en un punto de encuentro desideologizado, donde los lazos históricos y las prioridades compartidas prevalezcan sobre los antagonismos partidistas del momento. Sin embargo, mantener ese espíritu, cómo una zona preservada del conflicto partidario no siempre se ha logrado con éxito. Las tensiones geopolíticas y la creciente fragmentación han permeado con frecuencia las deliberaciones, poniendo a prueba la cohesión interna del bloque iberoamericano y desvirtuando, en ocasiones, su propósito fundacional de cooperación de Estado.
El Rey Felipe VI (d) y el presidente de la República de Chile, José Antonio Kast (i)
De hecho, el encuentro de este año ofrece un síntoma preocupante de estas fracturas internas con la ausencia confirmada de los máximos representantes de México, Venezuela y Brasil. Resulta paradójico e ilustrativo que estos tres países, considerados aliados naturales del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, decidan marginarse de la cita. No acuden a arroparle ni a despedirse ante la eventualidad de que su ciclo político concluya si pierde las próximas elecciones generales de fines de este mes. Más allá de la táctica política de corto alcance o del cálculo partidista de sus respectivos ejecutivos, esta deserción supone innecesario daño para la propia cumbre. Prescindir de la voz y presencia de actores con un peso demográfico, económico y político tan determinante mengua la fuerza del foro y debilita la capacidad del espacio iberoamericano para proyectarse de manera unánime. Ahora bien, del mismo modo, se debe lamentar que se ausenten del evento, los gobiernos de Peru, Colombia, El Salvador y Ecuador. Mas aun, si consideramos que algunos de estos países cuentan con nuevas administraciones y tendría mucho valor que expresen, en un foro como la cumbre, sus compromisos con la integración regional. Solos y aislados no llegarán a ninguna parte.
La urgencia de la cohesión
El encuentro de este año no se celebra en el vacío, sino en un contexto mundial atravesado por una polarización extrema y una peligrosa erosión del orden internacional multipolar. La proliferación de conflictos armados, la creciente competencia entre grandes potencias y el despliegue proteccionista han debilitado las instancias de la diplomacia tradicional. En este escenario convulso, las naciones que integran el espacio iberoamericano corren el riesgo de quedar relegadas a meras espectadoras o a ser utilizadas como tableros de influencia geopolítica exterior si no logran cerrar filas y articular una voz compartida.
Por todo ello, resulta más imperativo que nunca que la región afiance resueltamente sus lazos y se constituya en un actor de peso en el concierto internacional. Iberoamérica alberga una riqueza estratégica innegable: posee vastas reservas de recursos naturales y energías renovables, una biodiversidad inestimable, una población joven e interconectada, y una herencia cultural compartida que abarca a más de 600 millones de personas. Si los gobiernos de la región logran superar el cortoplacismo ideológico y concentrarse en agendas estratégicas de desarrollo, conectividad y transición ecológica, la comunidad iberoamericana estará en condiciones de inclinar la balanza en las grandes discusiones mundiales. Sin duda, los acuerdos ya alcanzados previos a la cumbre y que los altos dignatarios participantes ratificarán, constituyen una buena demostración de que se camina por la senda correcta.
El compromiso con la paz y la sensatez
Frente al clima imperante de confrontación y bloques contrapuestos, el mundo necesita desesperadamente retornar a mayores niveles de paz, sensatez y vínculos constructivos. Iberoamérica guarda en sus raíces históricas y en su diversidad una vocación pacífica y un compromiso inalienable con los valores democráticos. Iberoamérica debe recuperar la audacia y la templanza que permitieron superar graves crisis en el pasado, priorizando siempre el bienestar de sus ciudadanos por encima de los alineamientos coyunturales.
Convertir a Iberoamérica en un verdadero espacio de entendimiento y convergencia exige dejar de lado la retórica inflamada y las agendas divisorias. La Cumbre Iberoamericana no debe rendirse ante las ausencias ni resignarse a ser un espacio de las querellas políticas locales; por el contrario, debe reafirmar la vigencia del proyecto original iniciado hace tres décadas y renovar su papel como faro de estabilidad, cooperación fraterna y progreso compartido en el panorama internacional.