La humanidad no siempre progresa o evoluciona, aunque parezca increíble. Es posible que avancemos en lo tecnológico y hasta en lo científico, pero retrocedemos como nunca en la libertad. La pasión de los gobernantes actuales por prohibir no tiene precedentes en tiempos democráticos. Esa pulsión por cercenar espacios de libertad no es exclusiva de la izquierda. En los últimos tiempos también algún dirigente de derechas se ha deslizado por la cuesta abajo de las restricciones. No hay más estrategia: prohibir, prohibir y prohibir. Ahora mismo soy incapaz de recordar una sola iniciativa de algún gobernante, salvo Díaz Ayuso, que estuviese orientada a dar más libertad. Nos prohíben tener casas cerradas, nos prohíben ganar dinero, nos prohíben comer determinados alimentos, quieren prohibirnos leer ciertos libros, nos prohíben mirar… y es posible que, en su afán de controlarlo todo, quieran prohibirnos pensar. Bajo su envoltura de demócratas, son unos dictadores. Si ya no puedes comer, ni beber, ni hablar, y lo único que te queda es la mirada… Creíamos que habíamos nacido libres –¡qué ingenuos!– y aún encima lidiamos con la peor clase política de la historia. Sin embargo, tendremos que asumir nuestra cuota de culpa.
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