27 de noviembre de 2021

Luis Ventoso
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El AVE a Galicia y el mito del agravio a Cataluña

El tren llega trece años después que a Barcelona, pero a nadie se le ocurre montar un show de victimismo separatista

A esta altura del siglo XXI, el tren de alta velocidad todavía es un proyecto en el Reino Unido, pionero en su día del ferrocarril. Por tanto, resultó muy preclara la temprana apuesta española por el AVE, posible gracias a la generosidad de nuestros socios europeos más pudientes, que nos han inflado a fondos (a veces malgastados). España presenta un tamaño ideal para ese modelo de transporte y nuestro gobernante de entonces, González, acertó a saber verlo. Hoy el PSOE, por desgracia, ya no se centra en proyectos ambiciosos para mejorar España a medio plazo. Sus urgencias son otras: flotar abrazado a lo peor del mercado (Bildu, ERC y Podemos), el rencor revisionista, la igualación a la baja, una singular obsesión por fomentar la homosexualidad, el énfasis en la subcultura de la muerte… No se piensa a lo grande, ni en positivo.
España estrenó el AVE en 1992, cuando tiramos la casa por la ventana al hilo de nuestros Juegos Olímpicos (un gran esfuerzo de todo el país en favor de Barcelona). Elegir Sevilla como destino del primer AVE y de la Expo tuvo su sentido. Suponía una apuesta de un Estado solidario para enganchar al progreso a una de las regiones españolas rezagadas. Después la red llegó a Barcelona, en febrero de 2008; a Valencia, en octubre 2010… Y este lunes se ha efectuado el primer viaje de pruebas del AVE a Galicia, que arrancará comercialmente el mes que viene.
El pujolismo y Ciudadanos, partido originario de Cataluña, hicieron en su día campaña explícita contra el AVE gallego (¿quiénes son esos parias para ponerles el súper tren?, venía a ser su argumento). La verdad es que los sucesivos Gobiernos le han tomado bien el pelo a los gallegos con el tren: en 2001, el ministro Cascos prometió a Fraga que el AVE llegaría a Galicia en 2010. Luego siguió la broma: Magdalena Álvarez lo prometió para 2012, Pepe Blanco para 2015, Rajoy para 2018… Nadie cumplió. Galicia estrena su semi AVE veintinueve años después que Andalucía, trece después que Cataluña y once más tarde que a Valencia. La cornisa cantábrica, el País Vasco y Extremadura continúan todavía esperando.
Sin embargo, los gallegos, tranquilos pero largos, no han confundido conceptos. A nadie se le ha ocurrido convertir un agravio evidente en munición para armar un show independentista. Hasta el BNG se cuida de esgrimir claramente la bandera separatista, porque sabe que en Galicia no vende un peine.
Cuento toda esta historia porque vuelve a poner sobre el tapete una evidencia: la enorme milonga del supuesto agravio y maltrato a Cataluña. La realidad es que ha sido primada una y otra vez por los Gobiernos de España, empezando por el arancel textil del XIX, que le permitió despegar mediante el monopolio de la principal industria del país en aquel momento. Cataluña disfrutó de la primera línea de ferrocarril de España, en 1848 (el tren llegó a Galicia 37 años después). Contó con la primera firma de distribución de fluido eléctrico, llamada significativamente Sociedad Española de Electricidad, y Gerona fue en 1886 la primera ciudad del país con alumbrado eléctrico. Cataluña gozó de las primeras autopistas españolas (de peaje, sí, como las que soportan tantas otras comunidades pero décadas antes). Franco le otorgó a dedo la fábrica de Seat y un monopolio para organizar ferias, compartido con Valencia, que duró 36 años. González organizó una remodelación del sector eléctrico público español a mayor gloria del empresariado catalán. Los sucesivos modelos de financiación autonómica han sido trajes cortados siempre al dictado de Cataluña, incluido el actual, impuesto por Artur Mas.
Y nos parece bien que se haya ayudado y atendido bien a Cataluña, acorde a su innegable pulso, importante población y capacidad emprendedora. Pero lo que cabría esperar a cambio es una sola palabra: gracias (incluyendo también en esa declaración de gratitud a los emigrantes llegados de media España que ayudaron a levantar la región). Por eso resulta plomiza hasta el hartazgo la perenne monserga victimista de una comunidad siempre privilegiada. ¿Qué dirían los nacionalistas catalanes si el AVE hubiese llegado todavía ayer a su comunidad? Puigdemont y Junqueras se quemarían a lo bonzo, como poco. El vocerío del «España nos roba» se escucharía hasta la Estación Espacial Internacional.
En lugar de instalarse en el victimismo, los gallegos apostaron por la iniciativa de su sociedad civil, por cuadrar la cuentas, por políticos moderados y gobiernos estables y por sentirse cómodos y felices en España. Curiosamente, les va muy bien y cuentan con la simpatía general del resto de los españoles. Qué cosas tan raras.

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