06 de diciembre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

El narcisismo de los presidentes autonómicos

Hay un puntillo ridículo en todos esos «discursos de Estado» de mandatarios regionales

Tradicionalmente, en Navidades en España había un solo discurso a la nación: el del Rey. Congregaba a las familias frente los televisores mientras apuraban el primer vinillo y al día siguiente era objeto de estudio detallado por parte de la prensa y los partidos. Pero ahora mismo tenemos un presidente del Gobierno con ínfulas de jefe del Estado y al que le gusta más salir en la tele que a un oso panda un brote fresco de bambú. Su alteza Sánchez I no podía permitirse que el Rey se dirigiese al pueblo español en Navidad y él no. Así que se ha inventado una patochada llamada «Informe anual de rendición de cuentas», en el que autoevalúa su propia gestión para otorgarse a sí mismo matrícula de honor.
Pero por si no bastaba con las alocuciones navideñas del Rey y el presidente, en la España de las taifas hemos inventado los «discursos de Estado» de los mandatarios autonómicos. Con un narcisismo que linda con lo ridículo, no hay presi regional que renuncie a sentirse Isabel II en el castillo de Windsor aleccionando a sus súbditos con motivo de la Navidad. Algunos de nuestros Churchills autonómicos incluso se nos ponen creativos. Moreno Bonilla eligió la barra de un bar para dirigirse a los andaluces, y hasta le sirvieron una cañita. Feijóo ascendió al monte por donde entran los peregrinos en Santiago para predicar a los gallegos desde allí vestido de sport. Ayuso montó una especie de anuncio de Freixenet, o de vídeo de Abba, en la Casa de Correos de la Puerta del Sol, con un llamativo dominio del color rojo pasión. Además, dado que está en constante campaña de autopromoción, reservó su discurso para las nueve de la noche del último día del año. Del show altivo del catalán y el vasco, que se creen los profetas de pueblos elegidos, resulta ya casi ocioso hablar...
Para amplificar sus inanes mensajes, muchos de estos dirigentes cuentan con sus televisiones autonómicas de cámara. Al contribuyente le cuestan un pastizal y sirven principalmente para hacer propaganda del Gobierno local de turno a cargo el erario público.
El festival de los discursos navideños de los mandatarios regionales supone toda una metáfora de la España un pelín tontolaba que hemos ido construyendo. El Estado ha sido deshuesado, como se ha constatado de manera flagrante durante la pandemia, y a cambio se han creado 17 mini-países, todos con sus parlamentos, defensores del pueblo, teles regionales, institutos meteorológicos autonómicos y organismos varios de enchufe y colocación de afines. El resultado es un creciente extrañamiento hacia la idea de España, toda vez que lo relevante en la vida cotidiana –sanidad, educación– depende por completo de la instancia autonómica. Con la descentralización nos ha sucedido algo que se repite muchas veces en todos los ámbitos de la vida: no se ha encontrado el razonable punto intermedio entre lo sublime y lo ridículo.
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