06 de diciembre de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Alguien nos debe una explicación

La epidemia empezó en un país concreto, del que hemos recibido demasiado oscurantismo y desinformación

La memoria es muy puñetera. Fernando Simón, referente oficial español ante las pandemias, 31 de enero de 2020: «España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso aislado», y si hay finalmente transmisión local «será muy limitada y controlada». Nadia Calviño, presunta eminencia económica y vicepresidenta del Gobierno, 4 de marzo de 2020: el efecto de la pandemia en la economía española será «poco significativo» y «de carácter transitorio». Curioso prefacio para lo que luego resultó la gran sima española, el mayor descalabro del PIB de toda la OCDE.
Una vez más, nuestro Gobierno «progresista, ecologista y feminista» derrapó en las materias cruciales. Van ya dos años chungos, con 5,5 millones de muertos reconocidos en todo el planeta (que en realidad son más), enclaustramientos forzosos, la economía primero trabada y ahora recalentada, y una losa de tristeza y anormalidad que impregna el ambiente. Pero el virus no aterrizó del espacio sideral. Salió de un país concreto, China, y el Partido Comunista que manda allí con mano de hierro debe una explicación al mundo.
Sorprende -y apena un poco- ver a conspirólogos, a veces incluso de cierto tufillo antisemita, preocupadísimos por el judío húngaro George Soros, un inversor multimillonario afincado en EE.UU., al que imaginan como el villano de Spectre, que gato blanco en mano maquina para subyugarnos. No se preocupen, que si Soros es el problema se va a acabar pronto: peina ya 91 años. Llama la atención que mientras algunos divagan sobre su malignidad -y la de Bill Gates, que al parecer nos controla mediante un chip en las vacunas- se omita el problema real del mundo: la segunda potencia del planeta, llamada a ser la primera a mitad de siglo, es hoy un régimen dictatorial oscurantista, que aspira a exportar su modelo de gobierno y cuyas tropelías ya estamos pagando.
El virus SARS-COV-2 surgió en China, a finales de 2019. Sus autoridades reconocieron muy tardíamente que existía la enfermedad (se informó del primer caso el 27 de diciembre de 2019 en Wuhan, cuando hoy se sabe a ciencia cierta que había empezado bastante antes). Permitieron que sus nacionales siguiesen viajando por todo el mundo cuando ya eran conscientes de que lidiaban con un gravísimo problema sanitario. Represaliaron a sus ciudadanos que dieron alerta temprana de la enfermedad. Expulsaron a los corresponsales de los más prestigiosos medios occidentales. Ofrecen datos que resultan inverosímiles, que parecen de chufla (¿alguien se cree que China, con 1.400 millones de habitantes, ha sufrido solo 4.636 muertos por covid, como dicen sus autoridades, y el pequeño Portugal, de diez millones de vecinos, 18.937?).
Obstaculizaron y dejaron coja la investigación de la OMS sobre el origen del covid en Wuhan, donde está el mayor laboratorio de virología del país, y se negaron a autorizar una segunda indagación (y eso que el actual director de la OMS es un títere pro chino). Pero no solo han impedido saber qué pasó en el inicio de la epidemia, sino que su Gobierno ha propagado el rumor exculpatorio de que la covid comenzó en realidad en la base de Fort Detrick, en Maryland, el centro estadounidense de armas biológicas. Por último, hasta se han lucrado con la tragedia del planeta (miren de dónde vienen los test y mascarillas con que nos protegemos).
No se debe confundir al pueblo chino, al que adornan muchísimas virtudes, con el Partido Comunista Chino, la organización que hoy controla hasta como respira el país. Pero las personas que vivimos en el mundo libre deberíamos entender que la gran batalla de este siglo va a ser la ya conocida como II Guerra Fría, la disputa entre un modelo de libertades y derechos y otro de culto al líder, autocracia, control social severo, dirigismo absoluto y represión del hecho religioso. Yo sé que atmósfera política prefiero para vivir. Pero por aquí parece que no nos percatamos del envite (especialmente la izquierda, que muestra una empanada impresionante ante este desafío a nuestro modo de vida). Trump nunca fue el problema grave del mundo. El PCC, sí.
Feliz 2022, que tras el sombrío 2021 debería ser un año con un poco de luz.
Comentarios

Más de Luis Ventoso

Últimas opiniones

tracking