17 de agosto de 2022

GaleanaEdurne Uriarte

Ganas de fastidiar

Macron se ha propuesto polarizar la campaña con el debate sobre la vacunación, intentando fomentar el voto a Le Pen y Zemmour, que no tendrían posibilidades en una segunda vuelta. Aquello de «nos conviene que haya tensión», que le decía Zapatero a Iñaki Gabilondo

Tengo mala memoria, pero no recuerdo ningún caso del presidente de una democracia anunciando que se propone aprobar una ley para «fastidiar» o «joder» a una parte de los ciudadanos, como ha hecho Emmanuel Macron. Es sin duda vulgar, porque ese verbo tan usado por los franceses, emmerder, además de impresentable en el presidente de la República, tiene una connotación agresiva y de desprecio cuando se usa fuera del contexto privado. Como decía un maestro francés en su Twitter, a partir de ahora va a tener que cambiar el ejemplo que usaba con sus alumnos para explicarles el lenguaje formal, lo de «si escribís al Presidente de la República».
Pero me parece bastante más grave la pulsión totalitaria de Macron, «tengo muchas ganas de fastidiar a los no vacunados», por la que no me extrañaría que el pase de vacunación aprobado por la Asamblea Nacional francesa el jueves acabara cuestionado por los tribunales. Una ley democrática tiene que ser, en primer lugar, justa y escrupulosamente respetuosa con el Estado de Derecho, lo que se pierde cuando se introduce la intención del gobernante de fastidiar a una parte de los ciudadanos. A lo que se añaden elementos arbitrarios como la obligatoriedad del pase de vacunación para bares y restaurantes o para transportes, pero no para centros comerciales, donde la obligatoriedad queda en manos de los prefectos. Y toda una ristra de cuestiones en el aire sobre derechos y libertades, en la medida francesa y también en las de otros países.
Pero tan inquietante como el exabrupto de Macron es el sorprendente apoyo de los franceses: un 59 por ciento según la encuesta de Le Figaro, lo que muestra la fuerza de esa pulsión totalitaria también en la sociedad, no solo en la élite política, como bien hemos visto en España en el entusiasmo con el que una parte de los ciudadanos ha apoyado a Sánchez en su deriva totalitaria a lo largo de la pandemia.
Pero hay algo aún peor en lo de Macron, y es que me temo que se trata de pura estrategia electoral, una treta populista de quien decía venir a acabar con populismos y extremismos. Creo que lo de emmerder estaba perfectamente preparado con su equipo de campaña. Porque Macron tiene miedo a lo que dicen en estos momentos las encuestas de las Presidenciales de abril, a ese segundo puesto en la primera vuelta que auguran a la candidata de los Republicanos, Valérie Pécresse, la única que tendría posibilidades de derrotarle en una segunda vuelta. Por lo que se ha propuesto polarizar la campaña con el debate sobre la vacunación, intentando fomentar el voto a Le Pen y Zemmour, que no tendrían posibilidades en una segunda vuelta. Aquello de «nos conviene que haya tensión», que le decía Zapatero a Iñaki Gabilondo.
La pandemia, y el objetivo de la salud de los ciudadanos, al servicio de una campaña electoral. «Es la estrategia», dijo en la misma declaración Macron, le traicionó el subconsciente, es la estrategia para la campaña electoral, no para la vacunación y la salud pública.
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