29 de junio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Georgina y el dinero choni

De manera involuntaria, sin percatarse siquiera de ello, ese documental es toda una loa a la importancia de la alta educación

A Cristiano Ronaldo, uno de los dos mejores futbolistas del primer cuarto del siglo XXI, le cayeron este sábado 37 tacos. Es una edad provecta para un ariete. Pero él continúa marcando goles en la élite, ahora a sueldo del Manchester United. La suya es una historia de mérito. Viene de muy abajo, de una una casa humildísima en una barriada de Funchal, la capital de la isla de Madeira, con cuatro hermanos apretujados en el mismo dormitorio y un padre jardinero municipal malogrado pronto por el morapio. Con solo quince años, Cristiano ya estaba en Lisboa buscándose la vida y sufrió una operación de corazón. Con 18 emigró a conquistar Mánchester. En el plano personal no se discute que es narcisista hasta rozar lo risible, que gasta un puntillo hortera, que a veces adopta decisiones vidriosas, como los vientres de alquiler para algunos de sus hijos. Pero su profesionalidad es extrema. Ha cuidado como nadie la máquina que lo ha hecho multimillonario, su cuerpo. No ha escatimado un minuto de esfuerzo.
La pareja del astro desde 2016 es una española de 28 años, la jacetana Georgina Rodríguez Hernández, en la que el portugués reparó cuando ella trabajaba de dependienta en la tienda de Gucci de la milla de oro de Madrid. Al parecer se llevan estupendamente. En 2017 tuvieron una niña y pronto serán padres de gemelos. La plataforma Netflix les ha pagado un dineral por un documental donde las cámaras penetran en su intimidad, siguiendo las andanzas de ella por aquí y allá. Por supuesto le he echado un ojo al primer capítulo, pues saber cómo son realmente unas personas que gozan de tal atención popular supone un ejercicio de sociología interesante (amén de que como involuntario programa cómico realmente funciona). Resumiendo mucho, lo que muestra el reality es a dos personas muy sencillas subidas a una montaña de pasta. Se emperifollan con mimo, disfrutan de aviones y yates de película, reciben la adulación universal, pero en realidad parecen seres sin recorrido interior alguno. Parafraseando a la gran Hannah Arendt, se podría hablar de «la banalidad del dinero».
La historia de Georgina, una chica de ojos grandes y expresivos, metro sesenta y poco y hechuras kardashianas, es el cuento de Cenicienta hecho realidad. Emigró de Jaca a Madrid, donde vivía en un apartamento angosto. Hay un punto de candor cuando cuenta cómo pasaba de ir en bus a currar por las mañanas a ser recogida por el ídolo en su bólido a la noche para ir a cenar; o cómo se extraviaba en el palacio de «Cris» cuando bajaba a buscar un vaso de agua en las primeras noches en que pernoctó allí. Provoca risa cuando con su remango choni lamenta que los muebles de «Cris» son tan grandes que al redecorar la casa «no los puedo vender por Wallapop». O cuando indica con orgullo de barrio que «yo casi siempre voy en chándal». Se delata a las claras la principal carencia de la pareja cuando le pide a su decoradora que no le ponga libros en la casa, «que luego hay que limpiarlos».
El documental muestra a dos personas que teniéndolo todo en el plano material en realidad son unos pobrecillos, no resultan nada interesantes. Su conversación es ramplona, centrada en las cosas del día a día, sin fondo alguno. La manera de rellenar sus días consiste en gastar un pastizal, hacer ostentaciones de lujo máximo, vestir marcas caras y subir fotos y vídeos a Instagram con poses forzadas. Como decía aquella vieja canción de Elvis Costello, «no hay nada detrás del arcoíris». El resultado es que este exitoso reality se convierte contra todo pronóstico, y sin pretenderlo, en un elocuente alegato a favor de la alta educación, de cultivar lo que hay debajo del pelo. Muchas viejas familias seculares judías se distinguieron por su capacidad para ganar dinero. Pero el vástago que más admiraban no era aquel que amasaba la mayor fortuna, sino el que lograba destacar en la cultura y el saber. Creo que tenían razón.
Pese a todo lo dicho, Georgina y su «Cris» no salen totalmente malparados de esta oda a la frivolidad materialista que es su documental en la plataforma «progresista» americana. Hay dos asideros que los salvan, que les otorgan una cierta dignidad, aun siendo dos seres humanos que chapotean en un océano de superficialidad: su apego por la familia y su evidente amor por sus hijos. Han heredado todavía esos dos valores del mundo católico latino y de las clases trabajadoras de antaño. Es lo único que evita que se queden tan solo en dos guiñoles de plástico subidos a un jet privado.
Como decía el inmenso Chesterton, mago de la paradoja, «para ser lo suficientemente inteligente como para tener todo ese dinero, uno debe ser lo suficientemente estúpido como para quererlo».
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