04 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Rufián es bueno y Abascal es muuuy malo

Da un poco –o un mucho– de vergüenza ajena ver a Sánchez arrastrándose ante los separatistas que lo sostienen y chantajean

El lance daba un poco de vergüenza ajena. Bueno, seamos un poco más precisos: daba más vergüenza ajena que soltar al bueno de Cañita Brava en la Scala de Milán para cantar el papel del duque de Mantua en Rigoletto, o que un actor «comprometido» español pretendiendo ser graciosete en la insufrible gala de los Goya. En la sesión de control en el Congreso, tras su intercambio rudo con Santiago Abascal, Sánchez recibió las preguntas de Gabriel Rufián. En un lapsus linguae, no se sabe si intencionado o no, el presidente del Gobierno se dirigió a Rufián llamándole «señor Abascal». Pero en una fracción de segundo procedió a rectificar y disculparse ante el portavoz del partido golpista ERC por «el lapsus imperdonable de confundirlo con Abascal».
Mucho me temo que lo realmente imperdonable es tener a un presidente del Gobierno de España que se humilla así ante los separatistas antiespañoles, que los lisonjea día tras día de la manera más cutre. Un presidente que deja tirados a su ministra de Defensa y a los servicios de inteligencia de su país para intentar ganar el perdón de los independentistas por una acusación de espionaje que han lanzado sin prueba alguna. Lo imperdonable es lo averiado que está el baremo moral de un presidente español al que Rufián le parece un personaje válido y positivo y Abascal, la encarnación de Mefistófeles.
Santiago Abascal, de 46 años, licenciado en Sociología por la Universidad de Deusto, es hijo del político alavés de AP y del PP del mismo nombre, que le enseñó con su ejemplo desde que era niño que existen dos palabras a las que un español no puede renunciar: España y libertad. Los Abascal, padre e hijo, se jugaron el físico en el País Vasco cuando ETA te mataba (y previamente te acosaba y te hacía el vacío social, solo por sentirte español y defender la libertad y el pluralismo). Los Abascal, patriotas españoles, tuvieron el cuajo de meterse en política cuando dar ese paso allí suponía colocarte una diana sobre el pecho (como saben tantas familias de PP y PSOE que vieron cómo ETA reventaba a uno de los suyos con una bomba o un tiro en la nuca). Los Abascal vivieron escoltados. Los acólitos de los terroristas, esos que ahora se llaman Bildu, lanzaron cócteles molotov contra su comercio de Amurrio, pintarrajearon sus propiedades, intentaron echarlos de su tierra practicando un apartheid xenófobo.
Las ideas políticas y el estilo dialéctico y gestual de Abascal pueden gustar más o menos. Pero se merece un mínimo respeto de todos sus compatriotas por dos motivos: porque defendió a su país donde resultaba más difícil y en la hora más dura y porque hoy sigue haciéndolo, al enfrentarse de manera frontal a un separatismo que tiene como única meta romper España y que supone el mayor problema de nuestro país.
Gabriel Rufián, de 40 años, graduado social de titulación, conocido en casa por su nombre de pila, Juan Gabriel, y por sus amigos juveniles como «Juanga», es otra historia. Hijo único de una familia de Barcelona de ancestros andaluces, se metió en política a los 31 años, cuando estaba en paro tras diez años trabajando en una ETT (prescindieron de él porque se escaqueaba para ir a tertulias y bolos políticos). Aceptó ingresar en ERC a través de una plataforma del partido reservada a castellanohablantes (nótese el toque xenófobo de Casa Junqueras) y sin hablar siquiera catalán se convirtió en el más ardoroso de los separatistas. Esa súbita pulsión independentista se convirtió en su medio de vida, aportándole unos ingresos con los que no habría soñado fuera de la política. Como diputado en el Congreso, Rufián ha destacado por honrar su adecuado apellido, importando un estilo Makoki, con chulerías baratas de arrabal y un mal tono perdonavidas casi tan cargante como su ideario (que es la ultraizquierda separatista, pero eso sí, siempre con su nevera personal bien llena y viviendo como un pachá en Madrid).
Para Sánchez, Rufián es bueno y Abascal, muuuy malo. No hace falta más para describir la enfermedad moral del PSOE, un partido que se apellidaba «Español» y que hoy se vende al mejor postor, sea cual sea, a cambio de un poquito más de pernoctación en la Moncloa. El desbarre y la incongruencia llegan al extremo de que el PSC, liderado por el supuestamente «moderado» Illa, ha votado en el Parlamento catalán con los independentistas para que se presente una denuncia en tribunales contra el Gobierno de España por supuesto espionaje. Pero el malo aquí es Abascal...
Evidentemente urge relevarlos. No saben gestionar (véase la verbena de las predicciones económicas equivocadas, o la inmensa metedura de pata de enojar a Argelia, nuestro proveedor de gas, con el patoso giro en Marruecos) y tampoco son mínimamente leales con su país.
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