05 de julio de 2022

LOS RIDÍCULOS DE LA EDUCACIÓNJOSÉ VÍCTOR ORÓN SEMPER

La letra con baile entra

Las metodologías educativas han cambiado mucho. Pero ¿ha cambiado el modelo educativo?

Las metodologías educativas han cambiado mucho. Pero ¿ha cambiado el modelo educativo? ¿Estamos ante algo ciertamente novedoso o simplemente estamos ante más de lo mismo, pero con una capa de pintura distinta?
Pensemos en esa educación mal llamada «clásica» que es presentada con el eslogan «la letra con sangre entra». La intención de la frase, al margen de si hace (o no) justicia a la realidad, es «que la letra entre». Esa educación, ya sin sangre, quedaba caracterizada por un memorizar y memorizar para que «la letra entre». A la memorización se le va sumando más aspectos como procedimientos y actitudes. Sea lo que sea «tiene que entrar». Sigue el proceso y de los conceptos, procedimientos y actitudes se pasa a la competencia como término que recopila todo. Tal palabra no tiene la capacidad de recoger todo lo que busca la educación, pero al ser certificable queda como algo objetivo. En verdad, la competencia no es el objetivo de la educación, sino algo que ocurre en el proceso educativo. La competencia es certificable en la medida que el alumno consigue resolver de forma eficiente una tarea que se le presenta. A la competencia se le suma un proceso de dulcificación y los alumnos aprenden matemáticas con baile y música y ya no repitiendo un sinfín de ejercicios, sino que repiten canciones. Pero el caso es que el modelo sigue sin cambiar. Antes era la letra con sangre entra y ahora es la competencia con baile entra. En el fondo el mismo sistema educativo: sea la letra o la competencia, sea con sangre o con baile, pero que entre.
Los últimos movimientos educativos parece que apuntan, no a un cambio de modelo educativo, sino a la desaparición de la educación, porque ya no se trata de aprender, sino de estar bien. Se destruye la educación cayendo en un subjetivismo afectivo como punto de referencia de la realidad. Se animaliza la educación pues, exactamente, así es como aprende un animal: memoriza sus estados afectivos fruto de sus experiencias, pero la realidad nunca llega a conocerla. Pero incluso este no-modelo también tiene la pretensión de «llenar», y algo tiene que «entrar». Ya no hay que «meter» el depósito cultural del acceso de la historia de la humanidad a la realidad, sino la mentalidad y la ideología del legislador.
Si dejamos de lado este último movimiento reciente de afectivación de la experiencia educativa y nos centramos en la evolución anterior se pasa de «la letra con sangre entra» a «la letra con baile entra». Pero el caso es que la letra entre. Eso quiere decir que hay un cambio de metodología: la sangre o el baile, y un cambio de currículo: letra o competencias, pero, el modelo, la pretensión y comprensión de la educación, es la misma, que «entre».
Curiosamente el verbo educar se refiere a que algo tiene que «salir» y se ofrece una guía o acompañamiento en ese recorrido que se caracteriza como crecimiento.
Se cree estar haciendo algo nuevo cuando se pasa de la sangre al baile, pero se hace el ridículo pues se busca el mismo fin, pero con otro formato (método). Tampoco difiere mucho si «metemos» datos o competencias. La educación bancaria rellena la mente del niño con datos y, no cambia mucho si se trata de llenar la mente con procesos competenciales. Entender la educación como dotar de conocimientos o de competencias ha sido criticado desde el nacimiento de la educación y en muchos momentos y por muchos educadores y pedagogos. Pero, la verdad sea dicha, con poco éxito.
Todos esos métodos, bien distintos entre ellos, están dando soporte al mismo modelo educativo. Y tal modelo no ve al niño como un ser rico que puede crecer, sino como una realidad deficiente que hay que arreglar. El caso es que hay que llevar al niño a un sitio predefinido. Acaban tratando a los niños como perritos a los que amaestrar. Si el niño llega a ese punto final (conocimiento y/o competencia) y además está a gusto ¿qué más esperar? De un perro se espera que levante la pata y de un niño que resuelva un problema. El tema es más sofisticado, pero es un cambio cuantitativo más que cualitativo.
Veámoslo con un ejemplo. Imaginemos que se trata de «meter» (dicho en plan fino sería inculcar) la responsabilidad en los niños. A los padres y a los profesores les encanta que los niños sean responsables. No se sabe si eso es por desarrollar al niño o simplemente porque al adulto le interesa. Pensemos bien (de momento).
El profesor tiene una clara idea de qué es la responsabilidad y es que el responsable hace lo que se le encarga. El profesor dice, hoy es viernes, el próximo viernes recogeré los trabajos. Y el profesor, ingenuo de él, piensa que educa en la responsabilidad porque el viernes siguiente pide los trabajos y sanciona con el correspondiente + o - si se entregó o no. Eso en el mejor de los casos (y en verdad ni eso), sería evaluar si se da o no la responsabilidad. Pero desde luego no se ha hecho nada por ayudar a desarrollarla. Otros para «ayudar» lo que hacen es, por ejemplo, preguntar todos los días. Van así encauzando el comportamiento del niño. Haciendo lo mismo que harán al final durante el proceso. Otros le ponen al niño como orejeras para que no se distraigan. Otros le dan premios como quien pone una zanahoria al burro para que anden y otros ponen castigos como si al burro le dieran un chasquido de látigo para que se mueva. Y todo porque hay que llegar («llegar» es otra forma de «entrar») a la responsabilidad. Hacen el ridículo y dañan niños. Los niños recorren el camino, pero no como autores de su caminar. No se ha desarrollado la autoría del niño.
La responsabilidad solo se da en las personas que se reconocen autores y eso solo ocurren cuando descubren la participación de su interioridad en lo que realizan, no su mera participación física. Además, la responsabilidad no es ante algo (entregar o no el deber) sino ante alguien y ante alguien valorado como persona. A la responsabilidad no se llega, no hay que meter la responsabilidad, ni «hacer responsables» a los alumnos. Hacer responsables acabará siendo un recurso para la culpabilidad. La responsabilidad «emerge» en quien conoce su autoría interior y ante un otro valorado como persona.
Educar no es meter, sino acompañar para que emerja su potencialidad. Lo comentado de la responsabilidad no es más que un ejemplo que revela la urgencia de recuperar la visión más humana de la educación. Una educación novedosa que no nueva.
Si esta no acontece, se seguirá haciendo el ridículo, eso sí, bailando.
  • José Víctor Orón Semper es director de la Fundación UpToYou Educación
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