07 de julio de 2022

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Cuando España pintaba algo e ilusionaba

Es abrumadora la diferencia entre el trato que dispensaba Estados Unidos a González y a Aznar y el que otorga a Sánchez

El miércoles y jueves que viene asistiremos a uno de los ejercicios de autobombo más empalagosos de los últimos años: Mi Persona presentándose como líder planetario con motivo de la cumbre de la OTAN en Madrid. Incluso es posible que por fin logre hablar con Biden con ambos sentados (hasta ahora, lo único que ha logrado son unos patéticos segundos persiguiéndolo por un pasillo y 20 minutos de teléfono este martes, porque la Administración estadounidense no se fía de un Gobierno español de ribetes antisistema).
La maquinaria de la propaganda sanchista, el aluvión de fotos e imágenes con mandatarios extranjeros, no debería llamarnos a engaño. La realidad es que el peso de España en el mundo se ha hundido con este ínfimo Gobierno. La relación con Estados Unidos es una sombra de la que fue en las etapas de Felipe González y Aznar, reinando Juan Carlos I (quien, por cierto, lo bordaba como alto diplomático).
Donald Reagan y Felipe González, en 1985

Donald Reagan y Felipe González, en 1985EFE

En 1985, cuando todavía faltaban cuatro años para la caída del Muro, el legendario presidente republicano Ronald Reagan visitó durante 40 horas la España gobernada por un joven presidente socialista, González. Reagan se alojó en el Palacio del Pardo, donde departió de mañana con el Rey Juan Carlos paseando por sus jardines. Al mediodía se fue a la Moncloa, conversó con González y luego ambos almorzaron en la famosa Bodeguilla monclovita con algunos de sus ministros. Tras la comida, los dos presidentes se dieron una vuelta por el jardín y posaron amistosamente. Por la noche, los Reyes ofrecieron una cena de gala en el Palacio Real. Reagan citó dos veces en su brindis a Ortega y Gasset y una a Cervantes y expresó sus simpatías y respeto por nuestro país: «España ocupa ahora su lugar entre las naciones democráticas y predigo que la relación entre nuestros pueblos crecerá y dará frutos como jamás antes». Así fue. De hecho, al año siguiente González dio un giro atlantista y abogó en el referéndum por la permanencia de España en la OTAN.
La víspera de la llegada de Reagan hubo una bronca manifestación contra él y contra la OTAN, que reunió a 50.000 personas en Madrid. No faltaron lunas rotas en la sede de Génova y pintadas en su fachada de «ETA mátalos» y «Fraga al agujero, como Carrero». Pero a pesar de esos brotes radicales, Estados Unidos sabía que España ofrecía unas instituciones fuertes, un Rey respetado y un presidente posibilista. Todo eso les inspiraba confianza y esperanza, y por eso vino Reagan.
Hillary Clinton, Bill Clinton, José María Aznar y Ana Botella

Hillary Clinton, Bill Clinton, José María Aznar y Ana BotellaEFE

Seis años después, la fe de Estados Unidos en España era ya tan sólida que se eligió Madrid para celebrar una importantísima Conferencia de Paz para Oriente Próximo. En las fotos de entonces puede verse a González, el presidente anfitrión, flanqueado por Gorvachov y George Bush padre, al que se ganó colaborando lealmente en la primera Guerra del Golfo con apoyo logístico español.
La de la semana que viene no es la primera cumbre de la OTAN que hemos acogido. Hubo otra, en julio de 1997. A diferencia de ahora, cuando Margarita Robles divaga en plan escapista al ser preguntada sobre si Biden va a verse con Sánchez, el presidente demócrata Clinton brindó un trato deferencial a España y a su mandatario conservador. Clinton llegó a nuestro país un par de días antes de la cumbre. Se alojó en Mallorca, donde fue recibido por los Reyes Juan Carlos y Sofía. Durante seis horas navegaron juntos por el hermoso litoral balear, en una singladura en la que también participaron el presidente Aznar y su mujer. Al día siguiente, Clinton visitó a Aznar en la Moncloa, en un encuentro previo a la cumbre. Se entendieron bien, hasta el extremo de que Clinton gastó esta broma al salir: «Vamos a inventarnos unos cuantos problemas para que pueda volver a España a resolverlos». Aznar se sumó al ambiente de buen humor: «Bueno, tenemos algunas diferencias sobre los plátanos…». Antes de esa visita a España, Aznar ya había sido recibido por Clinton en la Casa Blanca, edificio que Sánchez no ha pisado en cuatro años en el poder, porque no quieren ni verlo.
Esas excelentes relaciones con la primera potencia mundial, muy útiles para España en todos los órdenes, desde la defensa al comercio, las destrozó Zapatero con el estúpido gesto de no levantarse en un desfile al paso de la bandera norteamericana. Lógicamente, tampoco han mejorado con Sánchez, por los guiños de su Gobierno al bolivarismo y por nuevos gestos absurdos, como la orden de la sobrevalorada Margarita Robles en mayo de 2019 de retirar súbitamente una fragata española que participaba en unas maniobras estadounidenses por el Golfo Pérsico. Además, un Gobierno europeo con ministros comunistas es algo que en Estados Unidos inspira una espontánea aversión. ¿Cómo fiarse de un Ejecutivo con gente en su interior que ahora mismo está más cerca de Putin que de la OTAN?
El narcisismo del inquilino de la Moncloa es inversamente proporcional a lo que pinta en la escena internacional, que es poquísimo (y hace muy mal Sánchez en relegar al Rey Felipe sistemáticamente, en lugar de aprovechar su prestigio personal para ayudar a España a recomponer su relación con EE. UU.).
Así que no se dejen deslumbrar por la colección de selfies que buscará desesperadamente Sánchez la semana que viene para tratar de tapar sus magulladuras andaluzas con un disfraz de súper estadista.
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