01 de diciembre de 2022

Agua de timónCarmen Martínez Castro

Los ladrones somos gente honrada

Hemos pasado de negar la presunción de inocencia a negar la certeza del delito; los ladrones, si son de los nuestros, son gente honrada

Nunca pudo imaginar Jardiel Poncela que sus delirantes comedias fueran a encajar como un guante en ese homenaje a lo absurdo en el que ha devenido la política española bajo el sanchismo. La paradoja que utilizó para dar título a una de sus obras más populares ha resultado ser el núcleo fundamental de la respuesta del PSOE a su condena por el caso de los ERE de Andalucía. Ahí han lucido como esforzados meritorios los portavoces socialistas, dispuestos a liquidar su escasa credibilidad en el altar del más ciego sectarismo: la prevaricación y la malversación no constituyen corrupción sino agilización de trámites con fines sociales y aunque las condenas son rotundas, se mantiene sin rubor que los condenados son gente honrada injustamente castigada.
Cuentan que fue Omar Torrijos, el dictador caribeño, quien explicó a Felipe González la regla principal del autoritarismo: «Al que se afloja le afligen y al que se aflige le aflojan». El PSOE ha aplicado esa misma fórmula a todas y cada una de sus crisis. Nunca afligirse, nunca aflojar y menos aún reconocer que han hecho algo mal. La dirección del PSOE acompañó a Vera y Barrionuevo a las puertas de la cárcel para cumplir condena por el caso Gal. También promocionó a Josep María Sala, quien todavía es senador y ofrece gratis lecciones de moralidad pública, después de haber sido condenado por el caso Filesa. Previsiblemente veremos a Chaves y Griñán pregonando deontología política porque también ellos son gente honrada.
No importa que esta respuesta vaya en contra de la más elemental rendición de cuentas propia de la democracia y del respeto que se debe a los ciudadanos. Lejos de admitir errores y corregirlos, al PSOE le gusta blasonar de ellos. La regeneración, la transparencia y la ejemplaridad son para otros, para el Partido Popular o para el Rey Juan Carlos, pero nunca son de aplicación para los compañeros socialistas. Ellos son de los nuestros y hay que protegerlos. El planteamiento es más propio del código del hampa que de un partido democrático en un régimen liberal, pero así son las cosas.
Nunca he creído que España haya sido un país con más corrupción que el resto. Sí creo que hemos hecho de la corrupción el único argumento del debate político con tintes claramente demagógicos y populistas. Hemos liquidado la presunción de inocencia y arrasado las instituciones siguiendo el guion que escribieron personajes tan oscuros como Bárcenas, Villarejo o algunos acreditados profesionales del uso alternativo del derecho que vieron la oportunidad de liquidar la reputación pública del Partido Popular. Que tantos de aquellos escándalos sobreactuados hayan acabado en absoluciones resulta tan ilustrativo como que la condena por el fraude multimillonario de los ERE haya derivado en este bochornoso panegírico sobre la honradez de los condenados. Hemos pasado de negar la presunción de inocencia a negar la certeza del delito; los ladrones, si son de los nuestros, son gente honrada.
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