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21 de junio de 2024

Aire libreIgnacio Sánchez Cámara

La dictadura de las pasiones

Muchos gobiernos democráticos aspiran a convertirse en los nuevos señores feudales que conceden generosamente los derechos que ellos mismos crean

Actualizada 10:55

La filosofía, en su inutilidad, semejante a la que exhibe todo lo grande, ejerce un influjo relevante sobre la vida personal y social. Aunque sea de manera inconsciente y sobre quienes nada se ocupan de ella. Muchos viven de ideas convertidas en creencias, y de creencias transformadas en falsos tópicos. Creen tener ideas, y son las ideas las que les tienen a ellos y les dominan. Y suelen ser las ideas equivocadas las que encuentran mejor acomodo en las mentes perezosas e ignorantes. Como si se tratara del último gran descubrimiento de la ciencia, asumen el relativismo moral y estético, la idea de que el cristianismo se limita a ser una profunda doctrina moral, la pretensión de que las decisiones democráticas resuelven problemas o dilemas morales y que el machismo es el causante de las agresiones sexuales contra las mujeres, la tesis de que el hombre es bondadoso por naturaleza mientras que la sociedad y sus «estructuras» le han corrompido o el dogma de que el aborto es un derecho. O, de lo que ahora se trata, de que someterse a las pasiones y al deseo es bueno siempre que no produzca un daño material a otros.

Como afirma Robert A. Goldwin, «los filósofos políticos antiguos consideraban las pasiones como arbitrarias y tiránicas; creían que la tendencia de las pasiones es, por encima de todo, la esclavitud de los hombres. Enseñaban, pues, que un hombre es libre sólo en la medida en que su razón puede, de una u otra forma, dominar y gobernar sus pasiones». No es ésta una idea sólo cristiana sino también, y antes, griega. Con alguna excepción, todos los pensadores griegos sostuvieron esta tesis. La libertad no consiste en el predominio de las pasiones, sino todo lo contrario, en su limitación y sometimiento a la razón. No cabe oposición más profunda a la que hoy domina. La evolución de la modernidad ha conducido, en general, a sostener lo contrario, y buena parte de la crisis que padecemos proviene de este olvido de la sabia enseñanza de los antiguos. La libertad no puede proceder de la libre expansión de los deseos, sino en su sometimiento a la naturaleza y a la razón.

Kant afirmó que del fuste torcido de la humanidad no ha surgido nada derecho. Sin llegar a ese extremo, parece claro que la tendencia hacia el mal no es algo meramente sobrevenido como consecuencia de las injustas instituciones sociales. Por lo demás, no se explica que seres angelicales produzcan «estructuras» sociales malvadas. Rousseau intentó explicarlo, sin éxito, en su Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres. La doctrina del pecado original constituye una explicación teológica del mal en la tradición judía y en la religión cristiana. Del pensador ginebrino proceden las principales ideas de la izquierda contemporánea. La idea de autonomía de la persona ha llevado a una exacerbación de los deseos y a una apoteosis de la espontaneidad, según la que los impulsos son buenos y seguirlos es el signo de la autenticidad, y la prudencia que los controla no sería sino fingimiento y artificio. Y así hemos llegado a una sociedad que quiere elevar la vida instintiva a la cima de la moralidad, convirtiendo en imperativo moral la satisfacción de los deseos. Incluso hemos llegado a la aberración jurídica de pretender que el deseo es la principal fuente del derecho y que todo deseo genera un derecho. Y así los derechos proliferan sin cesar y muchos gobiernos democráticos aspiran a convertirse en los nuevos señores feudales que conceden generosamente los derechos que ellos mismos crean. Es el despotismo benevolente que convierte a los gobernantes, en el mejor de los casos, en bandas de bienhechores, pero bandas al fin. Y se olvidan de los fines derivados de la naturaleza y de la razón, al promover el envilecimiento de los ciudadanos para disfrutar del poder, un poder contra natura.

La mayoría de los males del mundo provienen de errores intelectuales y morales, es decir, filosóficos. Estamos, en muchos casos, educando para la esclavitud en lugar de forjar hombres libres. Mientras tanto, intentamos apagar el fuego devastador con explosivos y desdeñamos el agua que podría salvarnos.

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