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24 de junio de 2024

Mario de las Heras

Lo mejor de Fernando Sánchez Dragó es que fue un hombre libre

La moda, de cualquier clase, fue la kriptonita de la que se alejó quien tantas veces dijo ser Supermán

Actualizada 16:28

Tenía 86 años y había visto a la muerte varias veces. Dijo que la vio en burdeles de Manila o de Taiwán, o en la operación a corazón abierto a la que fue sometido en 2005. Ella era una vieja conocida, así que vivía, quizá contra todo pronóstico, como si ya no pudiera sorprenderle. Quizá quien le sorprendió tantas veces fue él a la parca, escabulléndose con su actitud audaz, como su aventurerismo juvenil de izquierdas. Fernando Sánchez Dragó era algo así como el Capitán Trueno, de nombre y palabras sonoras y siempre con eco.

Dijo e hizo lo que quiso, incluso ir a la cárcel. La prisión buscada como otra aventura más. Aventura y literatura, lo esotérico, el más allá. De esto sabía más que muchos, y puede que por ello le recortara tantas oportunidades al deceso tan insistente que acabó llegando, cómo no, cuando menos se esperaba a pesar de la buena salud relativa y de su avanzada edad. Es más que posible que la idea de morir hubiera ya desaparecido de su cabeza, aceptando la vida regalada, después de todo, como el disfrute del descuento donde ya nada había que perder.

Vivió por el mundo epatando, sobrevolando los lugares comunes con mirada rapaz. Escribió y expresó sin tapujos en los medios todas sus opiniones, sobre todo las más polémicas, que eran las únicas. Uno debe de poder respirar y dormir bien con tal actitud. Y eso es lo que pareció siempre en Sánchez Dragó: que dormía bien. Solo y acompañado. Creador de su propio mito, siempre hablaron de él, aunque fuera mal, que era lo que tenía que ser como decía Oscar Wilde. Uno podía estar de acuerdo o no (o en absoluto) con sus opiniones, pero quizá todo el mundo debería estar de acuerdo con una actitud sincera consigo mismo que era una actitud sincera con todos los que le escuchaban o le leían.

Al final de todo la libertad de Sánchez Dragó es lo que mejor ha quedado de Sánchez Dragó. Un ejemplo sin ser el mejor ejemplo. Un ejemplo al que habría que llegar apartando toda la maleza que lo ocultaba, como un zarzal por el que se pasa en medio del campo (en medio del campo, desnudo, sentado a una mesa y gritando ¡libertad! le parodiaron los de Muchachada con irreverente certeza) y ante el que uno se aparta buscando visiones más agradables. Nadie se fija en un zarzal sino que más que bien huye de él o se queja si se pincha. Y Sánchez Dragó pinchaba. Seguramente sin querer pinchar a pesar de las apariencias. Seguramente pinchaba porque era libre y se movía, no paraba, y era un zarzal.

Hay muchos que le aborrecían, otros que le toleraban, otros a los que les gustaba y los últimos, quizá los menos, los que le adoraban. La consecuencia, todas, de su discurrir por el mundo, el mayor premio para un hombre que vivió para contentarse a sí mismo y así poderle ser esencialmente honesto a los demás. Siempre se va a tener la posibilidad de leer algún día Gárgoris y Habidis, pero sin él ya van quedando menos hombres libres en el mundo con los que pincharse.

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