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27 de febrero de 2024

Cosas que pasanAlfonso Ussía

La decana, la edil y el hipocampo

Ese morado de la franja inferior no se lleva bien con el rojo y el gualda. Y doña Cristina, que se lo puso para ofender y molestar a la Reina, ni la ofendió ni la molestó, porque no estaba en condiciones para la ofensa y la molestia, y sí para practicar con ella la misericordia

Actualizada 01:30

La Facultad de Políticas de la Universidad Complutense se ha convertido en un chiringuito de Podemos gracias a su Decana, que responde al nombre de Esther y al apellido del Campo. Doña Esther del Campo no ha tolerado bien su derrota en la votación al Rectorado de la Universidad más grande de España. Ella es grandota, hermosota, pero el Rectorado le venía grande y se ha quedado sin él. Para celebrar su fracaso ha autorizado que un grupo de cafres de su peculiar ideología del odio, colgaran en la Facultad de Políticas un muñeco en la horca que representaba al Rey.
Y lo ha mantenido durante seis horas, porque su exceso de peso limita sus movimientos, y desde su despacho al vestíbulo hay, al menos, doscientos metros de distancia con alguna escalera de por medio. Seis horas después, el Rey fue liberado de la horca, y la señora decana retornó a su despacho echando el bofe. Los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer, escribieron –ilustrado por el segundo– un largo poema en pareados que fue recibido con relativo éxito. «Gordita como un melón/ nació Isabel de Borbón». No hay ironía en los heptasílabos. Intentar ofender con la verdad no es gracioso. Es tan evidente, que la ofensa se convierte en descripción. De haber iniciado el poema con ironía, tendría algo de más –no excesiva– gracia. «Flaca de exageración/ nació Isabel de Borbón». En el caso de la decana Esther del Campo sugiero este principio. «Más flaca que un hipocampo/nació doña Esther del Campo». Y para qué seguir.
Otro hipocampo de Podemos, doña Cristina Pedraja, concejal en el Ayuntamiento de Córdoba, por tratarse del 14 de abril, aguardó y saludó a la Reina que presidió un acto en la maravillosa ciudad andaluza, vestida con una chapuza con los colores de la bandera republicana, el trapo efímero y fugaz. Y no hay ironía en mi opinión. El vestido le estallaba y la pobre mujer no lucía como era su deseo. En una película en blanco y negro emitida en los primeros años de TVE, y doblada en Puerto Rico, un enamorado le decía a su rival en la mujer pretendida: «Lo que nos agrada a los dos de Verenice –Verenise– es que siempre luce –luse– en belleza – bellesa–». Pues nada. Doña Cristina lo contrario que Verenice. Lucía muy ordinaria, entre otras causas, ajenas a su estructura y al volumen de sus piños, porque los colores de la efímera y fugaz se muerden. Ese morado de la franja inferior no se lleva bien con el rojo y el gualda. Y doña Cristina, que se lo puso para ofender y molestar a la Reina, ni la ofendió ni la molestó, porque no estaba en condiciones para la ofensa y la molestia, y sí para practicar con ella la misericordia.
Yo tuve una tía bisabuela, a la que llamábamos «Tía Lele», de insuperable fealdad. Eran tan fea que, en una noche de verano, un ladrón se llevó el susto de su vida. Entró a robar desde la terraza de su cuarto. La tía Lele dormía plácidamente. El ladrón enfocó su rostro con la linterna, la tía Lele le dio las «buenas noches» y el ladrón abandonó precipitadamente su piso atemorizado por el rostro de tía Lele, que para colmo, dormía con un gorrito encajado en la cabeza que empeoraba su asimetría y desproporción facial. El ladrón, al huir escaleras abajo, tropezó y se fracturó una pierna. Avisada la Policía por un vecino, fue detenido, y cuando era llevado a comisaría le repetía a los guardias: «Nunca más lo volveré a intentar».
No quiero establecer comparaciones entre la difunta tía Lele –a la que espero que Dios haya mejorado en el Paraíso– y la concejal de Córdoba. Su problema no explosionó exclusivamente por la fealdad cromática de su conjunto, que para colmo, le quedaba muy estrecho, angustioso. Fue la intención de ofender lo más feo de su actitud. Y la mujer hizo el ridículo, porque la Reina no reparó en su pretensión de ofensa.
Grandes mujeres.
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