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25 de febrero de 2024

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Domingo y humor

Aseguro, que en mi niñez, superé la difteria, el sarampión, y las primeras horas posteriores a una operación de apendicitis, con el solideo de Pío XII en la cabeza

Actualizada 01:30

En una crítica al primer volumen del Marqués de Sotoancho –La Albariza de los Juncos– se elogiaba de manera desmedida –muy de agradecer– mi imaginación. El elogio se centraba en la colección de solideos papales de la Marquesa Viuda y madre –Mamá–, del Marqués, al que llamaba Susú. En efecto, en su salón, la Marquesa Viuda, doña Cristina Belvís de los Gazules y Hendings, exhibía su preciada colección de solideos. Tenía los de Pío XI, Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, si bien al último, por sus desavenencias con Franco, lo tenía castigado en el interior de una caja. Y cuando ella, como su esposo, el Marqués o su hijo Susú enfermaban, usaban del solideo de Pío XII para allanar los caminos de la sanación. Diez minutos cada día con el solideo en la cabeza. Y mano de santo.
Ningún alarde de imaginación por mi parte. Mi madre tenía un sentido del humor extraordinario. Le venía directamente de su padre, don Pedro Muñoz-Seca, del Puerto de, Puerto de Santa María. Y era muy religiosa. En un viaje a Roma –ignoro si se mantiene la costumbre–, compró en una pequeña tienda de la Santa Sede una réplica del solideo del Papa reinante, Pío XII. Era costumbre en la audiencia Papal, ofrecer al Papa el solideo adquirido, y en tal caso, Su Santidad lo aceptaba, se quitaba el suyo de la cabeza y se producía el intercambio. De ahí que pueda asegurar y aseguro, que en mi niñez, superé la difteria, el sarampión, y las primeras horas posteriores a una operación de apendicitis, con el solideo de Pío XII en la cabeza. Me holgaba un poco, pero se sostenía divinamente. Mis hermanos también lo compartieron durante sus períodos de postración. A Jaime le encajaba mejor que a mí, a Javier no le entraba del todo, y a Álvaro, que era aún más flaco y escurrido que yo, le venía grande y se le deslizaba nuca hacia abajo al menor movimiento. Pero todos superamos nuestras respectivas dolencias gracias a la milagrosa influencia del solideo de Pío XII.
También originó algún disgusto. Muchas amigas de mi madre con hijos y parientes enfermos se lo pedían prestado. Y ella, con generosidad, procedía al préstamo. Normalmente, se lo devolvían sin necesidad de reclamarlo, pero una señora de muy buena familia –omito su identidad porque sus hijos aún deambulan sobre este conflictivo planeta–, no lo devolvió y no atendía a las llamadas de mi madre. Seis meses de silencio.
Mi hermano Gonzalo cayó enfermo de gripe y estuvo a punto de doblar la servilleta por carecer del influjo del solideo. Y mi madre, acudió indignada a la Comisaría de Buenavista a denunciar a la muy ilustre y adinerada ladrona. Cumplida la denuncia, el comisario le ofreció acudir con una pareja de policías al domicilio de la aristócrata bandida que se quedaba con los solideos del prójimo, y mi madre aceptó la propuesta. El gesto de la truhana al verla acompañada de la autoridad se descompuso. –Perdóname, estoy desolada. Se lo presté a mi hermana, que estaba fatal, no hizo efecto, falleció, y con los nervios y las confusiones que se producen en estos casos, la enterramos con el solideo en la cabeza–.
Mi madre renunció a actuar, retiró la denuncia, y desconsolada nos informó del desagradable desenlace. Mi padre, vasco seco de palabra, emitió su opinión:
–Lo tienes merecido por ser demasiado buena. Los solideos de los Papas no se prestan–.
Y poco a poco, sin alharacas, piano piano, se recuperó la normalidad en nuestra familia.
Sus hijos hemos renunciado, por no colaborar con la Ley de la Memoria Histórica, a la exhumación de los restos mortales de quien fue enterrada con el solideo de Pío XII propiedad de nuestra madre.
Verídico, histórico y modestamente, bien contado.
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